3. Y llegó la República

De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls

«…la terrible hambre jornalera es mucho más amarga siendo republicana que monárquica, porque además de ser hambre de pan, es hambre de esperanzas defraudadas por la República»

(Blas Infante)

A tres perrillas los huevos y a dos chicas la sal
y cuatro cigarrillos. ¡Viva la libertad!

Catorce de abril de 1931, Joaquín 1 de trece años, hace su caminata diaria con la carga de leña del «cortijo» hacia Pedro Martínez. A medio recorrido, en la Cañada de la Hermosa, se encuentra con un grupo de hombres a caballo, con banderas, que cantan y gritan vivas a la República. Medio asustado, sin saber muy bien qué pasa, llega al pueblo donde ve al maestro y sus compañeros que también cantan y corren, ondeando banderas republicanas.

Durante la monarquía, en este pueblo, como en la mayoría de las pequeñas localidades agrarias andaluzas, los ricos propietarios habían ostentado el poder social, económico y político en solitario, en consecuencia, los hombres de las familias propietarias de grandes fincas eran los que prácticamente manejaban todo el poder desde el Ayuntamiento y acaparaban todos los cargos del municipio.
En la campaña para las elecciones municipales del treinta y uno, la candidatura republicana la encabezó el socialista Rafael Casares, a pesar de ser de una de las familias ricas del pueblo.

Las candidaturas republicanas ganaron en el conjunto del país y el 14 de abril de 1931 se proclamó en Barcelona y en Madrid la II República Española. Las elecciones fueron precedidas de una intensa campaña electoral. Campaña que por parte de la conjunción republicano-socialista se centraba sobre todo en las capitales de provincia y núcleos importantes, aunque la celebración de mítines fue una nota usual y no sólo en las cabeceras de comarca. En Pedro Martínez, a pesar de ser una población de poco más de tres mil habitantes, se organizó algún mitin con la participación de líderes republicanos estatales y de dirigentes locales.

J.Ramón y Ángeles 2 recuerdan un acto en el que participó Fernando de los Ríos, Largo Caballero, y donde, también, estaba prevista la intervención del Alcalá Zamora. La gente se congregaba en la plaza para escuchar los discursos de los líderes republicanos. Y los ricos empezaron a pensar que las cosas iban mal.

Según Ángeles, “Estaban los ricos ¡qué los pelos se tiraban de la cabeza»!
En aquellas elecciones no todas las concejalías tenían candidatos, sin embargo, en Andalucía, respecto de España, fue donde un mayor porcentaje de concejalías salieron a elección. A pesar de ello, en Granada se mantuvo por debajo de la media estatal, lo que sugiere una cierta persistencia de prácticas caciquiles generadoras de desmovilización.

Este fue el caso de Pedro Martínez donde los republicanos ganaron las elecciones, pero no pudieron asumir el gobierno municipal el mismo día 14. Durante 24 horas el alcalde del pueblo fue el Ángel el de la viuda, un declarado derechista al que mataron en los primeros días de la guerra civil. El líder socialista y otros candidatos republicanos fueron retenidos en los colegios electorales por las fuerzas derechistas del pueblo que intentaron manipular el resultado de las elecciones. Pero algunos testigos afirman que Rafael Casares tomó la vara de mando 24 horas más tarde simplemente porque 3 estaba fuera del pueblo, de viaje a Murcia. De hecho, los que sí fueron retenidos en los colegios fueron los apoderados y podría ser que Rafael Casares no estuviera entre ellos. Sea como sea, esto no modifica el hecho realmente importante: la resistencia a respetar el resultado de las elecciones por parte de las fuerzas de derechas.

«Cuando él (Rafael Casares) entró. Es que era un hombre muy de izquierdas y muy bueno. Y cuando de primera, cuando las elecciones, pues iban a hacer un complot grande. Era un complot para matar a este hombre. En las elecciones del 31 ¡Y lo tenían encerrao en los colegios! En el colegio de en medio se aglutinaba toda la fuerza fascista, todos los guardias civiles y los municipales. Y es que querían hacerle que firmara por fuerza que habían ganado las elecciones. Entonces nosotras al enterarnos, pues yo saqué unos recitales que decían:

El día de las elecciones
Antonio el de Tarabita
llevaba un rifle colgado
“pa” matar a los socialistas.

