7. Final de la Guerra: la represión (Primera parte)

De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls

Final de la Guerra: la represión (Primera parte)

Hombres de Pedro Martínez en prisión, campos de concentración y batallones de castigo

“Como autor de la Era Histórica donde España adquiere las posibilidades de realizar su Destino, y con él los anhelos del Movimiento, el Jefe asume en su entera plenitud la más absoluta autoridad. El Jefe responde ante Dios y ante la Historia…»

El 21 de enero de 1939 cayó Barcelona. El 27 de marzo las tropas de Franco ocupaban Madrid. El 29 caían Jaén, Ciudad Real, Cuenca y Albacete. El día 30 los italianos entraban en Alicante y sucumbía Valencia. El 31 de marzo de 1939 los franquistas entraban en Murcia, Cartagena y Almería. La guerra había terminado.
Era la hora de relegar de la vida cívica a quienes se habían opuesto a los militares rebeldes y a los que podrían oponerse.

La historia de Pedro Martínez, a pesar de ser un pueblo pequeño de Andalucía, coincide o confirma la afirmación de José Ma. Solé y Sabaté cuando al hablar de la represión franquista en Cataluña dijo que esta marginación tuvo un carácter doble: a) el vinculado directamente con los hechos bélicos, esto es, las unidades militares o las tropas republicanas hechas prisioneras, y b) el que se origina de la personalidad política del vencido.

En el primer caso los centros donde se recluyó a los prisioneros fueron espacios temporales. Campos de concentración donde se encerraron, por un período diverso de tiempo, unidades republicanas hasta que los presos fueron sometidos a un proceso de clasificación. Entre ellos, los hombres de Pedro Martínez que habían ido a la guerra. Unos esperaban los avales que les permitieran volver al pueblo, otros, fueron juzgados y condenados a prisión o confinados en batallones de castigo. Más tarde, tuvieron que incorporarse al ejército de Franco para realizar el Servicio Militar.

En el segundo caso la aplicación de las leyes dictadas llevó a la reclusión permanente en cárceles y penales esparcidos por todo el Estado. Entre enero y febrero de 1939 empezaron las detenciones. Estas continuaron cuando la represión ideológica y política del nuevo Régimen se estabilizó con la aplicación de las leyes promulgadas para asegurar la permanencia del nuevo poder.

En Pedro Martínez las personas que a lo largo de la guerra habían permanecido en el pueblo con cargos políticos o simplemente participando en las actividades sociales de aquellos años, fueron, casi siempre, y después de una denuncia, apartadas y recluidas.

Represión y violencia, violencia y represión. Muertes en el frente, fusilamientos, cárceles, confinamientos, campos de concentración, batallones de trabajadores, trabajo forzado, desaparecidos, poca y mala alimentación, desnutrición, falta absoluta de higiene y sanidad, enfermedades, humillaciones, malos tratos … muertos.
Muertos que se han de sumar a las que se produjeron al estallar la guerra, en ocasiones fruto de los excesos revolucionarios. Pierre Vilar nos avisa de la posible inutilidad de una batalla de cifras y advierte que es bueno medir y definir a la vez. No obstante, hay que conocer previamente los ‘hechos’ para poder medir y definir. La cifra de muertos, durante la guerra y la posguerra, aunque se ha avanzado en este camino, sigue siendo fuente de polémica.
En Pedro Martínez, con una población en 1930 de 3.168 habitantes, la guerra, según los testimonios orales, ocasionó la muerte de unas cuarenta personas. Es una información obtenida de la memoria de la gente que no ha sido comprobada, y que fue surgiendo espontáneamente en medio de las conversaciones. Lo que me hace pensar que más bien puede contener errores por defecto.

En el frente, según Ma. Jesús 1, murieron once hombres del pueblo. El Antoñico, el del Hornero, el niño de la Faustina, el de la Gíngola, el hijo del Torcuato (nacido en Guadix), Claudio, el de Monito, en Colomeras, en el frente de Granada; un hermano del Diente, un hijastro de la melliza, un hijo de María, la Gorafeña, Paco, hijo de la Dolores, del cría; y un hijo de Pepe, el Músico. Y Wenceslao, el hijo de Manuela, que lo mataron, según los testimonios orales, gente del mismo Pedro Martínez cuando intentó desertar.

