De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls
Mujeres de Pedro Martínez en las cárceles franquistas
Terminada la guerra civil, las nuevas autoridades franquistas propiciaron las delaciones, acusaciones y denuncias y las mujeres activistas republicanas de Pedro Martínez no se libraron de ello. Las dirigentes de la Agrupación de Mujeres Antifascistas sabían que pagarían caro su activismo porque el pueblo era pequeño y no pasaron desapercibidas. De modo que estaban expuestas a cualquier denuncia. Antonia 1 aunque tuvo la oportunidad de irse del pueblo y evitar las represalias no se marchó. Así pues, no se escapó de ingresar en prisión.
«¡Es la historia tan larga! Pues ya en poco tiempo, como te digo, como te he dicho antes, pues nos meten en la cárcel. Cuando entraron los nacionales, pues yo dije:-¡Malo! porque en el pueblo había unos, no sé si eran los más cabecillas, ¡los más sinvergüenzas! Aquellos me tenían el ojo echao. Y yo, ¡yo sabía que nos metían en la cárcel! ¡Qué nos denunciaban! Pero no nos denunciaron por haber actuao en una organización, por haber sido de izquierdas, sino que nos denunciaron de una manera ¡muy traidora!
Cuando ya fuimos a declarar, pues, nos pusieron en el atestao que habíamos alentado a los asaltantes en registros y saqueos, que molestábamos a las personas de la Iglesia, que participábamos en la discusión de la Iglesia. ¡En fin! ¡pa que quieres que te diga! ¡Todo lo más malo! Y todo eso fue mentir.
Había un civil que se llamaba Molinero ¡Eso era lo más malo que había en Pedro Martínez! Pues claro, nos van a tomar la declaración, pues ¡vaya! Yo a lo primero quise leer lo que había allí, para yo firmarlo. Y me quita de las manos y dice que yo no puedo leer aquello. Que yo firme. Y yo dije, que, si yo no lo leo, pues que no lo firmo ¿Y sabes quién estaba allí delante? ¡Ahora que quiere ser muy socialista él! El de Mariano, del médico i el Rafaelito, el de Tarabita ¿Sabes? ¡El del abogao! ¡Este estaba allí también! ¡Y claro, cómo ese lo tuvimos en el partido comunista! En la casa de Maria Ramona, que era la sede del P.C i de otras organizaciones. ¡Ese daba allí clase a los analfabetos! ¿Sabes? Porque su familia se pasó a Franco, o sea a Granada. ¡Se pasaron con los fascistas! ¡Pues claro! Este durante toda la guerra estuvo allí, porque era primo o sobrino de Don Rafael Casares, y al muchacho no se le molestó, ¡ni mucho menos! Y él era, ya digo, el maestro que daba clase, a las gentes que quería aprender a leer y a escribir, y a otra gente que también querían saber más ¿no?
Y estaba este muchacho allí cuando nos pidió declaración el Molinero. Y cuando le dije que no firmaba aquello, alzó un brazo y dijo que si no firmábamos por las buenas que lo tendríamos que firmar por las malas. Entonces llamó el Molinero al Rafaelito Tarabita, y dijo: – ¿es que usted no conoce a ésta? No dijo ni señora ni señorita. Entonces tendría yo unos diecinueve o dieciocho años. Dice: -yo no la conozco para nada. Y yo digo: – ¿Pues tienes valor de decir que no me conoces para nada? ¿No nos conoces para nada? ¿Entonces durante el tiempo que estuviste dando clases a los analfabetos del partido comunista? ¿Entonces es que no nos conoces? ¿Tú no eres hijo del pueblo? Digo: -yo me pensé que eras más caballero de lo que eres, pa la cultura que tienes. No sé de qué te ha servido la cultura.
¡Pues niña que tuve que firmar! Que lo tuve que firmar porque aquel era un asesino. Y digo: -si no lo firmamos nos van a hartar de palos y al final lo vamos a tener que firmar ¡Pues lo firmamos! ¡lo que les dio la gana!”
La detuvieron el 5 de abril de 1939 y fue juzgada, junto con otras 12 mujeres, en un Consejo de Guerra, el 27 de enero de 1940. Fueron condenadas a cadena perpetua. Las encarcelaron, pero antes tuvieron que sufrir humillaciones adicionales, pues no sólo eran adversarias políticas, sino que, además, eran mujeres. Y las mujeres tenían que pagar de forma especial la osadía de haberse atrevido a desafiar una moral y unas costumbres que reducían su razón de ser a desempeñar tareas ligadas, estrecha y estrictamente a la familia. Por eso fueron castigadas por partida doble, por su elección ideológica y por razón de sexo.
