14. Cifras, teorías y reflexiones

De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls

 

El objetivo de la Tesis doctoral De Pedro Martínez a Sabadell: la immigració una realitat no exclusivament econòmica (1920- 1975)(http://ddd.uab.cat/record/174485, que estoy divulgando en este Blog, es la emigración de personas de Andalucía (Pedro Martínez-Granada) hacía Cataluña (Sabadell) en la segunda mitad del siglo XX.

Este es el capítulo decimocuarto del Blog, y es singular ya que, a diferencia de los apartados anteriores y los que seguirán, no usaré los testimonios de hombres y mujeres que dejaron Pedro Martínez para establecerse en Cataluña. Me parece pertinente, a pesar de mi voluntad de alejarme de la complejidad de la Tesis para hacer más natural el contenido del Blog, dedicar un espacio para analizar las cifras de la emigración de Pedro Martínez dentro del contexto de los Montes de Granada, comarca a la que pertenece; repasar algunas teorías sobre las migraciones, y reflexionar sobre ambas cuestiones para poderlo contrastar con los testimonios orales.

La emigración de los Montes de Granada a partir de 1950

Enmarcar la emigración de la gente de los Montes de Granada, entre ellas la de Pedro Martínez, a partir de 1950, está completamente justificado. Es a partir de esta fecha cuando aparece, primero pausadamente, y después desenfrenadamente, la emigración en todos los pueblos de los Montes de Granada, singularmente en Pedro Martínez.

La profesora de Geografía humana, María del Carmen Ocaña observó que la dinámica demográfica de la provincia de Granada se basaba en la consideración conjunta del crecimiento natural de la población (cuando el número de nacimientos es más alto que el de defunciones la población tiene un crecimiento natural), de su movimiento real y de su movilidad migratoria. Diferencia dos períodos comprendidos entre 1920-1950, y entre 1950-1970.

Sigo su complejo modelo de análisis donde Pedro Martínez mantiene entre 1920 y 1950, como toda su comarca, un tipo de dinámica demográfica que llama de «reserva». Es decir, tiene una emigración que solo absorbe una parte del propio crecimiento natural.

En la década comprendida entre 1950 y 1960, si bien los Montes son uno de los pocos núcleos de crecimiento de la provincia, este es esencialmente natural, propio de un saldo migratorio nulo. Algunos pequeños pueblos conservan todavía el tipo de «reserva». Sin embargo, Pedro Martínez ha comenzado el tipo demográfico que llama «de abandono». O sea que la emigración ya anula los efectos del crecimiento natural, y por lo tanto se pierde población en valores absolutos. En esta década pierde 608 personas (en la cifra están incluidas las defunciones producidas en estos años) y se queda con 4.168 habitantes.

Entre 1960 y 1970 el peso de la emigración es abrumadora. Desde Guadix a Loja, todos los Montes del norte de Granada y cada uno de sus municipios están en la dinámica «de abandono». Se perfilan algunos núcleos «de abandono rápido», es decir, un retroceso acelerado del volumen total de población. Entre ellos, Pedro Martínez.
Casi una treintena de municipios han experimentado un retroceso anual del orden del 3% o más, a pesar de un crecimiento natural del 10% o más, lo que implica un saldo negativo de la migración del 5 o 6% anual por término medio. A partir de este año la emigración de Pedro Martínez es de un «abandono rápido». Las cifras son escalofriantes. Si en la década anterior, la emigración del pueblo se podía clasificar como de moderada incidencia con un incremento real anual migratorio de signo negativo que no llegaba a -1,99% (-608 habitantes), en la década de 1960 a 1970 el abandono del pueblo es rápido con una extraordinaria incidencia de la emigración que hace posible que se pase de los 4.168 habitantes de 1960 a 2.243 habitantes en 1970.

