10. El trabajo y el empleo de las mujeres

De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls

«Trabajábamos en el campo, y mucho. En el tiempo de la aceituna, pues recogiendo aceituna, en el tiempo de verano, pues segando, y yo trillando y así. Un día allá cuando estábamos trabajando, pues era: levantarse temprano para luego ir al campo y luego venirse, todo seguido. Yo ya tenía al crío grande y lo dejaba en casa de mi cuñá, hasta la noche que veníamos».

Recorriendo la vida de las personas de Pedro Martínez hemos constatado, en capítulos anteriores, que lo que nos cuenta Encarnación, es la tónica de la mayoría de las mujeres de este pueblo. Las mujeres no paran de trabajar y de hacer toda clase de faenas. En este capítulo, me entretendré un poco más en ello.

Según los estudios de Carmen Carvajal la tasa de actividad femenina en la Granada de la época se mantenía por debajo de la media española. Dice que, “las mujeres granadinas tenían una gran proporción de niños dependientes de que la ha dotado su fuerte natalidad, por otra a la poquísima cantidad de mujeres que trabajan, y finalmente porque la emigración ha seleccionado precisamente a los adultos en edad activa».
La tasa de actividad femenina (mujeres de 15 a 64 años) en Granada, sería en 1930 de un 4,87%, en 1940 del 6,33% y en 1950 de un 10,17 %.
Sin embargo, si bien seguramente, estos porcentajes indican una tendencia en cuanto al trabajo asalariado de las mujeres, podemos afirmar con rotundidad que no coinciden con la vida real de las mujeres de Pedro Martínez.

El problema principal radica en que es erróneo usar para el análisis del trabajo de aquella sociedad y especialmente del trabajo de las mujeres, los conceptos tradicionales del mundo laboral. La división entre población activa y no activa es controvertida debido a que en la primera categoría se enmarcan no sólo las personas que trabajan sino también las que están en paro buscando trabajo, y en la segunda las amas de casa, las personas que estudian, los hombres que hacen el servicio militar, y los trabajadores y trabajadoras que trabajan en la economía sumergida (especialmente del campo o del servicio doméstico). Personas que es más que discutible que se las pueda considerar «no activas» si queremos entender la situación de la gente y la sociedad en la que viven.

En la medida en que una sociedad se industrializa y se moderniza estas categorías pueden llegar a representar con más credibilidad la realidad y, por tanto, ser más útiles para comprender y analizar las relaciones laborales y sociales. Cuando la población femenina incrementa el trabajo fuera de casa por un salario, con el consiguiente aumento de la tasa oficial de actividad femenina, se hace menos discutible o disminuye la diferencia entre población femenina considerada activa, y población femenina que realmente trabaja, aunque no esté remunerada oficialmente.
Pero no procede usar estos conceptos cuando no ayudan a entender la sociedad. Hablar de tasas de actividad en según qué coyuntura no tiene sentido, y aun es menos útil cuando se trata de conocer la realidad laboral de las mujeres. Hablar de población activa femenina o de tasa de actividad femenina en regiones como Andalucía, y en concreto para Granada, los años posteriores a la guerra civil, no informa de la sociedad de aquel momento, más bien desinforma.

Cuando hombres y mujeres cada día se levantaban sin saber si alguien les daría trabajo para ese mismo día, ¿qué sentido tiene usar el concepto de población activa? De conseguir trabajo dependía la posibilidad de comer diariamente, porque si no «se acostaban sin comer». Además, cuando se trabajaba, ¿quién contabilizaba estos jornales?

Manuela 1, como la mayoría de las mujeres y hombres, salía cada mañana de su casa con la esperanza, o tal vez ya con la desesperanza, que algún rico del pueblo le diera trabajo. El día que la suerte estaba de su lado y le daban trabajo era para hacer cualquiera de las múltiples tareas del campo o de la casa.

«…allí estaba espigando. Y yo estaba lavando, luego ya a trabajar en el campo. Iba a espigar, me cargaba el saco a cuestas cogía espigas, tenía de machacarlas, el trigo a ventarlo como se ventaba. Con todo esto compraba el pan y a comer. Mientras que no hacías eso no podías comer. Y… a la aceituna, a la remolacha, en todo lo que había de trabajar yo he trabajado. Menos arrancar esparto y segar lo hice to. Todos los trabajos menos arrancar esparto y segar, todos estos trabajos he hecho».

 

 

Rosa 2 había comenzado a trabajar a los catorce años haciendo de criada en casa de unos ricos del pueblo. Ya hacía tiempo que conocía todas las tareas del hogar porque la madre, con trece hijos, requería mucha ayuda para sacar adelante toda la familia. Cuando se casó, Rosa, siguió con el oficio de toda su vida: limpiar y ordenar la vida de los demás. Ahora en el propio hogar y por tanto sin jornal. Cuando encarcelaron al padre de sus hijos, estos, tuvieron que iniciar también su trayectoria laboral. Francisco, el mayor, fue de campesino en La Caldera y las niñas y los más pequeños tuvieron que espabilarse para ir a espigar, y más tarde, las chicas, a servir en casas de familias ricas.