Lo recuerda la María Jesús 2, «las metieron en la cárcel ¡Las pelaron! Cuando se acabó la guerra, las pelaron y las pasearon por el pueblo. Yo no me asomé, pero había gente que se asomaba, pero yo no.
Las metieron en la cárcel: la Virginia, la del barbero también estuvo en la cárcel. La pelaron también ¡Era muy guapetona! Otra que le decían la del Frasquillo, también la metieron en la cárcel. La Antoñica, de la Eustaquia, era una de las más señalá. Todas las que metieron en la cárcel, eran las más señalá”.
El pelo, la forma de peinarlo, tiene una importancia vital en la configuración del físico y la personalidad femenina. Como dice Najat El Hachmi para otro contexto muy diferente, el cabello es un elemento definitorio de la personalidad. El cabello, asimismo, forma parte del ideal tradicional de la belleza femenina. Hay que recordar que en el mundo occidental no es hasta los años 60 del siglo XX cuando las mujeres se cortan el pelo a la «garçon», es decir, como los chicos. Cortar el cabello a una mujer, a chicas jóvenes, adquiría el sentido de arrebatar los atributos femeninos. No sólo significaba quitar la belleza de las castigadas, sino que aún más significativo (dado el contexto histórico y social), se penetraba en la intimidad de las mujeres, tocando su cabeza y rapándoles los cabellos. Mostrarlas públicamente por la calle, en una cultura con voluntad de recluir las mujeres en casa, consumaba la humillación, dado que quedaban asimiladas a las mujeres públicas, a las prostitutas. Aunque a los prisioneros y a los soldados, por una cuestión de higiene, siempre se les ha pelado al cero, pelar las mujeres es percibido por todos los testigos y por todos los relatos históricos de esta época, como una pena destinada exclusivamente a las mujeres. No solo pelarlas, sino sacarlas y mostrarlas por las calles de los pueblos. De este modo no hay duda del carácter vejatorio.
Pena extremadamente machista perpetrada también por mujeres. Destacaron en esto, Conchita Costa, jefe de la prisión de mujeres de Córdoba, así como María Campos y Carmelita Caraquemá, delegadas de Falange, que mandaban sus centurias por las calles y detenían a las mujeres de los barrios, las llevaban a los cuarteles de la Falange, las pelaban el cabello y las purgaban con aceite de ricino.
¿Por qué los historiadores de la guerra civil se limitan a constatar este castigo sin interrogarse sobre la naturaleza sexista del mismo? ¿Por qué lo describen como muy humillante, pero no se preguntan el porqué de esta modalidad de pena? ¿Fue establecida y ordenada de forma regular con leyes escritas por las autoridades franquistas? ¿Se produjo de forma espontánea y fue copiada miméticamente contagiando todos los represores? Tanto si fue resultado de un odio instintivo, como si fue premeditadamente legislado, la costumbre se extendió por toda la península, junto a las purgas con aceite de ricino. Y no fueron peladas, como se afirma a menudo, solamente por ser mujeres de ‘los rojos’, sino, como resultado de una actitud y una actividad propia. Por ello la finalidad del castigo era contundente, pena para las valientes, alerta y prevención para aquellas y aquellos que las miraban. La Ma. Jesús y Antonia recuerdan nueve mujeres del pueblo encarceladas al finalizar la contienda: la misma Antonia, de la Eustaquia, Josefa, del Frasquillo de Guadix, María, del Platanico, Enriqueta, del Tribucio, Trini del barbero, Virginia, la tía del pozo, la Dolores, la Pradica y la Toredera. Cuatro de ellas murieron en prisión sin haber recobrado la libertad. Este fue el alto precio que pagaron las mujeres de Pedro Martínez por luchar por una sociedad que soñaban más justa y solidaria.
Las leyes penales republicanas fueron anuladas por el decreto del 22 de noviembre de 1936 que restableció el reglamento de prisiones anterior a la II República (reglamento de 14-XI-1930). El 7 de octubre de 1938 se creó el Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo, que con fecha del 27 de abril de 1939 fue puesto bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced como patrona de los cautivos. La redención de pena por trabajo suponía un día de libertad por cada dos de trabajo.

