“No vulguem arribar massa aviat a una conclusió: la guerra civil ‘havia’ d’esclatar. Però el fons de classe dóna a la lluita política les seves característiques passionals: masses senceres estan predisposades a creure en les agressions i a somiar revenges».
(Pierre Vilar, 1986)
En febrero de 1936 triunfa la izquierda que en noviembre de 1933 había perdido en las urnas y en octubre de 1934 en la calle. En Pedro Martínez, un socialista, Manuel, el trampilla, zapatero de profesión, gana el gobierno municipal.
La espina dorsal del programa del Frente Popular era la Amnistía para los presos políticos de los hechos de octubre del 34. La campaña electoral fue intensa y apasionada.
El día 16 votaron con tranquilidad, y el 20 se confirmó la victoria del Frente Popular: había ganado en 37 circunscripciones y en todas las ciudades de más de 150.000 habitantes.
La primera consecuencia de la victoria fue la promulgación de la amnistía reivindicada, con la que salieron de la prisión, socialistas, comunistas y anarquistas encarcelados en los años anteriores. Además, el Parlamento y el gobierno republicano concedieron los derechos de reunión, de asociación y de huelga, suprimidos de hecho a partir de 1934.
!Viva la izquierda,
viva el Frente Popular
viva los treinta mil presos
que ya están en libertad!
Y si hay alguna beata
ya se puede retirar
que aquí no nos hace falta
la alienación popular.
Antonia 1 recita y nos canta con buena entonación la canción de la amnistía. Y nos explica que, al día siguiente de anunciarse la libertad de los presos políticos, la gente ya cantaba esta canción por las calles.
En aquellos tiempos aun acudían a los pueblos hombres cantando romances tradicionales y nuevas canciones. La de la amnistía, una más, contiene unos versos que explican, quizás demasiado fácilmente, las causas de la guerra que no estaba lejos de estallar. De hecho, los conflictos del periodo republicano hicieron posible la proliferación de símbolos religiosos que identificaban la intransigencia de la Iglesia en la defensa de sus posiciones, y un agresivo desarrollo de una cruzada del pensamiento católico que quería extenderse para dominar cualquier manifestación de vida de les persones.
María Jesús 2 parece comprender este sentido simbólico de la religión.
“Cuando ya estalló la República fue cuando los ricos iban a misa hacerles contra a los pobres, pero antes nunca, jamás han ido a misa. Ya te digo que venían allá a mi casa y decían: -no ha habido nadie a misa, na más que la tía Pascuala y yo-. Y ya cuando estalló la República fue cuando se pusieron los curas en contra de los obreros y los obreros fueron en contra de los curas…».
Para materializar estos y otros conflictos históricos destacados se eliminaron, momentáneamente, los matices dejando la situación reducida a dos alternativas extremadamente exclusivas. Dependiendo de su pasado se produjo la ruptura en dos bloques, la iglesia se incluyó automáticamente en uno de los dos lados.
En julio de 1936, una parte del ejército se levanta y neutraliza al resto del ejercito que no se insurreccionó. Neutralización violenta y radical, donde se vislumbró desde el principio que estaba decidido a eliminar todos los oponentes con los métodos más expeditivos posibles. Los rebeldes militares tenían el apoyo de un variable grupo civil, monárquicos carlistas, cedistes, con un papel político y social muy limitado, pero muy poderosos económicamente. Antonio Miguel Bernal nos ha dejado escrito que, al inicio de la guerra en Andalucía, las fuerzas políticas, económicas y religiosas antirrepublicanas estaban preparadas para el periodo que empezaba. Y Josep Fontana afirma que el objetivo de los militares no era terminar con una conspiración, ni una revolución, aunque para algunos la percepción era de una situación pre-revolucionaria. Tampoco tenían la intención de terminar con el desorden o la violencia. Los militares conspiraron para hacer desaparecer la República, no como una forma de gobierno, sino como un conjunto de proyectos para transformar la sociedad española. No se quiere volver a la situación anterior al 1931 de abril, sino destruir enteramente el proyecto de cambio y todas las organizaciones e instituciones que promovió la República.