En el colegio del medio
tenían hecho un complot
ya tienen los apoderados
“pa” ganar las elecciones.

Este es el hijo de Cobos
que ha «cogio» a Juanillo
con un revolver en mano:
¡firma! ¡firma! ¡que te tiro!

Y él decía:
Si me tiras ¡Mátame!
Ya te he dicho que no firmo,
esto es una «canallá»
que queréis hacer los ricos.

Al muchacho de Clemente
a la calle le tiraron
mando Cobos a por la guardia
porque él era apoderado.

Y de esas ¡cómo esas muchas! ¿»Pa» que quieres qué te diga?

Ellos tenían preparado
la camioneta y la soga
y llevarse a los obreros
y a todos darles la orilla.

Nos querían dejar sin padre
y a nosotras deshonradas
pero había una voz oculta
«pa» que no pasara nada.

Se acabaron los borbones,
terminaron los fascistas
ahora mandamos nosotros,
los honrados socialistas.

Decíamos socialistas, entonces el Partido Comunista estaba casi alumbrando”.

Pero Rafael Casares no tenía intención de ejercer de alcalde. Seguramente encabezó la lista republicana porque, gracias a su condición de hombre de cultura, su oficio de médico y el prestigio de que gozaba en todo el pueblo reunía las condiciones óptimas para que ganara su candidatura. Era la oportunidad de hacer perder a la odiada familia Cobos y sus seguidores, el poder que ejercían dentro de Pedro Martínez.

Casares se dedicó a la política dentro del Partido Socialista, que fue creciendo considerablemente a partir de las elecciones del treinta y uno y en el ayuntamiento fue sustituido por Manuel el barbero, también socialista.

El 20 de octubre de 1933 se reunió la asamblea conjunta de UGT y el PSOE para elegir a los candidatos socialistas provinciales, para las elecciones de aquel año. La Comisión Ejecutiva había presentado una propuesta de doce nombres, entre los que figuraba Rafael Casares, como «líder socialista de Pedro Martínez», sin embargo, no fue elegido por los delegados presentes en la reunión entre los diez candidatos a diputados.

Después de las elecciones del 31 se produjeron rápidamente visibles cambios. Se promulgaron los decretos de Términos municipales que obligaba a los patrones agrícolas a ocupar preferentemente los braceros vecinos del municipio (20 de abril); el que prohibía momentáneamente los desahucios de los campesinos arrendatarios (29 de abril) y, el de la constitución de los Jurados mixtos del trabajo rural (8 de mayo). En julio se promulgaron las jornadas de 8 horas en todas las actividades laborales -en el campo la primera- y se establecieron salarios mínimos en el campo por las jornadas mixtas. Los arrendatarios y aparceros podían también pedir una reducción de las rentas a pagar si estas excedían de la renta imponible de la finca o si la cosecha había sido mala (11 de julio). El Decreto de Laboreo forzoso obligaba a los propietarios a cultivar las tierras «según los usos y costumbres de la región», de lo contrario, podía ser cedida su explotación a entidades campesinas. Todos estos decretos fueron transformados en ley por las Cortes el 9 de septiembre de 1931.
La «Ley de Colocación Obrera» (27 de noviembre) establecía la regulación y la organización de la colocación obrera con el carácter de nacional, pública y gratuita, y disponía la creación de Oficinas de Colocación a nivel municipal, provincial y nacional para registrar la oferta y la demanda de trabajo, y prever la posibilidad de establecer el «turno riguroso», por el que el propietario perdía la facultad de elegir libremente la mano de obra y de utilizar en su beneficio la abundante oferta de trabajo.

La nueva situación se hizo sentir en Fuente Caldera, cuando, como explica en Pedro Líndez 4 el juez de Guadix obligó a la administración de la finca a pagar unos jornales que debía a sus jornaleros.