Foto Victoria Kent directora general de prisiones de mayo de 1931 hasta 1934, continuó la tarea emprendida el S.XIX por la precursora Concepción Arenal
Antonia cumplió cuatro años de prisión porque redujo la condena de doce años y un día a través del trabajo. Cuatro años que transcurrieron, primero en Granada, después en Málaga, intentando organizarse para conllevar la situación. Con las compañeras de prisión, gracias a su juventud y a unos ideales, que ni las calamidades ni los sufrimientos marchitaron, pasaron aquellos años sin libertad de la mejor manera que pudieran.
Como señala Ricard Vinyes las personas encarceladas no fueron simples agentes de sufrimiento, observado en relación al poder interno de la prisión, sino que aparecen como personas con voluntad y capacidad de comprender lo que sucede en su entorno y responder con los medios y actitudes que consideraron oportunos. Tenían dos finalidades inseparables en el contexto carcelario: salvar la vida y afirmar su identidad política. Para algunas personas estar encerradas fue el camino hacia la anulación, pero para muchas otras la prisión fue un aprendizaje muy duro con el que consolidaron sus convicciones y, a través de ellas, su identidad. La historia penitenciaria de Antonia es un ejemplo del segundo caso.

Prissión de les Ventas
«Y allí estuvimos pues ¡cuatro años!, casi. A mí me faltó poco. Yo ya redimía penas por el trabajo. En aquella cárcel estábamos organizadas igual ¡Allí estaba en la cárcel, la flor y nata de la juventud comunista! ¡Pero es que allí, pues mira! ¡Es que éramos!
Los centinelas, había cuatro garitas que daban al patio de la cárcel, y siempre estaban asomaos – ¡Centinela alerta! ¡Alerta! Así dando señal de vida.
Había una chica de Granada, se llamaba Lidia Monleón, era de Albaicín ¡Eso era canela en rama! Y salíamos al patio, entonces jugábamos a la rueda. Jugábamos a la rueda y decíamos:
¡El corro chirimbolo que bonito es,
! Con un pie, otro pie, con un codo, ¡otro codo!
Antonia canta la canción y termina alzando el puño tal como lo hacían en la cárcel. Con picardía, recuerda anécdotas y demuestra que la falta de libertad no hizo perder el humor y la alegría a aquellas chicas luchadoras.
«Y dijo un militar, ¡me señaló con la bayoneta!, que a los de éstos [alzando el puño], que nos iban a cortar a toos el cuello. Y salta ella, la Lidia Monleón, y dice: – ¡Pero chiquillo! ¿Qué te crees tú? ¡En la calle mandaréis los fascistas, pero en la cárcel, mandamos los rojos! Y liábamos otra vez los corros del coro Chirimbolo ¡Vaya!
¡Claro si éramos jóvenes! No pensábamos en las consecuencias que podían traer eso ¡Pues niña! Dieron un parte al director, y, serían las once de la noche, las diez o por ahí de la noche, cuando echaron a todas al patio a formar ¡Mira aquella noche, con todas al patio a ver quién había sido, quienes le habían dicho eso a los militares y quien les había dicho a los militares que en la cárcel mandaban los rojos, y quienes éramos de Negrín, y todo aquello!
¡Y allí, nadie, nadie dijo, ni fulana ni la zutana!
Nosotras es que nos poníamos, habíamos un grupo, pues ya ves ¡un grupo de mujeres revolucionarias! ¡Pero todas comunistas! Nos ponían a la parte de abajo, y claro nosotras pues, cuando cantaban el Cara el Sol, nosotras lo cantábamos a viceversa, y con la mano así (saludando como los comunistas), ¡claro no así! (salutación fascista). Cuando cantábamos el Cara el Sol, nosotras lo cantábamos a la contra».
Antonia con el puño cerrado y alzado nos canta el Cara el Sol con letra inventada:
«Cara al sol con la camisa rota
estamos presos y sin comer
hallaras la muerte si me llega
pero roja he de ser.
Lucharé ante mis compañeras
que están luchando en el extranjero.
¡Arriba rojos a vencer
que vuelve
a España otra vez!
¡Y yo que sé, la pila de cosas, de coplas que nos sacábamos! Y luego las coplas que teníamos de cantar en el recuento, antes de ¿cómo te diría yo?, antes de romper filas. Pues primeramente teníamos que cantar: -Nace el día que no muere. Y nosotras cuando llegábamos, la cantábamos, decíamos:
Nace el día que no muere,
brilla de nuevo nuestro sol,
resucita Dios lo quiere
el pueblo español.
En la patria que me… (…)
siempre tus hijos a llorar
todos los pesares que sufrir me hicieron
hasta su Redención.