Terminada la guerra tres hombres fueron fusilados, el Barbero, padre de la Trini, Juanico, el de los Morenos y Maximiliano Céspedes. Diego Toragno desapareció en el cerro. Al Chine lo cogieron en Guadix, pero no conocemos dónde ni cómo murió. Tampoco sabemos cómo desaparecieron Angelito, de los gusanos y el follador, marido de la Dolores, de la Predica. En la cárcel murieron 9 hombres, en Granada, Vílchez el último alcalde del pueblo, y José un familiar suyo. En otras cárceles murieron, el Tío del pozo y su mujer, la Virginia; María, la mujer del Tribució, y el mismo Tribucio. Por último, también fallecieron, Manuel Alfaro, familiar de Ma. Jesús, en la cárcel de Valencia y su hermano Juan, encarcelado en Guadix.
Tenemos noticia de que en el batallón de castigo de Tetuán dejaron la vida hombres de Pedro Martínez, pero no conocemos los nombres.

A través del recorrido de los hombres y las mujeres que vamos rastreando en esta investigación apreciaremos mejor esta violencia y represión. En este capítulo seguiremos a los hombres de Pedro Martínez desde el final de la guerra, en los campos de concentración y los batallones de castigo. En el capítulo siguiente desvelaremos el paso de las mujeres de Pedro Martínez que permanecieron fieles a la República, desde el pueblo hasta las cárceles franquistas.

Prisión, campos de concentración y batallones de castigo

Los supervivientes del sangriento conflicto, hombres y jóvenes que lucharon en el bando republicano, no habían visto con el final de la guerra ni la mitad de su calvario. Les quedaba por conocer los campos de concentración, y el trabajo en los batallones de castigo. Y al terminar las condenas, como si de una broma macabra se tratara, algunos tuvieron que malgastar unos cuantos años más de sus vidas en el servicio militar, como soldados de Franco.

Para Sebastián 2 la guerra supuso un largo viaje: de Alemedilla, lugar de partida, hacia Valencia; y de Valencia a Puerto Candón, cerca de Teruel. La batalla del Ebro, de allí a Barcelona hasta la caída de la capital catalana. Y de Barcelona a Bilbao, prisionero en el campo de concentración de Deusto.

«En la retirada de Barcelona me cogieron prisionero. Y entonces fue cuando me enteré yo lo que eran los fascistas, bien enterao, porque tanto mujeres, como niños, como ancianos, como todo lo que iban pillando por delante… Era una mano negra, porque esto no es pa contarlo es pa pasarlo.
Me cogieron prisionero de la forma esa, íbamos en un ataque,
nos dieron un corte y me pillaron a mí y a otro en una vaguada. Y le digo: -Ramón, que es el compañero que llevaba, ¡Ya los tenemos aquí! Digo: -vamos a arreglar las bombas ¡y sálvese quien pueda! que no nos acechen más. Y, no lo he visto más.
Y me llevaron a Bilbao. Me llevaron a la prisión de Bilbao. Y todas las noches, sobre las nueve, las diez, las diez y media, lo más tardar a las once, venían con una lista en un papel, sacando para fusilarlos a los que les parecía a ellos».

Los primeros batallones de castigo, que se crearon en el curso de la guerra, fueron normalmente el resultado de la transformación de prisioneros de guerra en trabajadores para construir fortificaciones, o para realizar faenas auxiliares para las infraestructuras de las actividades bélicas. Terminada la contienda los batallones procedían de reclusos que les faltaba poca pena por cumplir. Para casos considerados peligrosos se crearon unidades especiales, sobre todo con gente en edad militar o que no había cumplido el servicio en la España ‘nacional’. Se llamaban Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores y los hubo en dos zonas: Andalucía, con mandos en Algeciras; y en África, donde se coordinaban desde Ceuta y Melilla.
De batallones de soldados penados (uniforme gris, gorra redonda y una P sobre el corazón y en la gorra) hubo en todas partes, principalmente trabajadores en canteras para hacer balasto destinado a las líneas del ferrocarril. Muchos eran resultado de la clasificación de soldados efectuada en cada población por la Comisión Clasificadora de Quintos, formada por el alcalde, jefe local de FET y de las JONS, y el Comandante de Puesto de la Guardia Civil. También el Servicio Militar de Construcciones utilizaba esta mano de obra para construir instalaciones militares, edificios de orden público o viviendas militares.
Finalmente, los Batallones Disciplinarios de Trabajadores formados por prisioneros de guerra y reclusos con poca pena para cumplir. Una mezcla de los casos citados anteriormente, y que se dedicaron a tareas más diversas: construcción, reconstrucción o allanamiento de los caminos, trabajos en iglesias, vaciados de tierra para canales, reparación de puentes, recuperación de material diverso, reparación de maquinaria, etc.