 

Durante los quince años que Rosa y su compañero vivieron juntos, ella, no trabajó fuera de casa porque con tantas criaturas tenía demasiado trabajo. Y, además, porque con lo que su hombre ganaba en su trabajo de herrero, tenían suficiente para vivir.

Terminada la guerra y con el marido en prisión hasta su muerte, Rosa tuvo que responsabilizarse de la economía familiar. Al sufrimiento de la pérdida, tuvo que sumar las penas para encontrar empleo, y el cansancio y las fatigas cuando tenía trabajo. Ya sabemos, que al final de la contienda, su marido fue encarcelado y que murió en la prisión de Granada. Ella no cree que ser el alcalde del pueblo fuera la razón de su encarcelamiento. Piensa que no había que ser dirigente para que los franquistas te quitaran la libertad y la vida. Bastaba ser de izquierdas.

“¿Y los que no habían sido na y los metieron? ¿Mis hermanos no les pusieron? ¡A los cuatro! ¡Porque eran de izquierdas!
¡A la cárcel! ¡Y del pueblo afusilaron a unos cuantos!
¡Estuve casá 15 años y tuve 10 hijos! Tuve cuatro chicos y cuatro chicas. Se murieron dos niñas pequeñas. Pues se me juntaban toos chicos, chiquitillos, toos chicos. El mayor tenía 14 años cuando mi marido murió, que murió cuando… se murió en la cárcel… y yo allí, lavar, blanquear, hacer matanzas y too eso.
Mi marido antes de morir, pos teníamos dos o tres, tres burros y se dedicaba a la herrería. Los hijos no servían pa trabajar cuando él se murió. Tenía mi Francisco 14 años y no hacía na”.

Ángeles 3, también tenía a su compañero, J. Ramón, encarcelado (en el penal de Guadix), y sola aguantaba sus sufrimientos.

«¡Y mi niña pequeña que se murió! Con trece meses y con los ojillos abiertos y con la boquita… y no tener pa darle ni una gota de agua caliente [ 4. Según Gabriel Renom al finalizar la guerra un 40% de la mortalidad en España era infantil. Des de recién nacidos hasta los ocho años].
A mi hermana se le perdió la cabeza del hambre. A mi Virtudes se la tuvo que coger mi hermano y llevársela tres meses. Iba por el pueblo con una cebolla y la iba escupiendo y diciendo: «- ¡estamos arreglados cómo Negrín no vuelva!». Luego ya llegó el verano, ya había trigos y se arregló un poco. Fueron años muy malos. Fue del 40 al 46. Mi crío tenía dos años. El que no pasó la guerra ¡el que no ha pasao aquellos tiempos! Hoy no pasa faltas nadie. Compraba un pan y lo cortaba en cinco partes, para el crío y lo guardaba para írselo dando como si fuera un canario. Me iba a escardar al cortijo de Ulailas Altas, y cuando llegaba al mediodía que hacían el cigarro nos pagaban y iba a comprar medio kilo de algarrobas y aquello era lo que comíamos en todo el día ¡claro! Y si cogíamos cardillos o collejas…”.

Cuando J. Ramón salió de la prisión, y hasta que desterraron en un batallón de trabajo, estuvo de panadero en casa de Bernardino, donde Ángeles hacía las tareas de la casa.

La pareja recuerda, “estaba yo embarazada del niño y trabajaba en el horno y tenía un no sé qué aquí dentro. ¡Y digo niño que ya no puedo tirar! ¡Yo estaba muy adelantá que el niño se me ponía de pie! ¡El hambre que tenía! Y Ramón con trocitos de masa cogida de los maderos, hizo una tortilla de pan así de chiquitilla. Y vino, – ¿no tenéis trabajo o qué?
Ramón -No querían que hiciese una torta.
Ángeles -Pues sí. ¡Y ahora eso lo cuentas aquí!! ¡Y no se lo creen! ¡Y eso es muy cierto! ¡Muy cierto!
Ramon – Han sido unos canallas y muy malos.
Ángeles- ¡Al terminar la guerra! ¡Aquello fue una herejía!
Ramón – ¿Tú crees que trabajando dos años desde las cinco de la mañana hasta la noche y quedar entrampado con él? ¡Porque no me daba ni pa comer!
Ángeles- iba yo y la de la panadería me dijo que fuera a darle teta a su hijo. Cuando yo ya tenía a mi Manolo. Me hacía ir a que yo le diera teta a su niño. ¡Si me hubiera dado de comer! Porque yo soy de vida y tenía leche que me hubiera hartá de comer aquel día, al llegar a la noche hubiera tenido leche pal suyo y leche pal mío. Pero no le iba a dar teta a su niño haciéndole falta al mío. Y me hacía de ir y de dos a tres días me daba un huevo. Decía: -toma. Y con aquello ya tenía yo que hacer teta al suyo y pal mío.
Y con eso que llegó una noche y yo le digo a éste (Ramón),
– ¿ay cómo voy a dar teta si yo estoy más débil? ¡Qué yo no tendré más teta!
Y dijo -no vayas hija mía.
Y a las diez de la noche llamó ella y me tuve de levantar de la cama y ir a darle teta a su niño y no fue capaz de echarme ni un vaso de leche.”