¡españoles por la Patria vamos a luchar!
¡españoles firmes con las armas a triunfar!
Siempre por Azaña lucharemos hasta el morir,
grande ha de ser la dicha
cuando regrese Negrín.
Alza la bandera, la del Frente Popular.
¡Qué viva el comunismo que en todo él
mundo ha de triunfar!
Y hija mía, allí las que habíamos! no teníamos miedo! Una noche, cuando el aniversario de la Revolución de Octubre, me pongo en la baranda a echar ¡cómo un mitin! Y vienen toas ¡a media noche! ¡No se sentía una mosca! Y las que había acostá allí abajo en los soportes, subimos arriba. Estábamos arriba en el corredor y dormíamos en el, ¡coño en el recinto! Un tejadillo bien pequeño, porque aquello era un espacio muy pequeño. Y cómo era la revolución de octubre, digo: -aquí nos vamos a echar nosotras un mitin.
Habló una que era de Jaén, aquel si era buena también. Se llamaba Prudencia Chico Barrio y no le decíamos ¡na más que la Pasionaria! Y aquella dio su discurso. Y yo, pues eché otro también allí. Y estaba un guardia, de los que había para la comunicación. En la comunicación, dentro había un guardia para ver si algún preso se salía con la comunicación o algo. Y aquel, pues se metió allí y les dijo a las monjas que qué pasaba que las mujeres estaban sublevá.
Entonces ya aquello del mitin, yo seguí. Entonces digo: – ¡no! ¡Si nosotras no damos mítines! ¡Si lo que estamos cantando! Por encima de nosotras había una ventana que daba al patio locutorio, donde estaban los presos. Y digo, -no nosotras, yo les he estao cantando unas coplas aquí a los presos.
Dice: – ¿qué coplas has estao cantando?
Digo: – ¡Pues coplas! Pues he cantao un fandangillo.
¡Y le canté un fandangillo y todo!”
Estaban hombres y mujeres presos en la misma prision, pero en compartimentos diferentes, y a pesar de ello conseguían establecer comunicación.
«Nos mandaban las cartas los hombres del departamento. Las tiraban. Las ligaban en una piedra y las tiraban a fuera al patio porque como nos separaba ¡solamente la verja y las paredes! Estábamos dentro de la misma cárcel los hombres y las mujeres, pero en distintos departamentos ¡Qué nos escribíamos con ellos!
Había una monja, la hermanita Angustias, aquella era una santa, y para mí era una ¡bellísima persona! Venía allí y… ¡Porque yo me escribía con uno, también del partido comunista, aquel era médico, se llamaba Don Gaspar! Se ve que, por oídas, por los paisanos que había allí de Pedro Martínez: los Cañeras, Manolico Cañeras, en fin, Manolito, el de barriga, muchos paisanos que había allí, ¡claro le hablaban de las mujeres que allí estábamos del partido y le hablaban de mí! Y uno me escribió una nota felicitándome por la Navidad. Ponía que, aunque no me conocía, pero que me conocía a través de Manolico, y decía que si no me sabía mal de que nos escribiésemos para que nos entretuviéramos y que se nos hiciera la prisión más llevadera. Y, en fin, que nos alentáramos, pues los unos a los otros dentro del sistema que vivíamos.
Y yo dije que sí, que yo no tenía ningún inconveniente, que, siendo camaradas, y aunque no hubiera sido del mismo partido, porque un hombre que estuviera sufriendo por lo mismo que yo, por la causa, que sí. Y este Rafaelito, del médico, que ahora es magistrao en el Supremo de Madrid [el hijo de Rafael Casares], pues, este también pidió comunicación para varios presos también de la Modelo. Y él y yo nos comunicábamos como si fuéramos primos hermanos. Se apellidaba Antonio Casares Valle. Su apellido era igual. Bueno no sé cómo decirte, que nos apellidábamos un apellido de él con el mío y el mío con el de él. Y nos comunicábamos por la comunicación como si hubiéramos sido familia. Porque si no hubiera sido familia no nos dejaban.»
Antonia, a diferencia de la mayor parte de las chicas de Pedro Martínez de su edad, no era analfabeta y aprovechó los años de prisión para formarse; especialmente dedicó tiempo a escribir poemas y canciones. Con la poesía expresó la amistad y el amor que un temperamento vivo y los años jóvenes permitieron preservar a pesar de su cautiverio.