“La marquesa debía una porrá de jornales. Y denunciaron los obreros que no les pagaba el administrador. Entonces era ya Don José Grau. La marquesa no le daba poder a Don José Grau para que vendiera el trigo y pagara. Y entonces el juez de Guadix ordenó al juez de Pedro Martínez que abriera los graneros y les dieran trigo hasta pagarles los jornales”.

Al contrario, las personas que entrevisté tienen una visión muy fugaz de las mejoras que la República pudo introducir. La mayoría eran muy jóvenes, y tienen pocos recuerdos del período o de lo que significó. Como dice Joaquín “¡Yo que sabía lo que era una república»! O como nos explica J.Ramón “en la República era yo alguacil del Partido Socialista, de la Juventud Socialista de Pedro Martínez. Yo era el que arreglaba la habitación y llevaba los braseros. Porque entonces teníamos nosotros el horno y llevaba los braseros allí para el día que había junta. Yo tenía que abrir la puerta y tenía que barrer aquello y tenía que limpiarlo pa cuando iban a la junta a las ocho de la noche o a las nueve. Después de cenar, la gente iba a la junta allí al centro. Yo era el que tenía de cerrar y abrir la puerta y tenerlo todo cuidao«.

Ángeles recuerda «en el pueblo eran socialistas, pero entonces no estaba la gente como ahora tan espabilá con los partidos”.

Durante la República el problema agrario fue, junto con la cuestión religiosa, de los más virulentos de la época. El posicionamiento antirrepublicano por parte de los sectores perjudicados por los intentos de reforma agraria es una de las claves para comprender qué pasó en la Segunda República Española. El gobierno de coalición había prometido de forma inequívoca, la redención de la gente del campo. Durante el primer bienio republicano las normas desplazaron por primera vez, el peso de la ley de los propietarios hacia los obreros rurales.

Era el prólogo de una reforma que se quería profunda para transformar las estructuras del campo español. Pero la reforma agraria no fue considerada, de hecho, una cuestión de urgencia en la intensa obra legisladora del primer parlamento republicano. Por otra parte, su redacción provocó inmensos problemas legales y técnicos, que sumados a los fuertes intereses políticos y económicos que rodeaban la cuestión, explican el porqué de una serie de proyectos desestimados y el resultado final: una ley compleja y de difícil aplicación. Los terratenientes, a pesar de ello, quedaron asombrados del proceso, pues paralelamente a los cambios legislativos, comprobaban como en sus localidades iban perdiendo sus, hasta entonces intocables, privilegios. Veían cómo se sustituía su poder por los elementos socialistas o republicanos radicales. Y reaccionaron rápidamente, y en todos sentidos, no consintiendo que se consolidara esa tendencia. El titubeo de las izquierdas los primeros meses de la República y el combate frontal de la derecha no sólo hicieron fracasar la Reforma Agraria, sino también la misma República.

Después del primer proyecto de reforma agraria, siguieron unos cuantos más, unos más moderados, otros más radicales. El levantamiento frustrado de Sanjurjo el 10 agosto de 1932 tuvo como consecuencia la radicalización y aceleración de todos los proyectos republicanos de 1932.
Los grandes propietarios pronto crearon la Agrupación Nacional de Propietarios de Fincas Rústicas y juntamente con todos los sectores monárquicos y conservadores, redoblaron los esfuerzos para volver a cambiar la situación. Y, así, ya antes del bienio negro, la clase trabajadora vio cómo se torcían las cosas y cómo volvía la explotación.

En verano de 1932, la «Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra» (FNTT) solicitó reiteradamente al gobierno que hiciera efectivo el turno riguroso en la contratación de los jornaleros del campo. La realidad fue que la nueva Ley de Arrendamientos ratificó el poder absoluto de los propietarios al derogar ciertas limitaciones establecidas anteriormente. La nueva situación permitía que cualquier propietario que quisiera deshacerse de un arrendatario pudiera hacerlo con toda facilidad. Y aquellos que no fueron expulsados, probablemente se vieron obligados a pagar rentas más altas. Durante 1933 la situación económica y social se fue deteriorando y en abril del mismo año culminó la reorganización patronal con la convocatoria de una gran asamblea en Madrid el 18 de septiembre, en la que pretendían demostrar al gobierno la oposición unitaria de los propietarios a la política agraria del gobierno.

