13. Los años 50 en Pedro Martínez (Segunda parte)

De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls

Los años 50 en Pedro Martínez (Segunda parte)

La parcelación de La Caldera. 1950

Pedro Martínez, 1950. La comunidad continúa inmersa en los problemas y la miseria de la posguerra, pero la represión se ha mitigado paralelamente a los cambios internacionales y el hambre deja de ser la protagonista principal. Lo reconoce Ángeles 1, cuando confiesa “luego ya se fueron pasando los rencores, arreglando algunas cosas. Había más trabajo y fueron poniéndose las cosas en su sitio”.

Se producen pequeños cambios como la posibilidad de llevar a cabo la parcelación de la mayor finca del pueblo, con la actividad casi paralizada por voluntad de su propietaria. Pero son acciones destinadas a un determinado segmento social, la de los labradores, y sobre todo llevada a cabo por los administradores del municipio y, en general, en provecho de ellos mismos.

Al terminar la guerra la Caldera volvió a manos de la antigua dueña y como mandaba un decreto del mismo septiembre de 1936, «los colonos que las habían explotado en aparcería o arrendamiento debían ser repuestos».

El Instituto Nacional de Colonización, creado en 1939, expropió algunas fincas arrendadas para explotarlas familiarmente. Su amortización corría a cargo de los propios colonos, que recibían los lotes en régimen de concesión administrativa. Estos no eran propietarios hasta haber pagado el valor inicial de la tierra y de la casa que habitaban con sus intereses correspondientes. Además, adquirían, otras obligaciones, como el de no dividir las parcelas, y el de cubrir los índices marcados de intensidad en los cultivos. Se configuraba así una relación de dependencia hacia la Administración.

Según J.Antonio Biescas y M.Tuñon de Lara en el periodo 1939-1952 se instalaron por el INC 27.498 colonos, que representaban el 0,56% de la población agraria de 1950, cifra que pone de manifiesto que esta política no tuvo mucha incidencia económica. Sin embargo, y a pesar de las muchas deficiencias, fue de las pocas cosas destacables de la política agraria franquista.
El Instituto expropió y parceló pocas fincas de secano y solamente en la década de los 40. Principalmente fincas que vendieron duques y duquesas.

La Caldera era una finca de secano donde se cultivaba cebada y trigo, pero su principal actividad era ganadera: se criaban cabras y ovejas. En los años cuarenta vivían unas cincuenta familias sin tierras propias. El administrador, Juan Romero, había logrado apoderarse de la propiedad de toda la hacienda e intentó venderla a familiares suyos sin éxito. Finalmente, el Instituto compró la finca y la dividió en 107 parcelas (de siete cuerdas cada una) correspondientes a las tierras de mejor calidad, y del resto hizo treinta y seis lotes. El sorteo para la adjudicación de la tierra se hizo el 28 de noviembre de 1949, en el local del cine Alarcón del Pedro Martínez. Las parcelas se pagaron a dos mil pesetas la cuerda y los lotes a mil pesetas [Juan Rodríguez Titos. Pedro Martínez. Campo y cielo. Granada 1999].

 

Finca de La Caldera

Pedro 2 era concejal del Ayuntamiento y desde esta institución municipal, fue un promotor de este proceso. Activó y realizó gestiones, primero con la dueña de la finca, después con el gobierno, hasta conseguir la parcelación de La Caldera.

«Se acabó la guerra y estaba la finca casi parada por capricho de la marquesa y de ellos. Y el Ayuntamiento de aquí Pedro Martínez, llamaron a Pepe Sierra que estaba de administrativo y lo mandaron a Madrid, diciendo que estaba mandado por el Ayuntamiento de Pedro Martínez y que tenía de poner la finca en marcha. Si no, que se la expropien porque está parada y no puede estar parada. Total, que ya la tía (la marquesa) se quebró algo”.

Después de algunas gestiones fracasadas, “yo y el Topino, ese que se libró de que el Número lo matara 3, le escribimos a Franco, diciendo que tenían… que había aquí una finca con veinticuatro labradores, con tanta extensión de tierra y que, en abandono, que vivían muy mal y que queríamos la reforma agraria y tal. ¡Fíjate como era aquella reforma agraria que a los siete días firmamos! Nos escribió la carta el maestro de escuela que se llamaba Don Manuel Álvarez. Y me lo echó en cara, dijo: – mirar yo soy maestro y yo con mi carrera, la he hecho para ganar dinero, así que por la carta os voy a cobrar dinero.
Al final no cobró na, pero: -no quiero que se sepa que yo escribo esta carta.
Total… y luego escribe la carta, la firmamos la echamos y a los siete días la contestación a mí. Vino la carta a mí.
Y ya Franco nos contestó que la finca la compraba el Instituto de Colonización y que nosotros compraríamos las parcelas al Instituto. Y así fue».