Ángeles, por segunda vez, quedó sola con su hijo. Si era difícil criarlo estando los dos, ¿cómo lo haría sola? “Y mi niño todos los días ¡angelito! Tenía yo que blanquear las cuadras, la casa y ¡oye! Y el servicio de la casa y mi niño con dos añillos no me lo dejaban entrar en la casa. Y todo el día estaba en la puerta de la casa. El chiquitillo, allí sentadillo en el tramo, mirando a ver si me veía por la casa ¡qué animales! ¿Eh?
Estuve una vez veinticuatro horas sin comer. ¡El hambre que pasamos! Cogí el saco a cuesta y fui al pueblo, cogí la cebá, la molí y la fui a vender y no encontré a nadie que me la comprara. Tuve de acostarme sin comer. Aquello fue, unos años muy malos, si tengo que contar la historia de la vida, miseria…».

María Jesús 4 se había casado a los veinte años con José. Tres meses más tarde, éste, cayó del carro y se mató. Ella era una mujer joven, pero con un carácter que ya destacaba por su fortaleza, y a pesar de la tristeza y la pena del momento, decidió que no trabajaría en el campo como la mayoría del pueblo matándose para mal vivir. Ella aprendería un oficio y se ganaría la vida. Todas las mujeres, poco o mucho, sabían coser, pero a ella además le gustaba hacerlo, y en casa su madre tenía una máquina. Decidió que sería modista.
Cuando la María Jesús enviudó aún no había estallado la guerra. Su padre estaba en la cárcel y ella fue a vivir con su madre y todos los hermanos. Era la mayor y junto con la madre y el hermano que la seguía llevaban el peso de la familia.

«Yo trabajaba en las casas de los ricos, a coser que era mi oficio. Si me miraban, pero a la gente que había allí, había que no la miraban como a mí. Ganaba poco, pero en fin ¿ya hemos pasao no?
Yo estuve casada tres meses na más, que se murió. Como entonces no había seguro ni na, pues me quedé sin nada, sin paga ni na. Pues tuve que enseñarme a coser y buscarme la vida honradamente. Cosiendo en las casas de los ricos y en la casa de los pobres ¡también! Y en mi casa. Y así pues he ido apañándome, pa que nadie me diera de comer. Yo solita me enseñé a coser no tengo que agradecérselo a nadie”.

 

 

Años más tarde, María Jesús, se casó en segundas nupcias con Sebastián cuando éste regresó de su periplo bélico. Mientras él, según la temporada o la suerte, iba realizando diferentes tareas del campo, María Jesús seguía trabajando de modista. Pero, como la mayoría de las familias del pueblo eran muy pobres, tardaba años y años para cobrar el trabajo que le encargaban, así que, para equilibrar los gastos de la casa hacía, además, la matanza del cerdo.

