De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls
El regreso de los propietarios: Hambre y represión
«…pero vino la paz: y era un olivo
de interminable sangre por el campo”
(Rafael Alberti)
«Andalucía sería en sus propietarios indefectiblemente franquista».
(Antonio Bernal,1981)
En Pedro Martínez, como en todos los pueblos andaluces que quedaron en la zona republicana, la represión directa o indirecta en forma de no trabajo o de salarios muy bajos, y, consecuentemente, de hambre con todas sus secuelas, fue terrible. Terminada la guerra, los propietarios que habían huido regresaron al pueblo para recuperar las fincas, con la indisimulable intención de hacer pagar los miedos y las pérdidas que sufrieron durante la guerra. La represión económica a la que fueron sometidas las personas vencidas (al margen de la violencia física y la represión política) fue enorme. Moreno Gómez afirma que los vencedores son los dueños de vidas y haciendas de los vencidos, en el sentido literal de la expresión. La Ley de Responsabilidades Políticas se encargó de institucionalizar esta represión económica, a manera de botín de guerra.
Joaquín 1 lo deja claro. «En cuanto terminó la guerra: vino el hambre. Porque enseguida recogieron todo lo que teníamos, todo lo que habíamos juntao nosotros ¡Claro! Y ya no pudiste sacar nada. Echaron mano de todo lo que había ¡Claro la finca era suya! Nos echaron ¡Cómo no habían cobrado nada en los años que estuvieron fuera! Pues le echaron mano y… nosotros a pasar el hambre ¡Claro! Mi padre estaba todavía sembrando garbanzos, con eso que llega mi tío: – ¡Hombre! ¿Qué haces? ¿Qué haces vas a sembrar, le vas a dejar sembrao al tío? ¡A ese hombre!¡No ves que, no ves que! ¡Menos mal que pudo sacar los animales corriendo!».
En general, no solo los pobres pasaron penurias en aquel tiempo. En Pedro Martínez cuando entraron los franquistas fueron a los silos de las fincas y arrebataron todo el grano que se guardaba, que sirvió para alimentar las grandes ciudades, como Madrid o Barcelona, muertas de hambre ya durante la guerra y que las nuevas autoridades intentaban “comprar” con alimentos. Ángeles 2, no duda al expresar sus pensamientos y recordar aquellos días.
«Braulio, el rico, decía que teníamos que acechar las cucarachas pa comerlas. Ponernos a los agujeros y acechar las cucarachas pa comerlas, las curianas. No te daban ni un día de trabajo, y si te lo daban, te daban un duro y tenías que andar diez kilómetros. Cuando vinieron los nacionales se apoderaron los ricos del trigo y de la cebá y se lo llevaban y no te daban na. No dejaron ni piedras en la calle. No te daban na. Se lo llevaron to. Lo dejaron todo barrido.
Fui hacer la matanza a Bernandino, el rico, que tenía su niña que no se le había muerto aún ¡y en el brasero cocían un pan! ¡Eso los ricos, ricos!».
Naturalmente la miseria de los ricos era relativa y temporal, estas familias, con poco tiempo, a base de pagar jornales muy bajos y a menudo con el estraperlo, acabaron siendo mucho más ricas que antes de la guerra. El hambre iba acompañada de represión política y laboral, o, mejor dicho, el hambre era consecuencia de la situación laboral y esta situación laboral se mantenía por la represión política. Una represión que significaba arrestos arbitrarios que podían durar días e iban acompañados de intimidaciones por parte de la guardia civil. Luisa 3 recuerda el trato que recibió su padre de la Guardia civil. Rafael, antes de la guerra trabajaba de albañil, no le faltaba trabajo, y por ello, su familia no carecía de lo esencial para vivir. Pero la historia se invirtió al finalizar la guerra.
«¡Ay, mi pápa como trabajaba pobrecito mío! En las obras. Llegaba el verano y se ponía a trabajar con Braulio, con los Sánchez, estaban uno o dos meses de verano con ellos, con dos zagales. Y cuando pasaba el verano se montaba las obras con ellos. Y nosotros fartas, fartas no pasábamos. Eso fue después, ya casada, es cuando ya hemos pasado fartas, pero antes no. Que el pobrecito trabajaba mucho. Hasta que le metieron en la cárcel. Porque estuvo echando dos meses con el Braulio, que fue cuando se acabó la guerra, que Braulio empezó a decir: -éste es muy rojo que lo sé: muy rojo. Y el pobrecito, pues no se acabó de llegar a mi casa y ponerle la mesa, cuando se presentó el Molinero en busca de él.