 

 

De esta manera se llegó al triunfo de las derechas en las elecciones de 1933. Entonces, la Reforma agraria cogió un ritmo mucho más lento y nuevas disposiciones anularon los artículos más radicales. Se invalidaron las Bases de Trabajo que imponían a los patrones la necesidad de contratar obreros para turnos rigurosos y empezaron a cambiar los Jurados Mixtos designados por Largo Caballero. En la provincia de Granada, según denunciaba Fernando de los Ríos, los patrones burlaron las Bases de trabajo y bajaron los jornales pactados de ocho a cinco pesetas. Para terminar el proceso, la «Ley para la reforma de la reforma agraria» de julio de 1935 fue una verdadera contrarreforma donde se derogaba el Inventario de fincas expropiables establecida tres años antes.

Desde abril del 31, el tiempo pasó rápidamente para la gente de Pedro Martínez, tanto, que los recuerdos que han perdurado no han sido los de los primero dos años del régimen republicano con los intentos de reforma, sino los posteriores cuando se volvió a las prácticas de los tiempos pasados. Fue un tiempo difícil y duro. Tiempo de represalias, donde los trabajadores y trabajadoras del campo fueron despedidos solamente por haber votado las izquierdas. Malefakis se pregunta el porqué de la radicalización del PSOE a partir de 1934 y afirma que las condiciones de vida de la clase trabajadora empeoraron mucho, pero no tanto como para justificar la aparición de represalias revolucionarias desesperadas.
¿Sin embargo, se puede medir hasta dónde deben empeorar las condiciones de vida para que las acciones revolucionarias sean justificables? En todo caso, esta es la memoria que queda: «La República, allí partió de los socialistas, de los comunistas, luego mandaron ellos dos años más y también lo pasamos muy malamente: nos echaban del trabajo porqué habíamos votado a las izquierdas», explica la M. Jesús.

La Manuela 5 lo recuerda de esta manera: «He pasao muchísimas faltas. Mi marido era de izquierdas y no lo querían, nadie. Y ya está ¡Y mi marido, era muy trabajador!¡Y sabiendo trabajar y lo que trabajaba sabía! Pero ya ves… Yo tenía, cuando el bienio negro, una yegua: me la quitaron. Tenía una marrana: me la quitaron, los ricos. Ya ves, pos nos dejaron listos. Una vez estábamos acostaos, cuando siento que llaman a la puerta. La casa que na más estaba de agujeros por todos laos. Y dice mi marido: -eso es uno que viene a ver si…. Cuando se acerca a un agujero para ver. -¡Ay Manuela cuantos civiles hay en la puerta!
Entonces ya bajó él, y al bajar, -¡brazos arriba! Se puso brazos arriba, lo esposaron y.…había en el pestaño de mi casa dos guardias civiles…y cómo de aquí todo hondo hasta allá abajo ¡muchísimos civiles! Se lo llevaron a Guadix y estuvo allí quince días. Ya lo arreglaron y ya se vino”.

Este pueblo campesino donde la mayoría de las personas eran asalariadas en los múltiples cortijos que lo rodeaban, la política pendular de la república en la cuestión del campo afectó especialmente la convivencia. La historia de Juan García Lozano, padre de J. Ramón, ilustra la realidad de lo que significó la República: pocos cambios para la gente trabajadora después de los primeros tiempos de esperanza. Las relaciones de poder siguieron siendo como las de antes, las familias ricas que al inicio de la república se asustaron, consiguieron con relativa facilidad volver a tomar las riendas del poder. Y si en un primer momento realmente el régimen intentó proporcionar derechos a los pobres, prontamente y, como hemos visto, antes ya del bienio negro, los terratenientes lograron llevar el agua a su molino. Si de algo habían servido los años de libertad era para darse a conocer. Ahora ya no tenían dudas. Quien había jugado la carta de las izquierdas estaba marcado junto con toda su familia.
 
J. Ramón tenía 15 años cuando sucedió un hecho que marcaría no sólo su vida y la de su familia, sino incluso la de mucha gente del pueblo que ha incorporado la historia personal de Juan, su padre, en la historia de toda la colectividad.