“Trabajaba con la máquina de mi madre, y después de diez años ya compré una máquina. Yo he trabajado, pues toda la vida, hasta los 70 años que tengo. Cosía pa la gente, cosía pantalones, cosía chaquetas, cosía vestidos, cosía de todo. De todo que se me presentaba, yo lo cortaba y todo. ¡La mejor vida que me he pasao! Porque si me hubiera de ir al campo, pues hubiera de haber pasao más feo ¿no? Y así, pues como yo me busqué mi faena pues me he pasao la vida buena. Ahora, por lo demás, pues pasando más que. No hacía más que coser. Muchas amigas mías y vecinas han estao en mi casa aprendiendo. Y cosía muy barato, porque la gente no ganaba na. Y yo pos tenía de arreglarme pa mirar que la gente ganara que, si yo iba a pedir más de la cuenta, pos no me llevarían faena, porque la vida estaba mala y nadie ganaba na. Todos trabajábamos por amor al arte, por no estar parados, porque hace falta ganar, aunque fuera poco.
Luego cuando me casé y estuve con mis hijos me levantaba a las cuatro de la mañana, pa subir el agua pa lavar en la puerta a mis hijos. Luego había que hacer los mandaos pa luego estar to el día cosiendo pa ganar un poquito pa ayudar a mi marido. Porque también estaría una pena que él estuviera ganando dos reales y yo me los comiera en mi casa. Pues por eso me levantaba a las 4 de la mañana pa subir el agua de la fuente, lavar, hacer los mandaos y luego estar todo el día cosiendo para poder medio vivir. Las cuentas las llevábamos entre los dos, si él ganaba un poquito y yo podía arrimar otro poquito pues podíamos vivir mejor. Todo eso lo he tenido que manejar yo, porque yo era la que había en la casa, porque él no venía de 14 a 15 días venía una vez. Pues yo tenía de estar de pensar en to.
Tuve que ir a hacer matanzas en invierno, por eso, porque si se me cortaba la faena en mi casa, para que no me faltara. Pos cuando yo no he tenido faena en la costura, aprovechar las cosas un poquito. Me tenía que dejar mis hijos con mi madre y ella me los cuidaba mientras yo trabajaba por fuera de la casa, porque mi hombre estaba trabajando y no venía pues de 14 a 15 días a la casa. Pos yo me las tenía de apañar.
En la matanza había quien mataba 18, 20, 10, 12 marranos. Estábamos allí de noche y de día. Pelando cebollas, lavando tripas, haciendo morcilla, luego haciendo los chorizos, salchichones. Nos tirábamos 5, 6 o 7 días en cada sitio. Luego nos daban lo que se les antojaba y ya está. Ellos con sus matanzas y nosotras veníamos con las manos cruzadas a nuestras casas. No me acuerdo yo lo que ganaba, a lo primero ganaba yo 4 pesetas, cosiendo ganaba yo 4 pesetas y en las matanzas ganaba un poquito más. No me acuerdo si nos pagaban 8, 5 o 10 pesetas me parece. En la matanza no había hora…».

 

 

Una vida de trabajo la de María Jesús, que, con toda probabilidad, no figuraba en ninguna estadística. Tenía cuidado de la casa, de los hijos, del marido cuando estaba, cosía hasta que la luz había huido de los ojos y ya no puedes ni enhebrar la aguja, y hacía las matanzas del cerdo fuera de casa, en las fincas de los alrededores. Pero no le asustaba el trabajo. Desde muy jovencita, como la mayoría de las chicas, sabía lo que era trabajar en todas las tareas del hogar, que en aquella época eran mucho más pesadas de lo que hoy nos podemos imaginar. Por ejemplo, para hacer la colada, las mujeres se desplazaban hasta el Charcón, en la Rambla, en el Pozo Bajo, en la Campana, en el Arroyo o en las Erillas, lejos del pueblo. Para beber y por las necesidades de la casa cada mañana las mujeres hacían cola para recoger un poco de agua de las fuentes del Caño, o las Erillas, los Juncarillos, o en la Fuentecilla o se llegaban hasta Olivares o a la Campana.

«Cuando yo tenía 17 y 18 años, nos íbamos a lavar muy lejos a Olivares, otro sitio el arroyo de la Erilla. Y lo pasábamos regular. Íbamos muy lejos y teníamos de llevar una bestia pa traer los trapos. A veces cuando llovía teníamos de llevar los trapos chorreando, pa traerlos, otras veces nos los traíamos secos. Total, que lo pasábamos unos días mejorcitos y otras veces peor. Íbamos una semana sí, otra no. Juntábamos trapos, siempre íbamos 4 o 5 vecinas, llevábamos nuestra bestia, la comida pa to el día, nos íbamos por la mañana muy temprano y nos volvimos a la noche. Estaba lejos, duraba una hora, hora y media el camino. Madrugábamos lo suficiente en el verano, que no nos pillara el sol en el camino. Nos íbamos con la fresca y llegábamos con la fresca al pueblo. En invierno íbamos más de tanto en tanto».

 

Evidentemente el testimonio de estas mujeres sirve para demostrar que no tiene sentido hablar de población activa en estas circunstancias. Mujeres, hombres, niños y niñas trabajaban para poder comer, y lo hacían bajo una extrema explotación, y sólo cuando les daban trabajo.

(Imagen portada: La sorpresa del trigo de Maruja Mallo)

  1. Manuela González, nacida el 13-4-12. Entrevista realizada el 21-6-84 en Torre-Romeu (Sabadell)
  2. Rosa Sánchez, nacida en 1901. Entrevista realizada el 11-3-85 en Torre-Romeu (Sabadell)
  3. Ángeles González, nacida el 24-6-18 i J. Ramón nacido el 18-7-17. Entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 13-6-84
  4. Maria Jesús García, nacida el 12-12-14. Entrevistas realizadas los días 23 y 24-6-84, el 31-8-86 y el 25-4-87 en Ca n’Oriac (Sabadell)
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