«El hombre, pero con todo y estas… Él quitó el hambre del pueblo, porque tú te veías obligado a ir. Mira, me pasa, es que me pasa esto. Y te daba harina pa el hambre. Por una parte los perjudicó porque según qué clase la hizo pedazos, sobre todo a la clase de ganaderos, esa la arrasó. Pero luego el pueblo entero ¿sabe? Pues mira fue una ayuda muy grande porque en el pueblo repartieron una finca muy grande que le dicen La Caldera, la parcelaron y ya la gente si necesitabas simiente, le daba y le firmaba una letra y te daba simientes y si necesitabas abono, pues firmabas una letra y te daba abono. Y así iban viviendo. Y ya te digo todas las cosas hasta que por fin. Esto fue en el 46, 47 48 hasta el 50, hasta el 60, mejor dicho.
Esta familia ya no está en el pueblo, esa familia ya se puso malamente con todos los capitalistas del pueblo y tuvo que saltar.
Y ahora se encuentra en Madrid. Y no tiene ninguna propiedad en el pueblo, todas las que tenía las vendieron, se fue a la parte de Granada, no sé a qué pueblo se fue y dende allí pues yo no sé si estará jubilado, porque era un hombre ya bastante mayor ya ahora está en Madrid.
Allí él tenía muchos oficinistas, tenía mucha gente pa que le hicieran, tenía los encargados pa el ganao, encargados para la labor, tenía sí tenía mucha gente trabajando pa él».

Joaquín 4también recuerda este suceso: «unos labradores de una marquesa que era la dueña de la finca hicieron la reforma agraria. Un tío que estuvo allí en el pueblo, y no sé si con permiso de ella o sin ella, hizo, no la reforma agraria, hizo ¿cómo se dice eso? hizo parcelas. Pero claro la gente lo ha tenido que pagar en veinte años me parece cada uno, con tanto por ciento que le pusieron. Nosotros como no teníamos parcela, que ya no estaban mis abuelos, pues nos quedamos sin parcela.»

Como afirma Joaquín, los remedios franquistas para la agricultura andaluza no eran la reforma agraria y los agricultores que compraron una parcela tuvieron que soportar no sólo el pago de esta sino otros gastos. Por el testimonio de Líndez vemos que el secretario del ayuntamiento y el individuo que vendía abonos fueron protagonistas de este hecho, y se deduce el interés que estas personas tuvieron.
El secretario del Ayuntamiento era un personaje que varios testigos presentan como un especulador que aprovechó el cargo público para enriquecerse. Pero Manolo, 5, considera, que, en aquellas circunstancias, el modo de hacer de su patrón no fue negativo para la mayoría del pueblo.

Pero la realidad es que a través de un inmoral patronaje aún tenía más atada a la gente, que además debía estarle agradecida. Al parecer, finalmente, se puso en su contra al resto de ricos del pueblo, probablemente por la competencia que les hacía y el poder que acumulaba.

«El hombre, pero con todo y estas… Él quitó el hambre del pueblo, porque tú te veías obligado a ir. Mira, me pasa, es que me pasa esto. Y te daba harina pa el hambre. Por una parte, los perjudicó porque según qué clase la hizo pedazos, sobre todo a la clase de ganaderos, esa la arrasó. Pero luego el pueblo entero ¿sabe? Pues mira fue una ayuda muy grande porque en el pueblo repartieron una finca muy grande que le dicen La Caldera, la parcelaron y ya la gente si necesitabas simiente, le daba y le firmaba una letra y te daba simientes y si necesitabas abono, pues firmabas una letra y te daba abono. Y así iban viviendo. Y ya te digo todas las cosas hasta que por fin. Esto fue en el 46, 47 48 hasta el 50, hasta el 60, mejor dicho.
Esta familia ya no está en el pueblo, esa familia ya se puso malamente con todos los capitalistas del pueblo y tuvo que saltar.
Y ahora se encuentra en Madrid. Y no tiene ninguna propiedad en el pueblo, todas las que tenía las vendieron, se fue a la parte de Granada, no sé a qué pueblo se fue y dende allí pues yo no sé si estará jubilado, porque era un hombre ya bastante mayor ya ahora está en Madrid.
Allí él tenía muchos oficinistas, tenía mucha gente pa que le hicieran, tenía los encargados pa el ganao, encargados para la labor, tenía sí tenía mucha gente trabajando pa él».

 

La casa y la calle: espacio privado y público

Antes de dejar Pedro Martínez acompañando nuestros y nuestras protagonistas veremos cómo eran sus casas y qué significaban para ellos, porque la casa tendrá una importancia capital en la decisión de emigrar. No tener una casa en propiedad unido a la pobreza de la vivienda, con carencias fundamentales, son hechos que facilitarán la decisión de marchar.
Esta realidad de viviendas pobres en el pueblo de origen también ayudará a comprender la aceptación de alojamientos sin ninguna condición en los nuevos lugares de asentamiento.