Juan había nacido en Caniles de Baza. De pequeño quedó huérfano de padre y madre y, más adelante, abandonó su pueblo y llegó a la finca de Fuente Caldera. Allí la marquesa se lo medio prohijó y con el tiempo se convirtió en un labrador más del cortijo. Es decir, tuvo acceso a la tierra.
Con mucho trabajo y esfuerzo consiguió encontrar agua en el trozo que le otorgaron, y construir una fuente, que aún hoy existe y se conoce como la Fuente el Número, el mote de aquel muchacho.

Con el maravilloso líquido en abundancia aquella tierra caracterizada por su sequedad se convirtió en una rica huerta, una fértil «vega», llena de árboles frutales y hortalizas.
Esta relativa prosperidad junto con que la existencia de los frutales obligaba a los ganaderos a bordear la finca y perder tiempo, despertó envidias y rencores en algún «labrador» y guarda de la finca. Un sentimiento que con el tiempo conllevaría la perdición de Juan «el Número».

Juan se había casado con Encarnación y vivían en una especie de barraca que el hombre construyó en el terreno de su vega. Hasta que encontró agua había pasado calamidades, penurias e incluso hambre. Hasta el extremo que los segadores se presentaban y solidariamente le ofrecían migas, gazpacho o cocido según la hora que fuera, y así, al menos en verano, no pasaban hambre.

Pero la vida en aquel lugar no podía ser muy agradable para una mujer joven, madre muy pronto de un montón de criaturas, aislados y alejados del pueblo y de la finca. Esta situación poco cómoda propició que la familia abandonara aquellas tierras que, con tanto sudor, muchos trabajos y sacrificios habían conseguido fructificar. Al menos esa es la versión de su hija, pero la gente del pueblo, y su hermano, exponen una segunda causa: que los guardas de la finca de Fuente Caldera no le perdonaban el trato de favor que le había otorgado la marquesa y no pararon hasta llegar a ponerlo en mala situación y lograron echarlos de la huerta. Así lo ve Pedro, “Porqué los árboles eran propiedad de la finca y él dijo que ponía arbolea, y los mismos guardas se lo arrancaban. Y se fue enfurruñando con los guardas”.

Sea como sea, la familia abandonó la huerta y la cabaña y se trasladó al pueblo donde alquiló, para ganarse la vida, un horno de pan. Para manejar el fuego del horno, Juan y sus hijos recogían leña de los alrededores del pueblo. Terrenos que pertenecían a las fincas privadas del municipio. Propiedades bien guardadas y vigiladas por hombres destinados justamente a estas tareas. Por tanto, el trabajo de buscar leña se convertía, y lo era de hecho, en un trabajo clandestino. A menudo, una vez hecha la carga la tenían que abandonar y ponerse a correr para no caer en manos de los guardas. Un día, cuando el J. Ramon iba a buscar leña, tropezó con un guarda de la finca que le encañonó y maltratándolo le obligó a lanzar la leña que había recogido. Más tarde denunció al padre por el «robo».

Pedro explica que en el juicio su padre «…en la escalera (del juzgado) vio al guarda, y no sé qué le habló. Y se le enganchó, o hizo que se le cayó el sombrero y agachado como estaba le habló. Y al ponerse de pie, estaba al lado de la escalera y el guarda allí en la otra, al ponerse de pie, le clavó una puñalá y le cortó el corazón. Y le dio tiempo a bajar tres o cuatro escaleras y salir a la calle ¡Ah! Y chilló el otro guarda que venía detrás, pero se le escapó».

Aunque huyó e intentó esconderse, finalmente se entregó a la justicia.

“A mi padre le metieron a la cárcel y cuando estalló la guerra le echaron en libertad. Y luego cuando se acabó la guerra lo metieron otra vez en la cárcel. Y se ha muerto en Barbastro. Le echaron 30 años de prisión perpetua a consecuencia de aquello”, explica J.Ramón.

