De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls
Pedro Martínez (Granada): primeras décadas del siglo XX (primera parte)
La dignidad de los andaluces exige la creación en Andalucía de un pueblo consciente y capacitado; exige el concluir en Andalucía de una vez, sea como sea, con los caciques y sus protectores los oligarcas; hay que evitar continúe siendo Andalucía el país del hambre y de la incultura, la tierra más alegre de los hombres más tristes del mundo…
(Asamblea regionalista de Ronda.1918)
Rosa, de los Vílchez, 1nació en el primer año del siglo XX. Su padre y sus hermanos eran pastores, la madre tenía cuidado de las criaturas -trece hijos- y de la casa. Eran humildes, pero no les faltaba lo necesario para vivir porque todos tenían trabajo. Además, engordaban, junto con los del Rufino, el dueño, uno o dos cabritos y tenían un pedazo de tierra de renta en el Cortijo de Pierres. Del grano que cultivaban sacaban el dinero necesario para comprar víveres en la tienda de Pedro Martínez, el pueblo donde habían nacido y en donde vivían.
En el pueblo la comida, menos el pan que amasaban las mujeres de cada familia con harina, que no siempre era de trigo sino de centeno, la tenían que comprar en la tienda. Era difícil cultivar una huerta y mantener animales domésticos porque es una tierra de secano con poca agua.
“Los ricos que eran y que había ricos, ricos, y no fueron capaces de sacar el agua. Y ahora, ese, que es un albañil, el alcalde, ha traído un ingeniero y dicen que ha sacao agua”.
Rosa desde los 14 o 15 años hacía de criada en casa de uno de los ricos del pueblo. La señora de la casa era una Casares y su marido, hijo de Rafael Martínez de los Tarabita. Estuvo más de nueve años. Ayudaba y cuidaba la dueña, una mujer enferma, y sus hijos de los que hizo casi de madre.
Ascensión de los Valero 2 nació en enero de 1904 y recuerda tiempos de pobreza y de mal vivir para la gente del campo. No obstante, son tiempos evocados como bastante buenos por contraste con los años de la posguerra, porque, aunque pobremente, vivían y no pasaban hambre.
Manuela, la Chamorro, 3es del mes de abril de 1912, y dice que era la mujer más pobre del pueblo. Sin embargo, recuerda, la vida de niña llena de trabajo y de penas, pero no de hambre. Su padre enviudó cuatro años después de casarse y pronto se volvió a emparejar. Como no tenía chicos, las dos hijas mayores tuvieron que ayudar al padre en la yesera donde trabajaba, por lo que la Manuela fue muy poco a la escuela.
«Desde la edad de cuatro años hasta setenta y dos que tengo he pasado muchísimas penas, porque lo primero y principal fue que se me murió mi madre y mi padre me dio madrasta a los trece meses. Y de allá p’alante he pasao muchos trabajos, muchas penas. Con mi padre no pasé de hambre nada, porque mi padre me estuvo trabajando como hombre a mí y a mi hermana, pero hambre no. Yo no fui a la escuela, no sé ni una jota ¡Ay!, si he ido unos días ¡pero muy pocos! Pero nada yo tenía de trabajar allí, que mi padre no tenía niños que estábamos niñas y se casó con una mujer muy joven y empezaron a tener críos. Entonces teníamos de ayudar yo y mi hermana, que éramos las mayores, porque mi padre tenía una yesera y estábamos en el yeso pa que lo moliera, lo medíamos pa que se lo llevaran y todas estas cosas…»
Juan Ramón 4 es del mes de julio de 1917. Tenía doce años cuando entró a trabajar en una finca del pueblo. Más adelante, con quince, al principio de los años treinta y hasta la guerra civil, la familia lo puso a trabajar en el horno familiar (alquilado a un rico del pueblo). Su trabajo consistía en buscar leña del bosque para hacer funcionar el horno. Primero iba con una mula, más tarde con dos. Recogía las bandejas de pan de las casas particulares, las llevaba al horno y luego repartía el pan cocido en cada casa.
Luisa, la Tomilleja 5, nacida en 21, y sus hermanos, ayudan al padre que es albañil. «Yo de cría subiendo agua y luego de grande, ya mozuela, pues pillaba la yegua y a subir agua. Mis hermanos de chiquillos, pues toos trabajando. Uno que ponía una piedra más gorda, otro que podía con una piedra más chica, toos trabajando. Allí hacíamos toos igual. Ya ves, la faena de subir agua es más de los niños y sin embargo ¡la subía yo!».