-Entonces ¿tú eres rojo?
Y dice él: -pues mira sí. ¡Puf! Bofetada.
– ¿Entonces qué?
-Pues rojo.
¡Pum! Tantas veces como dijo que era rojo, tantas bofetadas le pegó en toda la cara. El Molinero un civil que había allí.
Le metieron en la cárcel y le tuvieron 12 o 14 días metido en la cárcel, por estos motivos”.
Antonia 4 viuda, con un niño pequeño, vendió la burra que tenía y con el dinero puso un pequeño negocio de víveres para poder vivir y subir a su hijo. Solo, cómo dice ella, para ir tirando, dado que los clientes no siempre pagaban al contado.
«¡Una tienda, poca cosa! Una tienda para yo buscarme la vida. Vendíamos harina, maíz y patatas, aceite, tocino, jabón. No una cosa grande, pero para yo buscarme la vida. Tenía una burra y el pollino lo vendí y con aquello me monté un poquito para ir yo buscándome la vida.
¡Me quedaban a deber! Aún todavía algunas personas ¡aquí (en Sabadell) me han pagado! Porque han tenido buena voluntad. Porque han sabido que yo les daba con buena voluntad. Pues ya ves, me traían la harina de maíz de Guadix, y yo no tenía ¡ni harina, ni maíz ni dinero!
Y me decían: – ¡pero bueno Antonia!
Digo: -pero mire, si vienen y me dicen, que yo no tengo para comer esta noche, mañana si voy a escardar yo te lo pago.
! Pues claro yo pensaba que mañana iban a escardar y que a la noche venían a pagarme el dinero de la cebá. ¡Pero si el día o llovía o hacía malo, y se tenían de venir las criaturas sin comer! ¡O sea sin escardar! ¡Pues venían otra vez! – ¡Antonia por el amor de Dios, que mi hijo! Uno que le decían el Torico, aún vive aquí su hija. Venía su padre y decía: -mujer Antonia, que mis niños, si tú no me das un kilo de harina y un cuarterón de aceite, ¡es que mis hijos no comen! ¡Se acuestan sin cenar!
Y yo decía: – ¡Válgame Dios! ¿Pero qué hago yo, si yo me voy a quedar igual que vosotros, si os voy dando? ¿Qué hago yo?».
Encarnación 5, nació en plena posguerra. Su madre murió cuando ella era muy pequeña. El padre, Antonio, no tardó mucho en volverse a casar con quien hizo de madre de Encarnación y sus hermanos. Familia que incrementó con cuatro chicas y un chico más. Quizás para huir del trabajo que representaba tener tantos hermanos, Encarnación se casó muy jovencita con Cayetano, con el que tuvo cuatro hijos. Enrique, el primero, aún nació en Pedro Martínez. Los otros en Sabadell.
«Trabajábamos en el campo como negros. En el tiempo de la aceituna, pues recogiendo aceituna, en el tiempo de verano, pues segando, y yo trillando y así. Un día allá cuando estábamos trabajando, pues era: levantarse temprano para luego ir al campo y luego venirse, todo seguido. Yo ya tenía al crío grande y lo dejaba en casa de mi cuñá, hasta la noche que veníamos».
Manuela 6 reflexiona «los años más malos fueron los 40, hasta el 44 ¡ya pasamos hasta que nos vinimos aquí (en Sabadell). ¡Pero vaya como el año 40, hasta el 44, el 45 era aquello! Era ni cenar, ni na. Te acostabas sin cenar. He pasado mucho. Muchísimas fartas. Mis hijos no se me han muerto de hambre porque el Señor no ha querido, pero han pasao muchísimo. Los cuatro primeros los saqué… se iban a la era a comer los panecillos de las malvas, como si hubieran sido burros pa comer. Y yo me iba a trabajar y ellos. En tiempo de las espigas de la ceba, pelaban y las comían. Eso comían.