 

La óptica de su funcionamiento era estatal lo que explica la gran cantidad de hombres de estos batallones que son ajenos absolutamente al lugar donde se encuentran. Este distanciamiento del lugar de origen de cada uno formaba parte del propio castigo ya que, no sólo aumentaba la sensación de extrañamiento, sino que dificultaba la posibilidad de recibir visitas o paquetes de los familiares y amigos, o incluso la posibilidad de compartir las penas de reclutamiento con compañeros del mismo pueblo o pueblos vecinos.

Sebastián recuerda «…desde allí, pues ya me sacaron en un batallón, me sacaron a Miranda de Ebro, y de allí a Casetas. Y en Casetas nos tenían allí a pico y a pala. Y cargando trenes pal frente. Así me tuvieron allí un pilón de meses hasta que se cansaron de tenerme allí.
Y me mandaban de casa avales del cura, del sacristán ¡de todos! ¡del alcalde y to! Por no haberme metido con nadie. Pero ninguno valía. Tanto es así que hablé una pila de veces con el capitán que llevábamos, que era del tercio, no me sirvió de na. Cojo, tenia una pata de palo y ¡se la tuvo que poner de goma bien puesta con lo que nos quitaba! Nos echaba, como las ovejas a robar a toda la vega de Lérida. Pa traer patatas, pimientos, tomates, sandias, de todo suministro. Mientras él se metía todo el dinero que le daban ¡Pa quedárselo! Y si no traías te metían otra vez ¡Y que no nos pillaran los pageses, porque si nos pillaban y nos presentaban allí: nos fusilaban!
Y eso me ha pasao a mí ¿eh? Y no su cuento historias, es la verdad ¿eh? Y luego cuando ya se cansaron me licenciaron. Y llegué al pueblo. Y estuve allí un poquito de tiempo y enseguida me cogieron otra vez y me llevaron a Graná. Ya como buen soldado y me pusieron ya a jurar bandera. Y al jurar bandera allí ya fueron tres años que me tiré en San Roque, cuartel de Diego Salinas, que es el segundo de España ¡U era! Si hoy no es ¡antes era! ¿Sabe? Y ya cuando me licenciaron ya de una vez fue cuando ya vine y me casé».

 

Juan Ramón 3 celebró su decimonoveno cumpleaños yendo voluntario a la guerra. En mayo del 38 antes de que terminara la guerra, se casó con Ángeles González Peralta, once meses más joven que él. Tres meses después de terminar la contienda se lo llevaron a la prisión. Mientras estaba encarcelado, Ángeles 4 lo visitaba y le llevaba el pan, conseguido con verdaderos esfuerzos, que había ido guardando celosamente.

«Ganaba un duro y un kilo de pan valía de catorce a veinte pesetas. Eso el día que ganabas algo. Salía al campo a comer hierba y el pan que tenía lo guardaba para él, que estaba en la cárcel. Comíamos guijas [hierba cultivada para alimentar ganado, parecida a los guisantes]».

Juan Ramón salió de la cárcel en 1943 antes de que naciera el segundo hijo; la primera había sido una niña. El año siguiente un consejo de guerra le condenaba a destierro. Lo sacaron de Andalucía y Ángeles se quedó sola en Pedro Martínez y sin posibilidad de visitar a su compañero. En 1945 llamaron a su quinta para hacer el servicio militar. A los reclutas de ese año los licenciaron antes; la causa no es ajena a la victoria aliada y sobre todo a la penuria y la miseria de la economía española. Coincide, además, con el hecho de que España, por primera vez después de la guerra, obtuvo pedidos y abastecimientos del exterior. También es un momento de suavización del vocabulario totalitario.
Pero este hombre tuvo que ir al pueblo donde lo habían desterrado y no le levantaron el castigo hasta finales de 1947. De modo que cuando volvió a Pedro Martínez para intentar retomar su vida con Ángeles y su hijo, Manolo ya había cumplido los cuatro años. La niña había muerto de hambre.