A pesar de la dificultad de individualizar las causas de un flujo migratorio, separar las causas internas de las externas y las causas económicas de las «extra económicas», la mayoría de los estudios de la emigración española, como hecho colectivo , las explican, casi siempre, a partir de factores macro estructurales.
Sin embargo, los factores demográficos y económicos no bastan para explicar fenómenos como el que se produce en Pedro Martínez, que, en el lapso de veinte años, ve desaparecer más de la mitad de su población pero no la otra mitad. Tampoco explican porque ante una situación económica similar, ante una presión demográfica similar, algunas poblaciones actúan de forma diferente con respecto a la emigración.

Una persona al emigrar no pone en marcha un flujo migratorio, ni tampoco funciona como un puro autómata guiado por fuerzas colectivas invencibles, sino que se mueve dentro del contexto de un auto determinismo relativo. Su conducta es el resultado de un juego recíproco entre los factores que componen el entorno social y sus propias decisiones. Por eso, hay mujeres y hombres que emigran y otros que, en la misma o parecida situación socioeconómica y con una historia aparentemente común, se quedan en los pueblos de origen.

A través de la memoria de personas de Pedro Martínez que emigraron hacía Sabadell podemos acercarnos a los motivos personales, que los mismos protagonistas van descubriendo, cuando con el paso del tiempo han podido ser meditados, racionalizados y aislados de lo más instintivo o de aquel impulso que suele acompañar incluso las acciones más reflexionadas de los seres humanos. Podemos mostrar la gente protagonista de la historia rescatándola del anonimato de las multitudes. O analizar cómo, ante las mismas circunstancias externas, la personalidad previa de la persona, sus características psicológicas predominantes y su momento vital, determinan quien decide emigrar o no, y si lo hace, la calidad de la migración que protagoniza.

 

Porqué se fueron?
Los años cincuenta

En los testimonios que poseemos encontramos respuestas diferentes a la pregunta ¿por qué se fueron? si la emigración se produjo a lo largo de la primera década de la segunda mitad del siglo, o bien en la década siguiente. Bien entendido que se comparte una causa profunda y evidente: el rechazo de una tierra demasiado llena de gente y vacía de trabajo y la esperanza de encontrar otra donde la industria, la construcción y los servicios domésticos, les ofrecieran los empleos que no tenían en el pueblo donde habían nacido.

Los hombres y mujeres que se fueron a principios de los 50 son trabajadores y trabajadoras, gente con empuje e iniciativa pero acallada por la fuerte represión de la posguerra. Gente que había hecho una guerra contra el fascismo y que en la retaguardia había participado de experiencias revolucionarias en un intento, a pesar de las deficiencias, dificultades y errores, de construir el sueño del reparto de las tierras. Al finalizar la contienda, estas personas se encuentran sumergidas en una vida absolutamente oscura y terrible, con poco o sin trabajo y siempre mal pagado, una represión feroz, con imposiciones y un ambiente agobiante.

Ante situaciones de este tipo sólo pueden darse tres actitudes: rebelarse, resignarse o emigrar, que se adoptan según la psicología personal de cada uno y según la estructura económica social y política del momento. En aquel tiempo histórico la difícil solución se reduce a la emigración o la resignación, pues la rebelión era difícil después de haber sufrido la guerra y en pleno franquismo.

Por otra parte, la cruel movilidad de la guerra posibilitó que algunas personas, a pesar de los horrores, pudieran vislumbrar nuevos horizontes. Mientras las que quedaron en el pueblo, especialmente mujeres, sufrían los inmediatos días de la posguerra, el hambre, el miedo, la soledad i la represión. Cuando los ausentes regresaron no ya de la guerra, sino de su continuación (batallones de trabajo, prisión, campos de concentración, servicio militar), sufrieron más represión y necesidades. De los discursos revolucionarios habían pasado a los silencios cargados de miedo. O peor, a la necesidad que ahoga cualquier pensamiento que no venga del estómago.
En este sufrimiento germinaron cambios de mentalidad, que a su vez posibilitaron nuevos pensamientos de fuga.