Los recuerdos y las palabras de las personas entrevistadas al margen de sus divergencias y de algunas confusiones muestran los hechos como una revuelta individual y mantienen con el protagonista una clara solidaridad y complicidad, ante una situación que perciben como injusta y humillante. Todas las personas que han narrado la historia del Número -y han sido muchas- no sólo no le culpan de la muerte del guarda, sino que lo justifican y muestran admiración ante su conducta.
   
Son dos las cuestiones que irritan a la gente cuando recuerdan los hechos: el maltrato a un chiquillo, y que la causa del castigo fuera el robo de leña necesaria para sobrevivir, que, por otro lado, no se utilizaba. Es decir, la salvaguarda, por encima de todo, de la propiedad privada que la gente de pueblo consideraba de uso común.

Es una sociedad donde las familias jornaleras combinan el trabajo asalariado, cuando lo tienen, con los beneficios que les puede proporcionar el monte: esparto, leña, caza, etc. Aún existía una finca del Municipio, la Jurisdicción, donde la gente podía abastecerse. No hay nadie que al hablar de estas cosas diga que iban a robar leña, sino que «iban a por leña al monte». Después de la guerra el secretario del ayuntamiento se apropió de la finca.

Es posible interpretar que el «robo» es una categoría que evidencia «intentos prolongados por parte de la comunidad agraria, de defender prácticas antiguas de derechos al común, o de los jornaleros de defender las ganancias establecidos por la costumbre, como afirma EP Thompson por el Inglaterra del S. XVIII. De hecho, en España, entre 1812 y 1930 se produjo un proceso de privatización -más de tres millones y medio de hectáreas- de los bosques del Estado, de los pueblos y de las corporaciones Civiles

Los doctrinarios liberales reivindicaron la privatización de los bosques de los pueblos alegando como argumentos fundamentales, que la propiedad comunal era una especie de confuso y peligroso socialismo que debilitaba la propiedad privada, y que era origen de prácticas de aprovechamiento y de explotación que conducían a la destrucción del bosque. Por ello, la propiedad comunal se debía eliminar y sustituir por la «propiedad perfecta» que llevaba aparejada la riqueza para sus nuevos propietarios, para la hacienda y para la nación. Así, calladamente, se fueron desvirtuando y debilitando los hábitos vecinales y los engranajes de la vieja organización comunal. Sin embargo, en 1926 el Ministerio de Fomento controlaba todavía 5.015.880 hectáreas y Hacienda 1.626.839, en total 6.642.719 hectáreas.

¿La conducta de Número en este contexto es una resistencia por no perder derechos antiguos, o, al contrario, su manera de hacer y la solidaridad que despertó, y despierta, ¿son la expresión de un conflicto mucho más moderno? ¿El resultado de una hostilidad personal y política, expresión de la lucha de clases y de la confrontación política que empezaba a ser extremadamente conflictiva, de incremento de la violencia en el campo, que avisaba de los antagonismos, aún más violentos, que se acercaban con la guerra civil?

Los testigos, cuando lo recuerdan, se sitúan claramente en el segundo supuesto cuando acusan a los guardas de fascistas. “…entonces los labradores de la Caldera no podían arrimarse allí, pasaban el ganao, como lo tenía sembrado de árboles y metían el ganao allí y lo hacían too polvo. Pues pa eso los labradores querían que se lo quitasen. Y efectivamente le pusieron que en el momento que aquello llevara un cierto tiempo, – aunque la marquesa no tenía derecho a hacerlo porque le había costao a él -, cuando pasara cierto tiempo no fuera de él. Entonces por eso ya lo despidieron. Hombre por una cosa u otra pues pasó todo aquello. Tuvo que pasar y pasó. Aún está la fuente allí. Cae un caño de agua como media muñeca”.

La historia de Juan sirve para ilustrar la percepción que la gente trabajadora de Pedro Martínez tiene de los años republicanos. Esto a pesar de que las versiones a veces discrepan y no queda claro si sucedió a finales del 32 o ya entrado el año 33. Pedro, incluso, sitúa el hecho antes de la República, lo que no parece posible por la edad de los testigos y de los protagonistas de la anécdota. Lo más significativo es que la mayoría de los testigos, equivocados o no, sitúan el hecho en tiempos republicanos, lo que significa que, para ellos, era posible que durante este régimen sucedieran las injusticias que cuentan.