En febrero de 1936, cuando triunfó el Frente Popular, una serie de decretos volvieron a poner el proceso de la Reforma Agraria en marcha, por lo que la cuestión agraria seguramente jugó un papel fundamental en la insurrección de los antirrepublicanos.
Los testimonios que tenemos nos descubren cómo vivió la gente de Pedro Martínez este período histórico y como explican el estallido de la guerra. Antonia y María Jesús creen que algunas personas tenían conciencia de la opresión que se sufría. Que unos sectores de la sociedad no sólo oprimían a los trabajadores y trabajadoras, sino que el intento iba hasta la enajenación. Y en estos sectores incluían, de manera preeminente, la Iglesia y sus servidores. Otras personas dan causas más concretas, aunque más anecdóticas, para explicar la revuelta militar. Hechos inmediatos, o episodios locales de odios o mala convivencia.
Juan Ramón nos dice 3, «…y luego vino el bienio negro que mandaban los fascistas. Luego en el 36 que fue las elecciones y que fue cuando estalló la guerra ¿eh? Que todo esto vino porque mataron a Calvo Sotelo, y de allí vino ya el Movimiento, en el año 36».
La historia recordada por la gente, tanto antes, como durante y después de la guerra, confirma la importancia que para Andalucía tuvieron las cuestiones que giran alrededor de las diferentes formas de trabajo en el campo, y las relaciones sociales que se derivan.
Si seguimos a Josep Fontana sabremos que los problemas venían de lejos y eran resultado del fracaso que las transformaciones agrarias del siglo XIX dejaron pendientes y que condicionaron el crecimiento económico español de principios del siglo XX. La economía española, a pesar de su diversificación, estaba dominada por el sector agrario, donde predominaba el sector de la agricultura de secano, muy ineficaz. Al sur de la península estaban las provincias latifundistas, donde cualquier crisis que padece la agricultura repercutía inmediatamente en los salarios del proletariado rural y originaba fuertes tensiones sociales. Ante este problema los gobiernos de Alfonso XIII no hicieron nada bueno. En cambio, los políticos republicanos comprendieron que este problema era a la vez económico y social y que podía amenazar la estabilidad del régimen. Así que lo trataron desde un primer momento, aunque, como hemos visto, no supieron o no quisieron resolverlo del todo.
No era el problema de los latifundios el único problema agrario de una España diversa. Los campesinos castellanos, leoneses, navarros o aragoneses no veían, tampoco, resueltos sus problemas con la política de unos gobiernos con fuerte presencia socialista. Así que votaron a las derechas poniendo temporalmente su confianza en los agrarios y en la CEDA, porque se habían desengañado de una política que no les resolvía nada. De este modo, abocados a escuchar los cantos de sirenas que hablaban abiertamente de la lucha del campo y la ciudad, fueron haciendo suyo un programa «que los llamaba a convertirse en soldados de un futuro nuevo, basado en sus tradiciones y en sus valores, en vez de relegarlos a un papel de marginados a quien les esperaba, más temprano o más tarde, la proletarización «.
De esta manera a partir de «la experiencia de la ruina progresiva del campo castellano -pero no sólo del castellano- se fueron articulando unos programas políticos y unas actuaciones colectivas, unas adhesiones y unos rechazos».
La geografía del alzamiento de julio de 1936 muestra como las zonas industriales y las de latifundios que experimentaron los beneficios de la Reforma Agraria quedaron en el campo republicano, mientras que las regiones de pequeña propiedad campesina, especialmente en las zonas de trigo del altiplano del norte, del lado dicho nacionalista.
El estancamiento agrario condicionó el crecimiento económico que ya había hecho fracasar la industrialización española de 1840-1866.
Los beneficios que los industriales españoles obtuvieron durante la primera guerra mundial no los destinaron a mejorar e invertir en maquinaria porque no creían que la demanda interior española permitiera aumentos espectaculares de la producción. Así llegó la grave crisis industrial textil de 1921, acompañada de un fuerte endurecimiento de las relaciones entre patrones y obreros. Durante la dictadura de Primo de Rivera los empresarios algodoneros se orientaron hacia una decidida política proteccionista. En la segunda república, en cambio, el aumento de los salarios industriales y del de los jornaleros del campo (no del campesino que trabajaba por su cuenta), permitió una cierta prosperidad.