La guerra quedaba lejos, pero, hacía muy poco que algunas de estas personas habían retornado al pueblo. Intentaban llevar una vida normal, social y familiar, y descubrían las dificultades de adaptación en el propio medio.
No es difícil, a partir de analizar los testimonios personales de los que había vivido durante la República, ver la emigración como un fenómeno colectivo de una buena parte del campesinado andaluz, que habiendo perdido la guerra sabía que no tenía ninguna esperanza de mejorar en las nuevas condiciones.

El último tercio del siglo XIX las ideas mayoritariamente anarquistas habían sido la esperanza de los jornaleros y las jornaleras andaluzas. Todos los medios subversivos que la revolución aportó – sindicatos, revueltas, huelgas, etc.- fueron puestos al servicio de este fin último. Con la llegada de la II República, estas aspiraciones tomaron nuevos ánimos, algunas de sus reivindicaciones se consiguieron, como la limitación de la jornada de trabajo, la adscripción forzosa de obreros en todas las épocas en las grandes fincas y, sobre todo, la posibilidad de poder acceder al poder político a través de los ayuntamientos. Empezaba a vislumbrarse la posibilidad de conseguir la tan esperada reforma agraria.
Terminada la guerra incivil la ilusión desapareció para siempre. La única solución era buscar trabajo en otras regiones e intentar el inicio de una nueva vida.

Además, ¿qué los retenía en pueblos como Pedro Martínez? La mayoría no poseían ni siquiera las cuatro paredes que los cobijaban. Cada día se despertaban con la incertidumbre de saber si ese día les darían trabajo o no y, por tanto, si comerían o no. ¿Qué importaba la imprevisibilidad de lo desconocido ante la insoportable realidad del día a día?
Eran todos tan pobres que nada los ataba. Paradójicamente, la falta de cualquier pequeña propiedad les dejaba libres para abandonar el pueblo con poca añoranza.

Otro rasgo de esta sociedad, como es la fuerte movilidad para poder trabajar, podía ser adicionalmente un punto que ayudara a decidirse más tarde por la emigración. En efecto, todo el mundo ha de buscar el trabajo diariamente y no siempre en el mismo pueblo. Los hombres, en la siembra y la recolección, durante una serie de meses abandonan la familia y viven y trabajan en las extensas fincas alejadas del pueblo. Si es necesario llegan hasta la Campiña cordobesa, o a Almería o a Jaén. Las mujeres, igualmente, van de casa en casa haciendo distintas tareas, cosiendo, lavando, y en la época de las matanzas de los cerdos llegan a estar una semana fuera de casa. Los niños hacen de pastores o ayudan en el campo y las niñas hacen de criadas de las familias ricas. Niñas, niños, hombres y mujeres participan de ocupaciones caracterizadas por la movilidad, la temporalidad y la obligación de separaciones más o menos largas del resto de la familia.

Alguna de estas personas a partir de sus estancias en prisión y los mismos periplos de la guerra, obtuvieron información y conocieron gente y otros lugares que les facilitarán la idea de abandonar el pueblo. Por lo menos, a partir de aquella historia desgraciada, habían tenido la oportunidad de saber que el mundo no se acababa ni empezaba allí donde habían nacido. Alguna persona, de hecho, ya no volvió a Pedro Martínez tras cumplir las condenas impuestas por la «justicia» franquista.

Por otra parte, la comunicación social se convirtió en un factor activo del proceso. La traducción en el ámbito local de las presiones sociopolíticas de aquella época histórica, con la omnipresencia del caciquismo, se hicieron intolerables cuando se conocieron otras situaciones donde la opresión era menos notable. La presencia del poder coactivo formal en el pueblo producía ansiedad y tensiones que hicieron deseable el anonimato de las ciudades más grandes, donde el control directo es más laxo. En el pueblo el ayuntamiento y sus funcionarios, la Guardia Civil y la Iglesia (el cura), se unían para imponer y hacer observar todo tipo de prescripciones, hasta reducir muy sensiblemente la esfera privada y la independencia personal.