“Me tiraba la inclinación el saber, y leer y escribir. Yo en la cárcel también aprendí. Yo tenía, hacía mis escritos. Que quiero decir que casi me enseñao yo sola. Porque a la escuela iba un día sí otro no. Algo aprendería también, pero yo mayormente donde he aprendido fue fuera de la escuela. Sí, en la cárcel fue donde yo mayormente aprendí.
¿Quieres que te diga un recital de amor que yo compuse? También es bonita. Dice:
Donde una lumbre se enciende
ceniza queda
en nuestro corazón noble
amor queda.
La fatalidad lo manda
las circunstancias ordenan
pero dejar de quererte
¡No! No hay quien pueda.
Hoy oculto nuestro amor
hace la vida que
sea oculto: ¡Sí!
más no muerto.
Morir no puede un amor
cuando es noble y es sincero,
lo han forjado los martirios
y las penas y el sufrimiento.
¡Qué grandes son los obstáculos
que hoy encuentro en mi camino!
más todo lo llevo con gusto
confío tanto en tu cariño.
Cuando triste y solo estés
acaríciame en tus brazos
pues bien sabes
que mi espíritu no se aparta
de tu lado.
Y sí alguna vez en tus labios
sientes un contacto frío
son besos llenos de penas
que depositan los míos.
¡Ni por nada ni por nadie
dejaré de amarte!
Un momento me bastó para quererte
y una felicidad eterna
no sería lo suficiente para olvidarte.
¡Romper nuestro cariño! ¡No!
no hay quien lo pueda.
Donde una lumbre se enciende
ceniza queda.
Me quería. Sí, sí que era cierto. Por eso digo que tiene de ser una cosa, era también del partido comunista ¡Madre mía! Sí ¡Me escribía unos versos! Antes de conocerme por mediación de los paisanos, me escribía unos versos. Me escribió dos versos que decían, no recuerdo, que me veía blanca como el marfil ¡Yo qué sé! Y mi frente parecida al trono de la inteligencia. Y cuando se enteró que yo era del P.C como él… ¡Desde luego qué tíos más buenos había allí en la cárcel! ¡Qué buenos ideales! ¡Qué buenos sentimientos y buenas personas! Veras tú, aún no me conocía y dice:
Desde el pie de este recinto
contemplando estoy la voz
pronunciada por tus labios
al cantar una canción.
Las notas que tu garganta
lanzaban al aire esparcidas
llenaban mi corazón
de ternura y alegría
dejando como en el olvido
cosas que me entristecían.
Yo alzaba por completo la mirada
al sitio donde salían
las letras de tu cantar
a pesar de la expresión
sonora y clara que dabas
se marchaban de mi mente
las palabras pronunciadas
¡Por labios que no conozco!
y me figuro de grana.
Ha de ser el llamativo
y color de su cara.
De tanta como cantaste
sólo pude comprender
esta frase que tan llena
¡de dulce la embalsamaste!:
«por un beso de tus labios
no sé qué daría yo».
¡Qué felicidad infundía
estas palabras de amor,
sí al que iban dirigidas
hubiera estado como yo,
con la vista fija al cielo
y el oído en tu canción.
Cual tus palabras fueran
estrellas, luna y el sol.
¡Cuánto daría por verte y
tenerte un rato a mi lado!
Y como si fueras flor
cogerte yo entre mis manos,
aspirar de aquel perfume
embriagador y tan sano
que brotara del jardín
entre claveles y nardos.
¡Cuando más emocionado
de alegría me encontraba
vino a mis oídos una voz,
la de la triste campana
espantando las palomas
que a mi lado se encontraban!
Esa poesía se refería a una vez que dicen: -que han llamao a la rubia de Pedro Martínez – a mí me decían la rubia de Pedro Martínez- Cuando siento una voz (y era éste), que dice: -A petición de tus paisanos y demás compañeros, ¡cántanos un fandanguillo! Y claro, yo les canté ese fandanguillo, como una canción que dice:
Yo te quiero con locura
y te adoro con pasión
por un beso de tus labios
No sé qué daría yo.
Por eso dice: ¡Que felicidad infundían esas palabras de amor!
Pues luego les canté un fandanguillo ¡hay que bien rima!
No te fíes de mujeres
que, aunque las veas llorar
hacen muy bien los papeles…
Y en fin ¡yo que sé! Pero a todo esto, se ponían así agachá, las compañeras de prisión, y yo me subía en lo alto de ellas, para yo llegar un poco en las ventanas, porque la ventana estaba baja, para que de allí lo sintieran ¡Desde luego! ¡Sí es que la juventud! ¡Es que somos! ¡Bueno, éramos! De verdad. Y cuando hay un ardor, bueno revolucionario, contra eso no hay na… Y cuando nos poníamos, nos subíamos a las ventanas y si había algún centinela decíamos: – ¡que fascista y que malo!