La historia que cuenta Antonia también nos ayuda a penetrar en el reino de las percepciones y entender como un régimen político que la historia tradicional define de avance social fue, en este lugar, y por estas personas, vivido de manera diferente. Esta mujer activista y militante tiene los recuerdos ordenados y más estructurados cronológicamente. Es, lo que se llama, una portadora de memoria “Os voy a explicar cómo me hice comunista yo. Cuando iban a trabajar al cortijo Cobos trabajaban los de derechas, los que habían votao a la derecha y los de la izquierda ¡pues siempre me los apartaban! ¡Y claro! Mi padre y mi hermano y otro hombre y su hijo fueron a escarbar. Y como no los dejaban escarbar pues se fueron a rebuscar la aceituna. Ya habían entrado el ganao y todo. Y trajeron entre mi hermano y mi padre ¡Pues ya ves tú los pobrecicos! ¡Traían las uñas! ¿Cómo decirte yo? ¡Es que me da una pena cada vez que me acuerdo! Trajeron medio saco de olivas. Y un guarda que me parece que era el guarda del cortijo Cobos, pues dice: -¡esta aceituna l’han robao, l’han robao! Total que los trajeron y los llevaron a una posá que había: la posá de Miguel en la calle Nueva. Y enfrente vivía el alcalde, Don Cayetano Martínez ¡y claro! Y cuando dice: -¡niña!. Dice a mi madre: -¡Eustaquia! ¿sabe usted que se los llevan a la cárcel? al menos llevan como medio saco de aceitunas ¡qué la han robao!
¡Mira cuando yo salí! Yo tendría pues sí ¡unos trece años! Yo cuando salí ¡»cucha»! y vi a mi padre con el saquillo a cuesta, entonces ¡y los metieron allí en la posá, para depositar allí en la posá la… ¡Vamos la oliva! ¡Mira ya cuando vi! Y siento que dice la mujer del alcalde del Cantaslargas se llamaba. Dice: -¡Asómate Cayetano! Que van por aquí ¡unos ladrones de las aceitunas!.
Mira, yo me puse ¡yo les dije!: -¡bandidos, ladrones! Yo me había enterado, de que se comentó que había nombrao el gobierno para las escuelas había mandao no sé cuántas miles de pesetas y el tío se las había mamao ¿sabes? Y no las había dao para los colegios. Yo le dije: —¿¡ladrones!? Le enganché lo de los colegios, que había robao una pila de dinero que había dao el gobierno para los colegios, ¡en fin! Y yo ya me vine pa mi casa.
Yo ya en mí, no sé, en mí yo ya sentí ya algo ¡Sentía yo algo, de que ¿cómo era posible que allí en el pueblo y conocíos, hubiera gente tan mala? Y mi padre, mira, no porque fuera mi padre no, como el otro hombre, pero que mi padre pues ha estao una masa muy buena en el pueblo. Porque era un hombre que, ¡en fin! Yo, es que na más acordarme de él ¡Y tratar a mi padre como a un ladrón!
Y luego, pues claro nosotros esperábamos que trajera la aceituna pues para vendérsela al Cojo Palo que era aceitunero. La compraba y nos daba pues un litro de aceite y luego el demás dinero… Les estábamos esperando que vinieran con esas aceitunas para ir a comprar la harina de maíz o de lo que había para comer unas gachas o lo que faltaba ¡Y ellos! Pues se iban hasta sin desayunar hasta sin comer too el día hasta que venían. Y yo hija mía, yo todo aquello iba despertando en mi… Y luego pues ya vienen las elecciones, las del 33 ¡claro! y a raíz de todo aquello, yo luego ya pues, cuando el bienio negro, cuando el 34, 35 que ya metieron a mucha gente en la cárcel. Y ya de ahí vinimos dando estos saltos y digo -¡hay que darse cuenta! Digo -¿cómo puede ser? Decía entre mí misma, que unos tengan tanto ¡y otros trabajando que no puedan comer!
Después yo me eché un novio que era Juanico de Maximino, familia de la Manuela de Mónito. Y este muchacho era tres años mayor que yo, y este muchacho entonces me mandaba el Mundo Obrero – de la Unión Soviética venía el Mundo Obrero -. Y no sabía ¡yo no sabía que significaba entonces el Partido Comunista! Pues entonces yo miraba los periódicos yo los leía. Y yo cuando la primera vez que yo escuché a la Pasionaria fue en un periódico que me lo dio él, cuando fue la Pasionaria al Parlamento, y allí sí que los puso a todos como un trapo. Entonces me parece que estaba en el Parlamento no sé si era Alcalá Zamora, o Gil Robles, ara ya no recuerdo bien.
Y fue cuando yo leía aquel periódico y ¡aquella mujer! Ya me hizo a mí un eco muy grande digo, aquella mujer ir al Parlamento y decirles a todos lo que les dijo.
Y yo ya me iba despertando y diciendo -¡pero claro, es que los obreros teníamos que no dar lugar a que esto nos sucediera, a la clase obrera! Estas tierras que tienen allí, que tienen ¡un sin fin de tierras! ¡na más que abandonadas, si las dieran a los obreros, pues cada obrero tendría su tierrecica, su parcela y de allí ¡pues se comería!
Mira yo no sé si por todo lo que yo he pasado ¡todo lo que yo he visto! ¡Que ya me afilié al Partido Comunista! Porque él era el único partido que veía ¡y que veo! ¡No que veía, que veo! Que es el único que puede salvar a la humanidad de la miseria, del hambre y de la injusticia”.