«…estalló la guerra, me fui voluntario a la guerra ¿eh? Luego se acabó la guerra. A los tres meses me metieron a la cárcel, hasta el año 43, del día tres de marzo del año 43 que salí en libertad. Luego en el 44, salió el juicio y me desterraron. En el 45 me llevaron en un batallón de penaos a Murcia.

 

 

En la provincia de Murcia a un pueblo que le dicen el Almendrico, y tenía de presentarme en Lorca ¿eh? Y luego de ahí al año me recogieron pa ir a la mili en el batallón de penaos y estuve ocho meses. A los ocho meses me licenciaron y luego me tuve que ir a recuperar otra vez a donde tenía el destierro y a los cinco meses de estar allí me levantaron el destierro y me fui al pueblo. Esto fue en el año…, porque la quinta del 45 me arrecogieron a mí pa hacer la mili y estuve ocho meses y en el 47 me levantaron el destierro y me fui otra vez al pueblo…»

La quinta de Joaquín 5 fue llamada un año después del inicio de la guerra. La enviaron a Almería, y en el cuartel de Viator pasó la primera parte de su vida de soldado. Después marcharon hacia la Mancha, en Moral de Calatrava, de allí a Hinojosa del Duque, donde combatió por primera vez, y donde perdió a los primeros compañeros, “allí quedaron ya varios paisanos». Corrió por toda Extremadura y después se dirigieron a Teruel. «Allí estuve con el Campesino, también y Lister, estuvimos, pues ¿no sé cuánto estaría? Pero casi medio año y de allí nos terminó la guerra».

La guerra había cesado, pero Joaquín todavía no podía volver a Pedro Martínez. Atrapado en Valencia donde los trenes ya estaban colapsados, lo encerraron en la plaza de toros habilitada como campo de concentración. De allí lo sacaron para acabar probablemente en el campo de Santa Eulalia del Campo de Teruel. Al cabo de unos meses retornó finalmente a Pedro Martínez, pero por poco tiempo, porque, como otros jóvenes de aquella generación, tenía que hacer todavía el servicio militar en las filas de Franco en un batallón de trabajadores.