Somos los que más hemos pasao en el pueblo. Porqué mi marido era socialista. Que éramos de izquierdas, pero nada hizo, ni mató, ni robó, ni na. Na más que sus ideas eran socialistas. Que mi padre dice: -mira Enrique podrías darnos tu voto. Y él dijo: me hace más falta a mí que a usted. ¿A usted por qué le falta mi voto? ¿Pa ser más rico? Pues démelo usted a mí a ver si yo pudiera que mis hijos que no pasaran hambre.
Y luego vino lo que pasamos, pero por ¡el voto de mi marido!
Mi padre… me decía: -Manuela! Pero yo digo: -yo me voy donde mi marido. Si me muero que me muera, pero yo voy donde vaya mi marido. Yo era lo que era él. Y mi padre era de derechas. ¡Pero muy de derechas no te vayas a creerte que no!».
Historias crueles, miserables, injustas, que hoy son difíciles de creer o de explicar. Un régimen de estas características se mantuvo gracias al apoyo que las clases altas y medio altas le proporcionaron. Según Moreno, el fascismo y el militarismo del régimen de la posguerra explican en gran medida la cruel y sangrienta represión. Franco y su Ejército, con la Guardia Civil incluida, fueron, según el historiador, los artífices de esta desproporcionada represión. Pero añade que no hay que olvidar la decisiva colaboración de ciertas burguesías, sobre todo, la agraria de la España meridional, además, de la Falange y de la Iglesia Católica. El comportamiento inhumano de algunos ricos de Pedro Martínez es una triste muestra de la afirmación de este historiador. Tras la declarada lucha de clases que representó la guerra civil, se había borrado por completo cualquier síntoma de paternalismo que mitigara la brutalidad de la vida cotidiana de unas clases sociales enfrentadas que se odiaban y, sin embargo, tenían que convivir estrechamente.
Sobremortalidad, desnutrición y enfermedades
Las consecuencias de esta represión fueron la sobremortalidad, la desnutrición y una serie de enfermedades. En las poblaciones, como Pedro Martínez, en los que los años de la guerra no supusieron años de penuria sino, por el contrario, años de trabajo y alimentos, el contraste es aún más impresionante. Porque cuando se habla de hambre no es ninguna metáfora, literalmente la gente se moría de hambre, o de sus consecuencias. Por ello se entiende que las mismas personas que cuando recordaban los latifundios colectivizados, expresaban algunas quejas y críticas, cuando la memoria los lleva a la posguerra hablan de los años anteriores con satisfacción, porque se trabajaba, se comía y los organizadores -dicen ahora- no lo hacían tan mal. Hacen memoria de los muertos de hambre y recuerdan cuatro nombres: la hija de Ángeles, el hijo del tartaja, un hombre que llaman el Viñedo y un hermano de Luisa. Esta miseria infame era la demostración del fracaso económico de un gobierno que no tuvo, al final, más remedio que arbitrar algunas medidas para amainar el hambre de la población. Por ejemplo, la adecuación de comedores populares o de beneficencia, como el del Cuartel de la Guardia Civil de Pedro Martínez. Allí, según Ángeles, repartían potaje hecho de lentejas que no llegaban siempre a los platos de los indigentes porque alguno de los guardias se las quedaban para venderlas de estraperlo.

El hambre, la suciedad, la miseria, las pésimas condiciones de vida, todo ayudaba a atrapar enfermedades, especialmente digestivas y dermatológicas, que muchas veces eran causa de muerte. Las pocas defensas que se tenían provocaban que una enfermedad que en otras condiciones no habría representado ningún peligro, acabasen a menudo con la vida del que la sufría. La familia de Manuela no se escapó, tampoco, de esta plaga.
«Cuando pasó la guerra una sarna… Por poco nos morimos, se me mueren mis hijos y mi hija. ¡Qué lástima! ¡Más piojos! ¡Nos lavábamos con esparto, que no teníamos agua! Si iba a lavar a la Rambla y me llevaba a mi niño el mayor, le decía: -Enrique prenda mía, con un par de rastrillos a sacar la brea. Le decíamos brea a la tierra blanca. ¡Con aquello lavábamos! Y un poquito de jabón pa lavar lo blanco y así nos apañábamos. Con tierra lavábamos la ropa y luego con el poquillo de jabón que llevábamos, la ropilla blanca. Porque a la ropa blanca no podía echarle tierra, le echábamos jabón, pero todo lo otro ¡con tierra!