Paralelamente, comprobaremos la importancia de los proyectos familiares que se realizarán en torno a la casa. Así, en los nuevos lugares de residencia, ésta a se convertirá, de nuevo, en el problema más importante que aglutinará los esfuerzos y el trabajo de todo el círculo familiar.

Por esta razón, conocer las transformaciones que se producen en las viviendas, en las condiciones de vida y en cómo se organizan las familias, será de ayuda para captar mejor el proceso de asentamiento en el nuevo lugar, Cataluña.

«Antes los pobres vivíamos muy malamente, porque no teníamos habitaciones pa los hijos y pa las hijas. Teníamos que dormir todos en la misma habitación y casi en la misma cama. Ya hemos mejorao un poquito»

Estas palabras de María Jesús 6 sirven para resumir la evolución de la vida privada de las clases populares. A medida que aumenta el nivel de vida, cada miembro de la familia puede desarrollar su vida privada al abrigo de la mirada del próximo. Este hecho queda completamente ilustrado con la desaparición de la cama común, después, de la habitación común, para pasar a una distinta para padres e hijos, hasta llegar a tener una para los chicos y una habitación para las chicas.

Durante el siglo XX se produjeron dos hechos que cambiarán los espacios y la concepción de la vida privada: por un lado, el trabajo productivo sale de casa y se establece en lugares impersonales regidos por reglas jurídicas y convenios colectivos. Por otro, el individuo conquista en el seno de la familia, el espacio y el tiempo de una vida propia. En las familias burguesas se dispone de unos espacios mayores con delimitación de la vida privada de cada individuo, de tal forma que A. Prost afirma que tener una vida privada es un privilegio de clase. Poco a poco la clase trabajadora conquistará, también, este derecho a la intimidad. La especialización de los momentos y los lugares hace crecer el contraste entre la esfera pública y la privada y acentúa el carácter específico de cada una de ellas. Pero, a pesar de esta tendencia, que se va construyendo históricamente, no se puede separar radicalmente el espacio privado del público, sino que se produce una fuerte articulación entre las dos esferas.

En el Pedro Martínez de los años 50 la ordenación de la vida privada y la pública se diferencia solamente en la lenta transformación del espacio interior de la casa que nos describía la María Jesús. Sin embargo, la casa sigue siendo el espacio privado de la familia, donde difícilmente se hace una vida privada individual pues es un espacio saturado con poca noción de intimidad. Es un lugar donde la vida privada de la mayoría se confunde con la de su familia.
El grupo familiar es una unidad hecha de la suma de los esfuerzos individuales. Esta unidad es evidente en el aspecto financiero, donde las mujeres de las familias obreras administran el dinero de la familia y donde la restricción de los gastos es el principal medio para equilibrar la economía familiar.
Además de la función económica, la familia realiza una función educativa, porque en última instancia – todavía niños y niñas van muy poco a la escuela- los padres serán vistos como los únicos responsables de la educación de sus hijos e hijas. También la familia realiza una función de protección al hacerse responsable del cuidado de las personas mayores. La situación económica obligaba, a menudo, a que dos generaciones compartieran la casa.

El oficio o el trabajo se aprende al lado del padre y de la madre, pero no en una relación meramente familiar, de orden privado, porque los aprendizajes y los valores se transmiten a partir de grupos más amplios. Así chicos y chicas aprenden las labores del campo cuando trabajan en patrullas, donde no siempre participa el padre o la madre, o las chicas aprenden a coser junto a una modista y rodeadas de otras chicas.

Mayoritariamente las casas eran de alquiler porque era difícil disponer de la cantidad necesaria para comprar primero el terreno y luego el material para la construcción. Pero, llegado el caso, eran los hombres de la familia los que asumían la construcción. El padre, los chicos y, si era necesario, las chicas y la madre se transformaban en albañiles, ayudantes y peones. El tiempo, que todos y todas empleaban en ello, lo robaban al poco descanso que les dejaba el trabajo doméstico y/o el del campo.

Así María Jesús y Sebastián no dispusieron de casa propia hasta que ya tenían sus cuatro hijos. Entonces compraron un terreno y con muchas dificultades y trabajos se hicieron la casa. Era una casa blanca y sencilla, como casi todas las casas de jornaleros, sobre todo las de la parte alta del pueblo.