Todo ello convirtió la emigración en la única revuelta posible del momento. De modo que no es osado sostener que la emigración de los pioneros es una consecuencia indirecta del resultado de la guerra civil. Así, diez años más tarde de finalizada, la contienda aún incidía en la vida de las personas y de sus comunidades. En un proceso que entonces empezaba, pero que, en pocos años, vació más de un pueblo de la península y llenó a otros.

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Para explicar la emigración de los años sesenta, al cambio de mentalidad hay que añadir otros factores no menos decisivos.
Al comenzar la década la situación económica en Pedro Martínez se agrava. La gente percibe claramente esta fecha como divisoria de un tiempo mucho más difícil porque en ese momento es cuando se introducen la maquinaria y los herbicidas en la agricultura, que todos los testigos citan como la causa más directa de la disminución del trabajo. En efecto, a partir de esta fecha, la situación de paro en el pueblo se agudiza mucho y a los bajos niveles de salarios se suma la disminución notable de las jornadas de trabajo.

Por otra parte, los mecanismos económicos de un crecimiento capitalista desigual hicieron que, en algunas regiones de la misma península o fuera de ella, el desarrollo industrial y el de la construcción que lo acompaña, requirieran gran cantidad de personal, y, en esta primera fase, no cualificado, que posibilitó la emigración en cadena de esta segunda ola migratoria.

Por esta razón los agricultores podrán convertirse en albañiles y en obreros industriales. Y las chicas del campo cambiar la limpieza de las fincas y las casas de los ricos por las de las nuevas amas. ¿No estaban ya acostumbrados y acostumbradas a hacer cualquier clase de trabajo para vivir?

En Sabadell vivían las familias pioneras emigradas durante la década anterior, que, ante la situación económica de Pedro Martínez, explican a sus familiares y conocidos que en la ciudad hay trabajo. Sin embargo, los nuevos sabadellenses pasan por alto, cuando llaman a la gente del pueblo, que en la ciudad también existen grandes dificultades y malas condiciones de vida. En este momento prevalece la existencia de oportunidades laborales.

Para entender este fenómeno es útil hablar «de emigración en cadena». Es un concepto que permite superar las explicaciones que se basan estrictamente en los factores de expulsión de una sociedad o de atracción de otra.

La migración en cadena es aquel movimiento gracias al cual las personas se enteran de las oportunidades de los nuevos lugares, se les facilita el transporte y obtienen la primera ubicación y el primer trabajo por medio de relaciones sociales primarias con personas que han emigrado anteriormente. Es una migración opuesta a la organizada impersonalmente, que es un movimiento basado en el reclutamiento y la asistencia impersonal.

A pesar de algunas diferencias todos los estudios coinciden en cuatro puntos fundamentales en relación con el uso del concepto de migración en cadena, y en las conclusiones que se obtienen:

1.- los contactos personales, comunicaciones y favores entre familias, amigos y paisanos, en ambas sociedades (emisora y receptora), son factores fundamentales para determinar quién emigra, cómo elige su destino, dónde se establece, cómo se obtiene el trabajo y con quién se relaciona socialmente.

2.-el proceso emigratorio se puede estudiar mejor a pequeña escala, a nivel de individuos, familias, redes de parentesco y pueblos o conjunto de pueblos.

3.-La inmigración se conoce mejor en su totalidad, incluyendo el marco de referencia del viejo mundo, así como la evolución de la situación en la nueva sociedad.

4.-La idea de cadena migratoria subraya la complejidad y la variedad de resultados posibles en el proceso migratorio y el riesgo de usar tipologías y secuencias amplias para su estudio.

A través del estudio de la cadena migratoria que forman las personas entrevistadas de este pueblo de los Montes de Granada, constatamos motivos extraeconómicos en la decisión de emigrar como una de las causas de la primera fase de la emigración. Y, a partir de 1960, observamos cómo la emigración casi se convierte en un ejemplo de conducta colectiva. El crecimiento de este movimiento, una vez iniciado, es casi automático: la principal causa de la emigración es la emigración anterior.