¡Si tenía de coser a luz del candil porque hasta me cortaron la luz! ¡Porque no pagaba la luz!
Cuando me los llevaba a la Rambla a lavar, si hacía un buen día, llevaba una colcha que tenía, los liaba a todos, y lavaba sus ropas. Y luego así que se secaban los trapos se los ponía y nos veníamos.
Si más historia que la mía no encontraréis que ésta. Pero verás como no te pueden contar que me pillaron robando ni que me pillaron haciendo… ¡qué el hambre es muy cobarde! Esto ni yo ni mi marido.
Mi marido como se murió de hambre, porque como enfermó del hígado de tantas hierbas como comió, de tantas marranás como comió, de tanta harina de cebá, de tanta harina de centeno, de tantas cosas, enfermó del hígado y se murió. Porque era un hombre que no ganaba na más que para el pan y no lo probaba, pues así se murió. Y el canalla de Don Antonio, el médico, pos no quiso ni que me pusieran a la beneficencia que le decíamos entonces allí, que no teníamos seguro ni teníamos na. Y el tío canalla aquel, le picó porque como era tan rico y tan de derechas y mi marido era de izquierdas pos no quería. Hasta que se murió lo tuve cuatro años enfermo ¡cuatro años enfermo! Sin poder salir de mi casa, pidiendo de puerta en puerta yo y mi hija.
Mi hija que un día, yo no tenía ganas de ir a pedir, y le dice a su padre: -pápa, se va a llegar la Semana Santa y no tenemos que comer y la máma na más que trabajar pa juntar un potaje siquiera.
Agarró un cesto y se fue a los cortijos a pedir. Estaba ya que tenía quince o dieciséis años ¡los cortijos tan lejos como estaban! Y ella vino con el cesto achina de lleno. ¡Cómo no habíamos pedido, ella no había pedido nunca y sabían que era mi hija! ¡Hay que ver la pobre lo que estaba pasando! Pues trajo un cesto que pasamos la Semana Santa tanto bien.
Cuando cayó malo tenía yo tres pesetas en el bolsillo. ¡Le mandaron 15 botes de penicilina! ¡El canalla aquel! ¡Qué malo el médico!”.

No todo son casos extremos, por ejemplo, Ascensión 7 y su compañero, José, a pesar de las penalidades no pasaron hambre. «Entonces mi padre tenía unos cuantos olivos y luego tuvo que venderlo todo y se quedó sin na. Cuando entraron ellos tuvo que vender los olivos y todo lo embargaron. Nosotros nos apañábamos. Antes, aunque hemos sido de izquierdas, yo tenía una miajilla de tierra y mientras mi marido ha estao hecho un negro trabajando en un cortijo que le llaman Ulailas Altas, con las dos cosas, pues no estábamos mal.
Cuando votamos a las izquierdas lo echaron. Pero después de la guerra lo llamaron. Y él dijo que quería para él y para sus hijos, pan. -Yo sí me dan pan macizo estoy. Porque era un hombre que entendía mucho de la labor. Dice: -y si no, no estoy. Y entonces le dieron una cartilla matilera y le sembraron un piojar de garbanzos y de aquí ya sacó pa la harina. Pero otros pasaron hambre.
Yo tenía un cerdo y lo teníamos escondido para que no lo cogieran los falangistas y teníamos de criarlo a escondidas. Pero muchos han pasado mucha hambre después de la guerra. Muchos se han muerto de hambre. Uno que le decían el Viñedo se murió de hambre».