Sin embargo, no ocurría lo mismo respecto a las industrias de bienes de capital ligadas estrechamente a los sectores dominantes de un capital financiero que veía con miedo las tímidas reformas republicanas. Primero intentaron frenar estas reformas dentro del sistema, en la etapa de 1934 a 1936, pero «tras la derrota electoral ante el Frente Popular, y ante una amenaza de radicalización que pusiese en peligro su propia supervivencia, se unieron a los terratenientes desposeídos por la reforma agraria, y a las fuerzas campesinas que no tenían nada en común con ellos, más que la hostilidad hacía la República. Fue una asociación que juntos les permitió obtener la victoria, aunque no está claro que sus frutos se repartieran después equitativamente.
El 17 de julio de 1936 las guarniciones del Protectorado de Marruecos inician el levantamiento. Mientras que en Madrid se discute absurdamente, la rebelión empieza a extenderse por Andalucía y fracasa en Cataluña, Madrid, Bilbao… Casares renuncia a la jefatura de gobierno porque dice que no tiene los medios para detener la rebelión, y el nuevo gobierno de José Giral ordena la distribución de armas a las organizaciones del frente popular y a los sindicatos que inmediatamente formaran las milicias obreras.
La guerra civil o incivil, ha empezado.
En Andalucía, las provincias de Almería, Córdoba, Jaén, Málaga y Granada al principio permanecen fieles a la segunda República, pero pronto se pierden. Permanecen en la zona republicana alrededor de una cuarta parte de la provincia de Córdoba, tres cuartas partes de la ciudad, casi toda Almería y la mitad de Granada. Des de esta última capital las federaciones sindicales y de los partidos republicanos advierten a las aldeas de la situación política y del alzamiento. La juventud de los alrededores de Granada se dirige a la ciudad en busca de información y para defenderla.
Bernal cree que no se suele enfatizar que en Andalucía los rebeldes militares tuvieron un importante apoyo civil, que hubo poca resistencia, y que los grupos obreros y campesinos estaban poco organizados, en contra del mito del revolucionarismo andaluz. Habla del carácter espontáneo de los dos grupos enfrentados, de manera que, conocida la insurrección en los pueblos andaluces, de forma sencilla e incontrolada, según la correlación de fuerzas en la localidad, se impondrán los jóvenes fascistas o los grupos revolucionarios obreros.
Al parecer, Pedro Martínez confirma esta tesis, pero la rapidez y efectividad de su respuesta espontánea fue posible gracias a la existencia previa de algunas organizaciones políticas y sindicales. Creo que los sucesos que ocurrieron muestran una relativa madurez de las organizaciones de este pueblo que, a pesar de su relativo aislamiento, recibieron la transmisión rápida de las noticias de Granada. Sin perder tiempo, se dirigieron hacia los cuarteles de la Guardia Civil para obtener armas y dirigirse hacia la capital para impedir su caída. Así como para asegurar las explotaciones agrarias del término municipal.
El momento del asalto a los cuarteles, prendiéndole fuego, puede ser identificado como el inicio de la guerra en Pedro Martínez. Hubo heridos e incluso alguna muerte. Ángeles 4 y Juan Ramón explican que un tal Olivencia, preso por fascista, fue asesinado al intentar escapar. Los asaltantes convirtieron en prisioneros a cinco o seis guardias civiles que huían del fuego, algunos de ellos heridos o quemados. M. Jesús, al contar a los muertos del estallido de la guerra, nos nombra a “Josico Pílez, en el cuartel, al entregarse los civiles». Por lo tanto, o fueron dos los muertos, o era la misma persona, y Pílez era el apodo de Olivencia.
“A Romero, uno de los guardias civiles, lo dejaron salir para negociar con los socialistas, mientras quedaba como rehén su esposa, que finalmente hubieron de sacar por el balcón de la parte trasera del edificio. Otro de los guardias, García, se lo llevaron a Montejica para fusilarle. Él se defendió diciendo -mandar parte a Pedro Martínez y si yo he hecho allí algo malo, me fusiláis-. Y entonces mandaron a reconocer a Pedro Martínez. Y fue Antonio Alfaro y fueron cuatro o cinco del pueblo con dos coches, y se lo subieron pa el pueblo”.