Manolo, el del anís, 6 nació en 1920, y desde que tenía ocho años trabajaba en Fuente La Caldera, un gran cortijo en las afueras del pueblo.
Así trabajan y transcurre la infancia de estos hombres y mujeres que habían nacido en las dos primeras décadas del siglo veinte. Los niños, sobre todo, tenían cuidado de los animales y las niñas hacían de criadas. Pero esta división no es tan nítida. Chicas y chicos eran necesarios y útiles para el trabajo, por eso cuando no trabajaban fuera de casa, sino que ayudaban al padre en su oficio, tanto valía ser chico como ser chica. Es el caso de Manuela, de su hermana y de Luisa que trabajaron haciendo de aprendices de paletas y de yeseros con el padre. Cuando los hijos se han de alquilar a otros es cuando aparece claramente la división sexual del trabajo. Los niños y chicos trabajan en el campo y más a menudo cuidan de los animales, hacen de pastores o de porqueros. Las niñas y las chicas hacen de criadas en casa de los ricos, sirven a una sola familia todo el día, o bien, hacen los trabajos que periódicamente y esporádicamente, van surgiendo en las diferentes casas que forman el grupo de los ricos del pueblo. Además, estas chicas-niñas ayudan a las madres en las tareas de la propia familia, y sirven a hermanos y padres. Ahora estas mujeres y estos hombres recuerdan pocos ratos de juegos infantiles. Y cuando se les pregunta sobre la situación política del momento, los primeros recuerdos que tienen están ligados a la proclamación de la República o al estallido de la guerra civil. Pocas personas llegan a situar sus recuerdos infantiles en tiempos de la monarquía
Pedro Martínez 7 es una villa situada en el norte de la provincia de Granada, pertenece a la comarca de los Montes Orientales, a 79 kilómetros de la capital y 30 de Guadix. Se encuentra a 1.042 metros de altitud y tiene una superficie de 133 km2. Su nombre es el del capitán del ejército de los reyes católicos, Pedro Martínez Pretel, natural de Baeza, casado con su prima hermana María Pretel. Ambos edificaron un cortijo en estos terrenos. Aunque cuentan los habitantes del pueblo que para escuchar misa y evitar los desplazamientos a las cortijadas de Oleilas Bajas, María Pretel, ya viuda, mandó construir una iglesia y más tarde un cementerio.
Existen documentos en el archivo parroquial fechados en 1651, aunque la parroquia es anterior a esa fecha. A finales del siglo XVIII tenía 380 habitantes y en 1861 alcanza los 1.000 habitantes. El municipio se consolidó durante los siglos XIX y XX. En el siglo XX el crecimiento de población es muy elevado hasta el momento que inicia su descenso por el efecto de la emigración. En 1940 tenía 3.952 habitantes, en 1950, 4.776; en 1960, 4.168, en los 80 baja hasta los 2 mil y en la década de los noventa cuenta con poco más de 1.500 habitantes. El municipio limita al norte con el de Alamedilla, al este con Villanueva de las Torres o de Don Diego, al sur con el de Huélago y al oeste con el de Cardela. La gran llanura que configura el pueblo está rodeada de amplias zonas de secano y tierras de abundante cereal, con trozos poblados de pinos y encinas. La mayor parte formada de monte bajo, de esparto, retama y romero. La sequía y la deforestación le ha hecho perder casi todas las encinas y pinos. Actualmente se cultivan árboles frutales como almendros, melocotoneros y olivos. Tradicionalmente se cultivaba cebada y en menor cantidad trigo y centeno, se ha criaban ovejas y cabras, y se practicaba la caza de conejos y perdices.