Una salida para vivir: El estraperlo
La extensión del mercado negro de los productos agrícolas se explica, según la interpretación oficial, por la escasez de alimentos, por la desorganización de la actividad agrícola tras la guerra civil, y por la falta de medios, especialmente ganado de campo y abonos. Todo ello, prolongado por la guerra mundial y el posterior bloqueo económico que soportó el país. Así, los que disponían de recursos económicos cubrían sus necesidades alimentarias a precios desorbitados muy por encima de los oficiales. Esta explicación viene avalada por la caída de los rendimientos que registran las estadísticas agrarias. Pero cuando J.M Naredo investigó el estraperlo que se produjo con los productos agrícolas de las grandes fincas de Andalucía Occidental, tuvo muchas dificultades para analizarlo. En general aparecía jurídicamente encubierto en las contabilidades de las fincas, bien porque en casos excepcionales no hubiera tenido importancia, bien porque no estaba reflejado ya que en su día había sido oportunamente segregado. En las contabilidades, a las que tuvo acceso, no encontró la supuesta enorme caída de las producciones, salvo en los años 1945 y 1949 de catastróficas cosechas. En cambio, en algunos casos, constató una extensión y/o intensificación de cultivos, por eliminación del erial o machon (tierras sin cultivar ni labrar), y del barbecho blanco (barbecho donde durante el año de descanso se sembraban otras semillas), que se arrastraba del sistema de cultivo “en el tercio”, o sea, el barbecho en el que la tierra se dejaba reposar dos años. Por eso afirma que el estraperlo fue posible, más que por una penuria de productos agrarios, por la disociación originada por la guerra entre los grandes centros consumidores, que hasta el último momento se mantuvieron fieles a la República, y las zonas productoras en gran escala de alimentos de primera necesidad.
Otros historiadores comentan que la caída de la producción que describen las estadísticas oficiales es debida a las ocultaciones de los productos que se intentaban vender en el mercado negro.
Los procedimientos administrativos con los que el Nuevo Estado pretendió restablecer el abastecimiento alimentario denotan su carácter parcial e insuficiente. Tanto por las rigideces propias de las prácticas burocráticas como por los intereses sólidamente implantados en el nuevo poder político. Dado que la administración participaba, más o menos directamente, de las enormes posibilidades lucrativas que ofrecía el mercado paralelo. En resumen, la administración, si bien es cierto que lo tenía difícil para intervenir, si no lo hacía era porque entraba en contradicción con los intereses de empresarios y agricultores.
No se pueden tipificar fácilmente las personas que se dedicaron al estraperlo porque es diversa su procedencia social. Desde los mismos agricultores a partir de la complicidad política, a personas de otras clases sociales que supieron hacer grandes fortunas de la nada, pero también jornaleros sin trabajo que con actividades estraperlistas de poca magnitud pudieran sobrevivir a la época y huir del hambre.
Así, por ejemplo, el marido de Antonia combinaba el trabajo en una porción de tierra de propiedad con el estraperlo de diversos productos.
» Yo iba a espigar, a la aceituna, y ya cuando me casé ¡pues ya en mi casa! Mi marido él trabajaba, y a veces era estraperlista. Estraperleaba, iba por aceite, luego iba a por esparto, lo cambiaba por aceite, y cuando no, pues, lo nuestro. Tenía él un pedazo de tierra y lo sembraba y trabajaba en lo nuestro y cuando no, pues a dar jornales”.