Las personas que ya vivían en Cataluña no habían roto los lazos con el pueblo natal donde las estructuras de relaciones sociales, fundamentalmente la familia y la vecindad, seguían funcionando como sistema de ayuda en la necesidad. Estas relaciones personales facilitan el éxodo del pueblo y el asentamiento en la nueva ciudad. De modo que la emigración de la segunda ola marcha del pueblo con una aparente espontaneidad, tras la cual existe una cierta organización fundada alrededor de la familia y las relaciones amistosas y de vecindad. Mecanismos que explican la extrema localización de las personas inmigrantes en el lugar de origen y en el lugar de inmigración. A la vez que esta localización incrementa la intensidad de la misma emigración.

Poco a poco, pero sin pausa, se extiende por Pedro Martínez, como una mancha de aceite, la idea de que en Sabadell se vive mejor, o al menos que allí mujeres y hombres encuentran trabajo. En el proceso de expansión de esta idea el papel de las mujeres es considerable. Las conversaciones en la calle a la hora de hacer la compra y la estrecha convivencia que implica la necesidad del barrio facilitan que se conozca mejor a las personas, sus viejos problemas y sus recientes éxitos (el solo hecho de tener trabajo o construirse una pequeña vivienda) y las ventajas para las mujeres en la nueva situación. La cual cosa se traduce en que, a menudo, sean las mujeres las impulsoras de la emigración.

En Pedro Martínez la estructura de relaciones sociales es una red formada por parientes más o menos lejanos, completamente conectada, sin dejar casi un solo hilo por anudar. O sea que, si vamos uniendo, pariente con pariente, pariente con vecino, vecino con vecina, iremos componiendo una espesa red en la que pocas personas quedarán al margen.
Esta característica de la estructura social de Pedro Martínez, y otros pueblos andaluces, explica que, con la emigración, una vez rotos dos o tres hilos de los que tejían la red social del pueblo, esta se reconstruya en pocos años en Sabadell.

En esta segunda ola de la emigración, las decisiones concretas de las personas se han tomado muy influidas por un contagio psicológico, en el que han jugado un gran papel los lazos familiares, de amistad y de paisanaje, y por las coyunturas muy concretas del mercado de trabajo referidas a cada año e incluso a cada estación. Por ello, estos factores, todos ellos imprevisibles, originan intensidades del fenómeno que se escapan al análisis cuantitativo y a su comprensión lógica a escala comarcal o incluso municipal.

Las familias que abandonaron Pedro Martínez en esta segunda etapa pueden llegar a ser muy diferentes entre ellas, conforman una emigración bastante heterogénea, tanto en su vertiente económica como ideológica. La salida ya no es el resultado solamente de la desesperanza del jornalero, sino que la emigración ha extendido sus brazos a la práctica totalidad de las capas sociales e ideológicas. Marcha gente necesitada, pero también emigran familias a las que no les falta lo más esencial y que buscarán en el cambio no sólo trabajo y comida, sino unas perspectivas más humanas y en especial un futuro más despejado para hijos e hijas.

Desde una posición no tan vulnerable, el proceso se prepara mejor, el viaje se realiza más cómodamente, unos parientes esperan y, generalmente, pueden ofrecer hospitalidad. Y las personas que llegan tampoco tienen que abusar de la acogida, porque suele estar pronto prevista una vivienda para ellas.

En resumen, el concepto de emigración en cadena nos permite entender la profunda localización de las personas inmigrantes en el lugar de origen y en el nuevo lugar de asentamiento. En nuestro caso, la localización de la emigración de Pedro Martínez hacia Sabadell, y muy en concreto hacia el espacio que con el tiempo se convertirá en el barrio de Torre-Romeu.

Las esculturas de la portada y  del texto son del escultor francés Bruno Catalano, nacido en Khouribga (Marruecos), 1960

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