Este testimonio muestra la presencia de hombres fuera del pueblo actuando.
Con las armas que tomaron de los cuarteles de la Guardia Civil los jóvenes de Pedro Martínez fueron a defender Guadix que permaneció, con palabras de Bernal, bajo “un auténtico terror rojo «. Sin embargo, muchos jóvenes revolucionarios también dejaron allí su vida, como el novio de Antonia, que años atrás la había comprometido con la lucha política y social.

«Pues, que esperábamos, pues que decían que venían los fascistas. Que dijeron que había que ir a Granada, a salvar Granada. Que en Granada estaban los fascistas ¡Claro y ya la federación de Granada, pues ya telefoneó a los pueblos! Y claro, pues ya se pusieron a alertar, pero no creyendo que tan pronto iba a caer Granada.
Allí nosotros, mandamos primero, el dinero de la Agrupación de Mujeres, casi todo lo mandé para armamento.
Y dijeron, bueno pues si ya están los fascistas en Granada, ya vienen pa Pedro Martínez. Ya pues creíamos que venían a Pedro Martínez porqué muchos de los ricos del pueblo estaban en Granada ¡Qué vivían en Granada! Y al decir que venían los fascistas, pues ya se fueron a Guadix. Y nosotros, los más jóvenes y las mujeres, pues salimos con aceigos ¡Yo salí con una hoz! Y otras con cuchillos, otras con ¡con mancajes! ¡Yo qué sé! Cada una llevábamos ¡ya ves tú lo que representaríamos! ¡Pero chiquilla que íbamos como si, como si nos los fuéramos a encontrar y a liarnos con ellos! Y ya se fueron para Guadix. Y entonces ya, la juventud que quedó, se fueron todos a Guadix. Y de allí, el primero que cayó fue el Juanito de Maximino que entonces era mi novio. Y ya después toda la juventud pues allí ¡estuvieron luchando hasta que quedó para los rojos! Allí también pasó la salchicha, pero quedó pa los rojos.
Allí encendieron ¡la catedral! ¡Y se veía una humareda salir! Sí, sí Guadix quedó aplastá por los rojos”.

Según los testimonios de Pedro Martínez, la revolución comportó la muerte de uno o dos guardias civiles y cuatro personas de derechas. Es el caso de Abelardo, un hijastro de Cobos, que hacía el servicio militar en Madrid, pero que, según M. Jesús, lo mató gente del pueblo. Un hijo de Cayetano, sobrino de Ángel Rubitches, nacido en Don Diego, lo sacaron del cortijo gente del pueblo, Gregorio del Casino, Paco Casineta y Manolito de Clemente.
También los dos primos Rubitches muy comprometidos con la derecha más reaccionaria que intentaron esconderse. Uno en el Cortijo de Vertiente bajo, en casa de su tía. El otro en Vertiente Alto, la casa de su primo. Este escondite, simplemente el cambio de casa, no sirvió de nada. Los ejecutores fueron forasteros y Antonia asegura que los de Pedro Martínez no tuviera tiempo de pronunciarse en contra o a favor, porque los mataron en el camino entre los dos cortijos antes de llegar al pueblo. “En Pedro Martínez mataron a Ángel y a Rubitches que eran primos, pero estos los mataron, no fue la gente de Pedro Martínez. Fueron unos milicianos que vinieron de (…), que trajeron una ametralladora. Y a estos, pues como les encontraron una documentación. Una documentación que era de la Banda Negra. Eran los que estaban afiliados a la Banda Negra de Granada. Que era ¡yo qué sé! pues la Banda Negra, los que salían voluntarios a fusilar ¡Fascistas malos! ¿Sabes? Y claro al sacarles esta documentación ya se los llevaron. Y cuando quisimos acordar, pues los mataron allí en el camino de la Alamedilla, no en el camino de Charcón, pues por allí. Los mataron. Pero no fue gente del pueblo”.