La Ley del 16 de octubre de 1941 imponía incluso la pena de muerte para los estraperlistas. Sin embargo, es clara la diferencia entre la realidad del país y la legislación, de hecho. Los únicos que a menudo soportaban el rigor de la ley eran las personas con pocos recursos económicos a las que el estraperlo les permitía sobrevivir. A pesar de la clandestinidad del negocio se sabía perfectamente los precios a los que los agricultores podían vender sus productos y si eran ellos mismos los que hacían el papel de estraperlistas podían obtener el margen adicional. Los precios del estraperlo no evolucionaron linealmente, sino que fueron oscilando según los años, y llegaron a su máximo como consecuencia de la cosecha catastrófica de 1945 “el año del hambre”. En cuanto a la evolución de los índices salariales y precios percibidos por los agricultores hasta 1951, los estudios demuestran que fueron netamente favorables a los empresarios de este sector y que contribuyeron a ampliar sus beneficios y ahorros. Hay que tener en cuenta, además, que estos estudios contemplan los precios oficiales de los productos intervenidos, sin contar, como hemos dicho, que muchos agricultores colocaban sus productos en el mercado negro a precios muy superiores. Las investigaciones de J.L Leal, J.Leguina, J.M Naredo y L.Tarrafeta concluyen que «el papel de los salarios, tan providencial para los empresarios agrícolas, tuvo como consecuencia la reducción del consumo de los jornaleros sin tierra a niveles próximos al de subsistencia «. Moreno da para la provincia de Córdoba un salario medio de 8,35 pesetas en 1941 y de 9,72 pesetas en 1944. Las mujeres y los menores de 18 años cobraban un 60% del salario fijado para los hombres por el mismo trabajo de cultivo. Una clara injusticia, más insoportable en aquellos años, cuando muchos hombres estaban en prisión, y el número de viudas era grande, lo que hacía que el sueldo de las mujeres, niños y niñas fuera fundamental. Así lo ve Joaquín: «¿Qué hacían con el pan? ¡Pues extrapelarlo! Los señoritos en dos años ganaron más que en… Todo lo que perdieron en la guerra, y todo lo que… ¡Claro! ¿No ves que el trigo lo vendían al precio que querían? ¡Y los garbanzos! ¡Y las lentejas! ¡Todo! Lo vendían pues a los que venían a comprarlo, pa hacer estraperlo con aquello. Se lo llevaban en bestias. Otras se lo llevaban en camiones, otros ¡cómo podían! Sacarlo de noche ¡cómo fuera! Pero en el pueblo no tenían, ¿cómo si se iba todo a fuera?».
El pan que quedaba en Pedro Martínez lo podían comprar sólo los privilegiados. Las personas que tenían suficiente dinero no osaban entrar en la panadería por la puerta delantera, puesto que era mucha la gente que no podía comprar. Entonces, por miedo, por vergüenza, por no hacer daño, ¡quién sabe !, iban a buscarlo a escondidas por la puerta de atrás. Este es el caso de Luisa en las ocasiones que podía hacerlo.
“Íbamos a casa la Cristina por la puerta de atrás, nos lo vendía el pan porque no saliéramos con el pan por la puerta grande de delante de tanta gente. ¡Qué había gente que no podía! ¡Veinte pesetas no podían!».
Más de un testigo de Pedro Martínez afirma que el pan valía 20 pesetas. Según Naredo, el precio clandestino del pan se situó en los pueblos entre las 15 y las 18 pesetas el kilo, siendo el precio oficial en 1947 de 0,55 pesetas los 100 gramos, en la ración de primera categoría. ¿Se equivocan pues los que dicen que el precio del pan era de 20 pesetas? ¿Era en Pedro Martínez más caro que la media de Andalucía? Los garbanzos fueron también una parte importante del mercado negro, sobre todo después de las malas cosechas de 1945, y llegaron a pagarse a 20 pesetas kilo. En 1941, también de mala cosecha, costaban 16 pesetas. Cuando finalizaba la década y el estraperlo de productos agrarios estaba terminando, se pagaban a 7 pesetas. Por lo tanto, durante la década de los años cuarenta el precio de los garbanzos por término medio osciló alrededor de las 12 pesetas kilo. La importancia de los precios de los cereales y especialmente el precio del trigo se debe a que pasó a desarrollar el papel del dinero. Servía de pago de los agricultores a los comerciantes y artesanos, a la vez que servía de unidad de cuentas en los intercambios de productos que se producían sobre todo entre los agricultores.
- Joaquín Pardo, nacido el 18-10-18, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 11-3-85 ↩
- Ángeles González Peralta, nacida el 24-6-18 entrevista realizada el 24 y el 30-6-84 ↩
- Luisa Delgado Cazorla nacida en 1921, entrevista realizada en Torre-Romeu el 17-7-84) ↩
- Antonia Valle, nacida en 1920, entrevistas realizadas el 14-3-85 y el 29-5-86, en Torre-Romeu (Sabadell) ↩
- Encarnación Roldán Martínez, nacida en 1941. Entrevista realizada al Tibidabo de Torre-Romeu (Sabadell) el 23-6-84 ↩
- Manuela González, nacida el 13-4-12, entrevista realizada el 8-6-84 en Torre-romeu(Sabadell) ↩
- Ascensión Vaca Vaca nacida el 16-1-04, entrevista realizada el 21-6-84 a Torre-romeu (Sabadell) ↩