A raíz de las detenciones que se produjeron mientras duró el bienio negro las ideas de Antonia se fueron precisando. La división ya no es tanto entre buenos y malos, sino entre los que tenían mucho y los que no tenían nada, entre los que trabajaban y los que no podían hacerlo. Adquiría una conciencia de clase. Una visión que ayudada por la labor de proselitismo de su compañero, la racionalización de los sentimientos a través de la lectura y a través de la doble identificación con la Pasionaria, como mujer y como clase explotada, fue como el sentimiento, que ella misma llama, «despertar», se convirtió en clara identificación de clase y nació la ineludible necesidad de luchar y comprometerse.

En resumen, a partir de la gente de este pueblo andaluz, vemos unos propietarios que acogen el régimen republicano con cierta tranquilidad ya que creen que en realidad nada se modifica porque seguirán disponiendo de la guardia civil y de los jueces para mantener el orden establecido. Y como, pronto, perciben asustados que no es así, hasta el regreso a la situación anterior. De modo que estos testimonios nos permiten entender mejor el retorno de la represión a partir del triunfo de la derecha en el 33. Enseñan, también, el testimonio de estos y estas jóvenes, como la cronología clásica en la que se suele dividir el discurso histórico, no siempre coincide con los hitos más significativamente vividos por la gente.

Así para las familias obreras de Pedro Martínez, posiblemente para las clases populares andaluzas en su conjunto, la fecha clave de la historia de ese período no fue el 14 de abril de 1931, proclamación de la República, sino una fecha más difusa, menos precisa, cuando los ricos vuelven a coger las bridas del país para enderezarlo según sus intereses, descargando todo su odio hacia la clase trabajadora, ayudando a preparar el clima necesario para llegar a uno de los capítulos más sangrientos de la historia de España.

  1. Joaquín Pardo, nacido el 18-10-18, entrevista realizada el 11-3-85 en Torre-Romeu (Sabadell)
  2. J.Ramón García y Ángeles González Peralta, nacido el 18-7-17; nacida el 24-6-18, entrevistas realizadas en Torre-Romeu (Sabadell) los días 13 y 30-6-84
  3. Antonia Valle Moreno, nacida en 1920, entrevistas realizadas en Torre-Romeu los días 03/14/85 y 29/5 / 86
  4. Pedro Líndez, nacido en 1903, entrevista realizada en Pedro Martínez el 24-8-84
  5. Manuela González, nacida el 13-4-12, entrevista realizada el 8-6-84 en Torre-romeu (Sabadell)
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