De manera que, según los recuerdos de nuestros testimonios, la violencia revolucionaria daría un total de cinco o seis muertes de personas que se pusieron al lado de los militares rebeldes. Defendiendo la República durante estos primeros días, es decir, en enfrentamientos espontáneos y no en el frente, conocemos la muerte de Manolito el de Maximino, pero no sabemos si fue la única muerte. En una conversación, se menciona a “Fadrique, el que mataron en Guadix cuando la toma», sin aclarar si se refiere al año 1936, es decir la toma de Guadix por los republicanos, o, en 1939 cuando la tomaron los fascistas.
Estabilizadas las luchas de los primeros días, Pedro Martínez quedó leal a la República, y sus hombres y sus mujeres, unos en el frente, otras en el pueblo, lucharon, como tantos y tantas de toda la península para ganar la guerra y para no perder, y consolidar los avances revolucionarios.
Los hombres de Pedro Martínez fueron al frente, bien por su quinta, como Sebastián 5, bien como voluntarios, Juan Ramon y como Manolo, 6. Los tres, dejaron familia, amigos y trabajo. Su testimonio, como el de tantos hombres y muchachos, nos muestra que estuvieron en los campos de batalla mucho más tiempo del que pudieron imaginar.
Manolo recuerda: “Cuando estalló la guerra, me pilló en un cortijo que le dicen Ulailas Bajas, hecho un chiquillo. Cuando se prendió fuego al cuartel a mí no me dejaban salir ni na, porque no se atrevían a dejarme. Y al poco tiempo… ¡pos me fui voluntario! Hecho un chiquillo me fui voluntario a la guerra.»
La primera movilización real de quintas se produjo en febrero de 1937. Era la quinta de Sebastián. Llegar al frente, ya fue una aventura, para este chico de apenas veinte años. «…Allí por la parte de Murcia, pal frente. Y ya al llegar al frente en Hinojosa del Duque nos dieron el fusil. Me tiraron el fusil, y estas fueron las instrucciones que me dieron a mí para defender a España ¡Y cómo a mí una pila! Y luego yo me tuve que apañar para saber cargar el fusil, pa saber si se encasquillaba sacar la bala. Y al frente. Y estuvimos allí…»
Según María Jesús, en el frente murieron once hombres del pueblo. «Antoñico el del hornero, el niño de la Faustina, el de la Gíngola, el hijo del Torcuato, ese era nacido en Guadix. Claudico el de Monito, a Colomeras en el frente de Granada. Un hermano del Diente. Un hijastro de la Melliza. Un hijo de la María la Gorafeña.Un hijo de la Dolores del Criao, que se llamaba Paco. Y un hijo del Pepe el Músico.
También murió Wenceslao, el hijo de la Manuela, la modista, que no fue asesinado por tropas franquistas, sino por gente de la misma aldea, porque quería desertar”.
Y mientras que estos y otros hombres dejaban trozos o la vida entera en el frente, mientras los Sebastianes, los Manolos, los Ramones y tantos otros, hacían la guerra en los campos de batalla, en los pueblos quedaron aquellos que se creían esenciales para organizar la retaguardia y los que por su edad no eran aptos para la guerra. Pero, a medida que la guerra se iba alargando, iba engullendo, más y más hombres, sin importar su edad.
En las aldeas, pueblos y ciudades quedaron, también, las mujeres, con sus hijos e hijas pequeñas.
- Antonia Valle Moreno, nacida el año 1920, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell), los días 14/3/85 y 29/5/86 ↩
- Maria Jesús García, nacida el 12-12-14, entrevista realizada el 31-8-86 en Ca n’Oriac (Sabadell) ↩
- Juan Ramón García, nacido el 18-7-17, entrevista realizada el 13-6-84 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Ángeles González Peralta, nacido el 24-6-18, entrevista con el 30-6-84 torre-Romeu (Sabadell) ↩
- Sebastián Martínez, nacido en 8-1-16 en Hueneja (Granada), entrevista con el 23-6-84 en Ca n’Oriac (Sabadell) ↩
- Manolo Alfaro, nacido en 1920, entrevista en Tibidabo torre-Romeu (Sabadell), el 15-7-84 ↩