«Me vine, no me dejaron venir. Estuve a coger el tren. Cogíamos el tren, llegamos a Valencia, pero de Valencia los trenes no salían ya. Ya estaban, ya no comunicaban. Y lo que hicieron fue recogernos, meternos en la plaza de toros, a estar allí toda una semana sin comer ni nada. Nos sacaron de allí y nos llevaron a otra vez pa tras, pa el frente. Y nos metieron en un campo de concentración que daba a la línea de fuego que habíamos tenido antes. Porque estaban, seguían allí los cañones y las ametralladoras, todo allí tirados en los campos aquellos. Ya después los arrecogieron. Yo allí estuve, no sé cuánto tiempo, estuve tres o cuatro meses. Me mandaron a mi casa. Y al poco de estar en mi casa me llamaron otra vez. Y me cogió Franco otra vez. Entonces me mandaron al servicio a hacer la mili. En medio de los dos pueblos teníamos el campamento, entre Jerez y Alcalá de los Agullanos. Allí estuve casi dos años. Casi dos años y pico. Montando los cañones que hay, grandes, que están en el mismo estrecho de Gibraltar. Unos cañones del 38. Que puede entrar por la boca de carga, puede entrar uno de pie, entra un hombre de pie ¡fenómeno! Y allí en el 42, ya a último del 42, cuando la guerra mundial de Alemania, una tarde cuando el desembarco que estuvo allí en el estrecho. Aquella tarde nos encerraron a todos porque no viéramos lo que estuvo allí en el estrecho. Y a poco, cuando empezaron ya las fuerzas, que empezaron ya los rusos y americanos e ingleses y… esta gente y, que vio, que Franco vio la cosa perdía, de Alemania, disolvió los batallones en casi en un mes o mes y medio. Disolvió todos los batallones que habíamos de trabajadores. Y entonces me mandaron a Artillería 6. Llegué a un sitio que le llaman el Peñón, encima de la Línea de la Concepción, que está pegando a la Sierra Carbonera, pero allí con un capitán que era peor que Franco. ¡Ya lo creo! ¡Uf que tío más malo! ¡Claro cómo yo tenía, yo venía de los rojos! Que venía de haber estao ya dos años en un batallón de trabajadores, pues la ropa que traía. Me dijo que aquella ropa no la podía tener. Digo: -mientras no me den otra mi Capitán, pues yo tengo ésta.
Cuando vino la ropa yo no sabía qué hacer con la otra. Si mandarla a mi casa ¡Venderla no podía! ¡Y tirarla! ¿Cómo iba a tirarla? ¡Era ropa buena! Era ropa italiana ¿sabes? ¡Pero buena! Pues venía mi primo a verme, el Pime, de sobrenombre, y venía con permiso. Estaba allí en otro pueblo que le dicen el Guadiano. Y digo: – ¿sabes qué? Te vas a llevar esta ropa ¡Qué le iba a mi hermano! Que como no era militar sólo tenía una P, así de prisionero, en el bolsillo y en el gorro tenía la T, trabajador. Total, todo eso que era ropa distinta ¡pero era ropa buena! ¡Era ropa! Y yo pues la envié a mi casa. En aquellos tiempos no creas que estaba la ropa como ahora que la venden los gitanos y la vende todo el mundo ¡No! Entonces no tenía ropa todo el mundo no. Y cuando el tío se enteró ¡claro! Mi hermano me mandó decir que había recibido la ropa que le mandé y el tío me cogía todas las cartas de mi casa. Cuando leía la carta me llamaba ¡Uf! Me cogió por delante y el hombre ¡yo estaba allí amargao! Hubiera querido estar en el batallón de trabajadores ¡Mejor allí! ¡Mejor que allí claro! ¡Trabajo sí, pero por los menos no se metían conmigo!
Había allí muchos que tenían colitis, sí porqué había mucho paludismo ¡y claro! Un muchacho estaba al lado mío. En una chabola habíamos diez, con los pies cruzados, así. Los pies descalzos y pum, pum, y pum, pum, pegado a mí. Le cogí arrastrando y lo saqué a la puerta y digo: – ¡hombre que aquí no podemos estar hombre! El avisó al cabo y el cabo vino y me echó un guantá, que me quedé mirándolo… Y dijo: – ¡Pardo no me mire así!
Digo: -si estuviéramos en otro sitio, le pegaba un (…).
¡Catalán era! ¡Bueno! Así y de allí entonces el tío, me metió a Cádiz al Puerto de Santa María, sin saber ni cómo, ni qué, ni cuando, me dijo que iba pa Canarias. Me tuvieron allí en el Puerto de Santa María. Allí estuve con otra gente hasta que me sacaron de allí. A unos cuantos nos metieron en un barco y arreando pa Canarias. Me tiré un año y pico también. Un año o.… más de un año y medio, que fue el único tiempo que estuve bien. Estuve a gusto ¡vaya! Allí me recuperé de todo. De toda la miseria que llevaba de la península, del hambre que había pasao, de todo. Sí, allí lo pasé bien.
Cuando me licencié me vine a Cádiz. De Cádiz pasé a Murcia y de Murcia pues pa licenciarnos tuvimos que estar no sé cuánto tiempo. Porque nos teníamos de poner ropa y entregar la que teníamos. Si no tenías ropa de paisano no podías salir.”

Manolo, el del anís, [7. Manolo Alfaro Martínez nacido en 1920, entrevista realizada el 15-7-84 al Tibidabo de Torre-romeu (Sabadell) fue a la guerra voluntario, terminó en un campo de concentración y, más tarde, igualmente, hizo el servicio militar en un batallón de trabajadores en Tetuán, de donde explica los maltratos que sufrían los soldados hasta ocasionarles en más de una ocasión la muerte.