El pueblo se construyó sobre una explanada inmediata al cerro Mencal de 1.447 metros de altitud, aprovechando más o menos directamente la amplia curva de la bajada del río Fardes hacia el Guadiana menor. En el Mencal, (cementerio en árabe) existen restos de un fuerte árabe e indicios del intento de extracción de pizarras bituminosas en el cortijo de Olivares. Además del Mencal, el pueblo tiene una red de barrancos y depresiones como el Arroyo de la Rambla, la Rambla de Alicún y otros. El terreno calcáreo facilita la existencia de algunas cuevas, como la Cueva de las estalactitas. La leyenda cuenta que, en el Mencal, en un lugar denominado Joraique, vivió el último árabe que quedó tras la Reconquista. Se escondía en una cueva que tenía muchas galerías y muy profundas. Esta persona, era alimentada por un molinero a quien pagaba con libras de oro. En una ocasión le dijo al molinero que entrara en la cueva que lo haría rico ya que, como pensaba que la reconquista árabe sería muy difícil, quería marchar a África. Y como veía que no podía llevarse el capital que poseía, había decidido dejárselo a él. Le condujo a través de largas galerías hasta una gruta profunda por la que corría un río subterráneo. Cuando estaban a mitad de camino el molinero tuvo un ataque de pánico y apuñaló al árabe y lo arrojó al vacío.

La cueva de Las estalactitas y estalagmitas, que justifica la leyenda, la encontró un pastor que tenía el ganado paciendo en la colina cuando vio salir vapores de la tierra. Se acercó al lugar, golpeó el suelo y se abrió un agujero de entrada a la cueva.
Situación económica y social a principios de siglo
Hablar del campesino y del jornalero andaluz a finales del siglo XIX y el primer tercio del XX es relatar un cuadro de miseria y de malas condiciones de vida. Y eso a pesar de que la agricultura española de las dos primeras décadas de siglo dio un salto. Se expandió y, paralelamente, se intensificó el cultivo de cereales, contribuyendo así a recortar las distancias con las economías más avanzadas y ricas. En este crecimiento general de la agricultura, Andalucía Oriental se sitúa en torno al crecimiento medio de la península. Gracias a la capacidad de incidir en campos tan diferentes como son el secano y el regadío, se estabiliza el secano y se incrementa el cultivo de los olivos y los frutales. La ventaja más grande de la región fue encontrar la manera de satisfacer la demanda de carne y de leche, por lo que su producto ganadero fue el que más creció de todas las regiones españolas.
Pedro 8, nacido en 1903, explica que cuando tenía siete años llegó con su familia a la finca de Fuente Caldera. Sus recuerdos nos muestran la situación de intensificación del trabajo en el campo para aumentar la producción de trigo en los años de la guerra mundial. A partir de 1917, a pesar de la crisis, la finca aumentó la superficie cultivada con el asentamiento de nuevos colonos. Más roturas, más cabezas de ganado, todo hace pensar en una cierta integración del ganado en la explotación agraria, tal como Jiménez Blanco califica de acierto de los latifundios del sur.
De la leña del bosque se hacía carbón, pero la política de los propietarios fue talar el bosque para aumentar la superficie de cultivo, instalar más colonos y aumentar las ganancias. Josep Fontana afirma que la política del gobierno de la monarquía para arreglar la situación de crisis económica se contentó «en asentar un puñado de campesinos en arenales o montes sin valor, y se cruzaron de brazos, salvo cuando los conflictos se agudizaban, amenazando el ‘orden público’, con el recurso del envío de la guardia civil, supremo expediente pacificador».
La burguesía agraria andaluza al pedir el refuerzo político represivo del poder central quedó sometida al centralismo y dio la espalda a los movimientos regionalistas que en aquellos momentos empezaban a dejarse sentir. Según Miguel Artola esto sucedió a costa «de la permisividad de incrementar unos latifundios, entonces anacrónicos por el sistema en que se explotaban, al socaire de los jugosos beneficios obtenidos en los años de neutralidad en el primer conflicto bélico mundial, que fueron de ‘vacas gordas’ para el campo andaluz».