Me ponía enfrente de la ventana del centinela ¡pero cantándole!, le decía:
Si os queréis casar con las chicas de aquí
Os tenéis que afiliar a los que hacen así «.
Antonia ríe, canta el chotis y alza el puño al terminar la canción. Reconoce que solo la juventud y la fe revolucionaria hacían posible conservar la alegría en momentos como aquellos. Pero no es necesario explicitar que no era la alegría y la fiesta la nota dominante de la prisión. Hemos visto que del grupo de mujeres de Pedro Martínez encarceladas cuatro murieron antes de disfrutar de la libertad.
Un régimen de falta de libertad caracterizado por una arbitraria disciplina, trabajo duro, deficiente alimentación, relaciones siempre jerárquicas, condiciones embrutecedoras, requería de una vigilancia permanente y severa por parte de las presas para no sucumbir física, psicológica y sensorialmente, en la enajenación mental que la permanencia en la cárcel podía llevar a cabo, afirma G.Di Febo. Y así, afrontaban la condena con dignidad y valor a través de desarrollar actividades recreativas y culturales, también organizando propaganda y lucha política.
Antonia, una chica fuerte y dura, sin dejar de comportarse alegre y tiernamente en momentos adecuados, estaba habituada al orden propio de la militancia de una organización con disciplina rígida. Y como también estaba acostumbrada a dirigir, asumió de forma espontánea y franca la tarea de mantener entre sus compañeras esta necesaria fortaleza. Así, con un talante natural y al mismo tiempo con autoridad, gobernó las faenas para ordenar y limpiar las habitaciones y poner paz entre las reclusas cuando surgía algún conflicto entre ellas. Hasta el punto de que, al pasar los días, fueron las autoridades de la cárcel las que le otorgaron la responsabilidad sobre su brigada.
«Yo estaba en la Brigada nº.6, y la verdad a mí me ha gustao el orden, porque yo he pensao que estaba recluida y que yo que estaba allí por algo más, tenía que cumplir. Siempre me ha gustao el orden, aunque he sido revolucionaria, pero yo he estao sometida a unas leyes en una prisión y hay que acatarlas ¿no comprendes?
Echaron en libertad a la encargada de la Brigada no.6 y ¡ves por donde!, Sor Matilde, les dice, que yo le gusto y ¿qué tal me portaba yo en la brigada? Pues la encargada le dijo que yo me comportaba muy bien, que yo a la hora de echar mi petate ¡ya ves tú! un trocito así que teníamos de meter el colchón. Y había unas peleas, porque, ¡yo no puedo meter aquí, la otra no puedo meter allí! Y yo siempre procuraba decir: – ¡Bueno pues ya lo apañaremos! Pero no nos jaleemos que luego vienen las monjas y nos ponen como un guiñapo. Nos dicen rojas y malas ¡Vamos a que se queden con las ganas de que nos digan esas cosas! Y vamos, que somos todas mayores ya, y somos todas personas para saber lo que… ¡En fin! Yo no quería jaleos ¿A ver si me comprendes? Total, que le dieron buenos informes y que me pusieron de delegada de la brigada de mujeres, allí en la oficina. Yo tengo fotografías, de todas las muchachas de la oficina, eran dos oficinas.
Cuando me llaman y me dicen que me llama el director. Y me dijo que me redimía, que me pasaban dos días por uno. Allí me presentó el director a las compañeras de presido y la monja, que yo era una autoridad allí en la prisión y que a mí me habían de respetar como a una hermana”.
En los recuerdos de Antonia reconocemos lo que Solé i Sabaté, señalaba sobre la vida militarizada en las cárceles franquistas. Reclusión y represión que, sin embargo, tenían grietas ya que el mismo lugar que los presos ocupaban podía aliviar su situación. La razón es muy simple: ‘los cargos que ocupan y la solidaridad general entre los vencidos permiten transgredir muchas normas que la masificación general y la falta de funcionarios hacen imposible cumplir. Los presos presentan una resistencia interna general a casi todo: detrás de esto hay una organización suya que gana en eficacia por el hecho de ser los intermediarios entre las órdenes directivas y los que las tienen que ejecutar’. Esto vale para las mujeres de Pedro Martínez en las cárceles. Pero no hemos de olvidar a las que no salieron.