«Hecho un chiquillo me fui voluntario a la guerra. Luego después de la guerra, pos pasé por un campo de concentración, me echaron del campo de concentración. Llegué al pueblo, me metieron a la Espartera de Benalua de Guadix… dende allí volví a salir. Me echaron en un batallón disciplinario ande cumplí un año. Íbamos descalzos, trabajo forzoso. Y cuando íbamos a orinar teníamos que pedir permiso y tenían que venir dos guardias con nosotros. Y para no morirnos de hambre, salíamos de noche por un arroyo metidos por el agua y íbamos a quitar higos a los moros. Y si hacía algo, pos te cogían y te daban dos picos y tenían allí un campo de mucha gravilla y ibas andando ¡qué muchas personas perdieron hasta los codos! Otras se quedaron mancos (…) a otros les ponían por los pies colgaos con tirantes, de las barracas. En unos barracones que había de madera. Y se les ponían los pies tirando sangre por todo el sitio y luego los abajaban y cogían un caldero de agua y se lo echaban encima ¡Y así nos tenían siempre! Eso era en Tetuán después de la guerra. Allí les vino la muerte a unos del pueblo. Traían una harina de habichuelas. La harina ya estaba muy añeja y too el que cató siquiera una cuchará de aquello, se le hizo en el estómago… y murieron por esto.

 

Y los domingos, festivos, nos hacían paellas y íbamos de tres en tres y cuando nos juntábamos nos peleábamos porque tocábamos, partíamos la comida y tocábamos a dos cucharadas de paella cada uno. A ver quién podía y cuando no era paella, pues a base de cardo, de verdeo y na. Si te hubieran dao carne, siquiera pudiera calentar el cuello, pero era rabiar de hambre, y trabajo forzoso. Se ponían los pies hasta reventarlos.

Con eso me acuerdo un día de que había dos chicos que llevaban una tina de madera, unos toneles y hacía un frío que se helaba la piel. Cogió a uno y lo subió a lo alto del camión y al otro lo puso debajo ¡Y claro! ¿Cómo se iba a beber una cuba de agua de esas? Pos toda el agua se le cayó encima y entonces bajó a ese y subió al otro y hizo lo mismo. Pues al mes se habían muerto los dos ¡Claro todos chorreando desmaicos y sin ropas que no tenían ropa, na más la miejilla de pantaloncillo cortao por la ingle, sin más camisa y sin más na y descalzos completamente! Pues al mes cogieron una pulmonía. Y así, las canalladas de las más gordas del mundo.

Me acuerdo de que me pillaron a lo menos unas diez veces, me pillaron ¡pos quitando higos a los moros! Nos pusieron toda la santa noche saludando al palo de la bandera. Y de vez en cuando pues dándonos palos. Hasta que ya me harté y empecé a decirle al que había al lao mío; cuando vengan pegándonos los dientes, les damos una patá con fuerzas y nos vamos. Y al primero que le tocó fue a mí, y fue a pegarme y le di una patá. Y entonces cayó y salimos corriendo. Y toda la noche se tiraron buscándonos, na más si sentían en alguna chabola hablar. Chabola de estas pequeñitas y en cada chabola éramos cuatro. Que caía el agua cuando llovía y estábamos ¡pues durmiendo en medio de un charco de agua! Y eso ha sido ya un año entero de mi historia en un batallón. Ya te digo, si yo te fuera a contar toda la vida des del primero hasta el último, pues, estaríamos hasta pasao mañana y no escribirías todo lo que hemos padecido».

  1. María Jesús García, nacida el 12-12-14, entrevistas realizadas el 23, y 24 de junio y el 31-8-86 en Ca n’Oriac (Sabadell)
  2. Sebastián Martínez nacido en Huaneja el8-1-16, entrevista realizada el 23-6-84 en Ca n’Oriac (Sabadell)
  3. Juan Ramón García nacido el 18-7-17, entrevista realizada el 13-6-84 en Torre-Romeu (Sabadell)
  4. Ángeles González Peralta nacida el 24-6-18, entrevista realizada el 30-6-84 en Torre-Romeu (Sabadell)
  5. Joaquín Pardo nacido el 18-10-18, entrevista realizada el 11-3-85 en Torre-Romeu (Sabadell)
  6. De hecho, el sistema de campos funcionó hasta 1942, pero las colonias penitenciarias y los batallones de trabajo continuaron hasta muy avanzada la década de 1950
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