Cuando Pedro era un niño, Fuente Caldera tenía siete mil cuerdas (un poco más de tres mil hectáreas), una montaña de chaparra, de pinos y un bajo bosque rico. “Había doce labradores con doce pares de mulos a ochenta cuerdas cada uno (cuarenta hectáreas). Y luego el bosque se respetaba mucho. Teníamos guardas…Pero se han hecho talas de pinos en la Caldera. Ha habido más de una. El administrador que había hizo un trato con los mismos rancheros, hizo un trato de monte negro, de monte de chaparra de hacer carbón. Bueno y aquel contratista metió… había una cantidad de rancheros, matrimonios, hombres jóvenes, mujeres jóvenes, que hacían en el campo sus chozas y hacían boliche de carbón, y el carbón se lo llevaban a Granada. Vendían carbón a tres perrillas. Y luego se acabó el bosque negro y arrancaron todas las encinas de raíz. No cortadas, porque la chaparra, tú cortas y sigue, sigue otra vez. Y esto es lo que hicieron pa hacer la tierra de labor, pa luego de aquella tierra ¡cobrar la renta! Cobraban cada cuerda de tierra a una cuartilla, que es la cuarta parte de una fanega, y luego ya la subieron a una fanega.
Luego vinieron por lo menos veinte labradores porque dieron permiso para hacer labor. Para retirar el monte para hacer labor. ¡Y los rancheros que había! Allá por el año 18, 19 y 20… Montamos 85 pares de mulos y debían tener cada par de mulos unas cien cuerdas. En mi casa hay recibos de haber pagado renta de cincuenta fanegas de trigo recio. Hoy sería un capital: era tierra nueva y se criaba bien».
La Máquina es un cortijo deshabitado y medio derruido, construido a finales del siglo XIX que pertenece a la alquería pero que está separado del núcleo de casas de Fuente Caldera. Pedro recuerda que su madre y su abuela le habían contado que aquella finca había sido explotada por ingleses que comerciaban y trataban el abundante esparto de la región con técnicas que permitían la transformación de aquella materia y que despertaban su admiración. Madre y abuela le habían contado que era un núcleo importante de producción y empaquetado de esparto. El esparto, durante el siglo XIX, había de atenuación en las crisis periódicas de la agricultura que, en según qué coyunturas, utilizaba masivamente el trabajo de los jornaleros en la elaboración de esta gramínea. De hecho, siempre fue útil para ayudar a sobrevivir a los sectores más débiles de la sociedad, pobres, viejos, mujeres y niños. También, a lo largo de la primera parte del siglo XX el esparto fue en múltiples ocasiones el último recurso para vivir.
Pedro opina que la monarquía ha sido la época más cruda e injusta de la historia de España y que los problemas se agudizaron especialmente a partir del asesinato de Canalejas en 1912. Sus palabras muestran la estructura social del pueblo en el primer cuarto del siglo XX.
“¡La justicia de antes! ¡Era una monarquía muy mala! Luego después lo de Franco, era aquello una gloria, pa los que hemos conocido, existiendo el rey, cuando la monarquía. La monarquía ha sido la época más mala que yo he conocido. Le decían a un labrador, allí en la Caldera: – dentro de diez días marche usted de la finca. ¡Vaya usted ahora a decirle a un hombre: – márchese usted de una finca donde está asentao trabajando! Le daban los plazos que tenían de marchar de diez días. Por esto tenía de estar con el administrador o con el guarda, tenías de estar besándole los pies continuamente. Cuando los labradores pagaban un diezmo, esto fue en otra época, cuando nosotros peor: había que pagar al administrador. Los labradores estaban esclavizados con los amos, con los administradores. ¡Y los obreros estaban esclavizaos con los labradores! ¡Con los que les mandaban a trabajar! Los labradores vivían allí y los obreros iban a trabajar por días. Los que cargaban las yuntas de mulos eran de Guadix, de Loja, de Alicún, de Villanueva de las Torres, de Alamedilla y de Pedro Martínez. No eran de aquí de la finca.”
El propietario más antiguo de La Caldera que recuerda Pedro Líndez es el que vendió la propiedad al marqués de Heredia. Pedro narra la historia de los dueños de la finca con un lenguaje fresco y desenvuelto, que permite comprender cómo la gente del pueblo ve a los ricos, y cómo los juzga de manera diferente al resto de la comunidad, como si los ricos no tuvieran nada que ver con la moralidad que tiene el pueblo y que se exige a sí mismo. “El día de la expropiación de la Caldera, me dieron la escritura donde se veía el nombre y el apellido más elegante que yo he conocido. Lo mismo el nombre que el apellido que éste fue el que le donó a la Hermosa diez mil cuerdas de cañá Hermosa. Una mujer que había en el pueblo que era un pueblechuzo, pero el tío era el amo de La Caldera, que tenía tres mil hectáreas, siete mil cuerdas. Y dice: – yo le doy mil cuerdas a esta mujer para poder dormir con ella. Como hacen los millonarios: le soltó una finca de mil cuerdas, que es cañáhermosa. La Hermosa era la mujer más hermosa que había habido en el pueblo, dicen. Según los viejos: la Hermosa. Y le dieron además una casa y le dieron un horno, estaban en el pueblo (…) y el corral aquel que hay en la calle de los Cecilios, un corralón que había y dentro estaba el horno. O sea que el horno y la casa también entraron en el donativo. La casa de la Hermosa, porqué la finca de La Caldera también tenía una casa en el pueblo. Una casa de adobe que era muy antigua de las más antiguas del pueblo.
El marqués y su querida, que entonces era querida, echaron un viaje a Alicante. Estaban en Alicante y se puso malo el marqués. Los hermanos del marqués, como era una querida, pues la echaron a la calle de donde estaba él encamao. Y entonces ella escribió, o llamó por teléfono al administrador, el abogao Don José Labella. Y dice: – Póngase en camino que el señor marqués se ha puesto malo y no me admiten ni en la habitación que vaya a verlo. No me admiten los familiares y no me dejan estar con él en la habitación.
Entonces el administrador general de la finca de Doña Marina y de La Caldera se fue a Alicante. Allí se juntaron Don José Labella con los sacerdotes, curas, frailes y notarios pa hacer las particiones que les dio la gana. Y entonces le dejaron a la marquesa, que antes era la querida, Fuente Caldera y Doña Marina. Las tierras de la vega de Guadix se la dejaron pa Don José Labella, ¡ah! y se llevó también la vega de Granà. Don José no vivía en las fincas, vivía en Guadix. Pero se jubiló Don José y quedó un hijo que se llamaba Don Alfonso y todos esos vivían en Guadix, y luego los encargaos que vivían en La Caldera. Los marqueses en Madrid, los administradores en Guadix y los encargaos en la finca”.
La figura de los arrendadores está muy unida al absentismo de los propietarios porque los primeros arrendaban las tierras en una proporción de dos veces y medio más que los propietarios residentes cerca de sus tierras. Las grandes fincas del sur arrendaban normalmente a un solo arrendatario (arrendador o labrador) que a su vez cultivaba la tierra con mano de obra contratada o bien con sub-arrendamientos en forma de pequeñas parcelas a pequeños campesinos. Para algunos investigadores estos dos grupos mitigaban los efectos nocivos que de otro modo el absentismo hubiera tenido. Pero Malefakis cree que la inseguridad del arrendador no le permitía aventurarse a hacer mejoras a largo plazo, y el administrador no disponía de autoridad ni de capitales para efectuarlas. Además, el administrador iba a sacar el máximo de beneficios para un dueño que estaba lejos, y el arrendador perdía partes de las ganancias en el arrendamiento, por lo que ambos hacían recaer sus obligaciones sobre los hombros de los jornaleros y pequeños arrendatarios que eran realmente los que trabajaban, con menores salarios y pagando mayores arrendamientos.
- Rosa Alfaro García, nacida en 1900, entrevista realizada el 11-3-85 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Ascensión Vaca, nacida el 16-1-04, entrevista realizada el 21-6-84 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Manuela González, nacida el 13-4-12, entrevista realizada el 8-6-84 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Juan Ramon García, nacido el 18-7-17, entrevista realizada el 13-6-84 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Luisa Cazorla, nacida el año 1921, entrevista realizada el 17-7-84 a Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Manolo Alfaro, nacido el año 1920, entrevista realizada el 15-7-84 al Tibidabo de Torre-romeu (Sabadell) ↩
- La información sobre Pedro Martínez, sus cortijos y alrededores la encontré en la obra de Madoz, la Gran Enciclopedia de Andalucía, y la Historia de Granada, de M.Garzón. Ahora, tenemos los trabajos de 1997 de Juan Rodríguez Titos, Pedro Martínez, campo y cielo. Obra que en 2010 amplió, con el nombre de Testimonios de Pedro Martínez. A Juan Rodríguez le debo y le agradezco haberme proporcionado las fotografías que ilustran este capítulo ↩
- Pedro Líndez, nacido el año 1903, entrevista realizada el 24-8-84 en Pedro Martínez (Granada) ↩