Esta pequeña construcción tenía una entradilla con una apertura a la derecha donde una sala mediana hacía de comedor y de cocina con la chimenea en el suelo, que además de cocinar servía de fuente de calor y de luz. A la izquierda de la entrada, había dos habitaciones comunicadas por una abertura sin puerta, y más allá de la entrada, el corral y después del corral el patio. Al fondo del patio las letrinas.
Por otro lado, el techo de la casa convertido en una especie de buhardilla, las «camaras», hechas con vigas, que son troncos de árboles pelados, donde se guardaban toda clase de utensilios, de ropa y todo lo que puede poseer una familia pobre.
Las habitaciones tienen unos pequeños agujeros que hacen de ventanas. Estas ventanas y, también, las aberturas que hacen de puertas se tapan, desde el principio, con una cortina o un paño, que matiza la claridad, mitiga los ruidos e impide la entrada de polvo de la calle. Y todo ello, con la esperanza de ahorrar algún día el dinero necesario para poner las ventanas y las puertas correspondientes.
Casas muy sencillas pero que ya posibilitan una manera de vivir diferente de cómo vivieron los padres de la misma María Jesús, cuando una sola habitación les hacía de granero, de corral y de vivienda. Ahora, en el corral, guardarán la paja y los utensilios del campo, y las habitaciones se utilizarán para dormir. Además, una habitación será para los padres y los hijos más pequeños, y la otra para los mayores. Y si hay chicos y chicas se intentará que duerman separados al ir creciendo.

La misma construcción es también diferente de la de las casas más viejas del pueblo: ahora ya no son el barro y la piedra los únicos materiales utilizados, sino que también se usan ladrillos y cemento. Es una casa mucho más sólida. Pero son, todavía, viviendas con pocas comodidades. Sin agua corriente, tenían que lavarse a la vista de todos, con palanganas, en las cuadras o el corral cuando el tiempo lo permitía, y en la misma cocina, ante la chimenea, los días fríos del invierno.
Sin electricidad ni otra energía, cocinaban en la chimenea, y la colada se hacía fuera de casa en los arroyos de los alrededores del pueblo. Todo ello, además de las incomodidades evidentes, representaba un trabajo muy duro para las mujeres que eran las responsables de estas tareas.

«Una casa costaba tres o cuatro mil pesetas. Que no las juntábamos, o poquito a poco. Nosotros dijimos de hacer una casa. Compramos un terreno y luego nos volvimos negros para poderla medio tejar. Pa vivir en ella. Y la hicimos sin puertas, na más que la puerta de la calle y la puerta del patio, sin ventanas, porque no podíamos hacer otra cosa. Y allí la tenemos.
Compramos el terreno con cinco fanegas de garbanzos y cinco fanegas de cebá, que le dieron a mi hombre donde estaba trabajando. Que le dieron porque estaba en el trato. Luego nos vimos negros pa medio techarla. Y luego, así nos la hemos dejao”.

Pero estos esfuerzos y enormes dificultades para conseguir una casa de propiedad, o simplemente una casa digna, estrechaban las relaciones de la familia. Porque cuando las dificultades se comparten para alcanzar un proyecto común cohesionan al grupo. Por eso la casa con toda su pobreza y sencillez, llega a adquirir una categoría casi simbólica. Alrededor de la casa se reúne la familia y todos sus miembros trabajan para conseguirla, y todo se hace y se vuelve común.

Si bien es cierta la primacía de la mujer dentro de la casa, que se corresponde con la del hombre en la calle, de ninguna manera se puede considerar el espacio dividido en dos esferas absolutamente separadas en cuanto a su utilización y apropiación, como lo será en cambio en otros ambientes sociales. La distribución de la casa, pequeña, con pocos espacios diferenciados, hace imprescindible que estos sean compartidos por todos los miembros del grupo. De modo que hombres, mujeres y niños comparten lo que la Rossana Rossanda llama el mismo «campo de presencia».

Además, al ser el hombre el constructor material de la casa, esta se convierte para él en algo muy propio.

Por el contrario, tampoco la calle será exclusiva de los hombres. Salvo los bares y las tabernas que serán solamente espacios para ellos. En efecto, ninguna mujer entrará sola y casi nunca acompañada en estos establecimientos.

 

La mujer trabajadora también ocupa la calle, sobre todo para llegar a los lugares donde desarrollaba sus diferentes y variadas tareas, si bien es cierto que hay una clara diferencia entre las mujeres casadas y las solteras. Así, cuando la mujer ocupa el lugar de «hija», trabaja fuera de casa hasta el momento de ocupar, ella también, el lugar «de esposa». En este nuevo estado, si la pareja puede vivir con el sueldo del hombre, la mujer se dedicará exclusivamente al trabajo doméstico que conllevará una mayor reclusión dentro del hogar.
No obstante, la mayoría de las familias no podían subsistir únicamente con el trabajo del hombre y, por otra parte, la existencia de muchas viudas como consecuencia de la misma guerra o de la sobre mortalidad de la posguerra, hace que las mujeres sean extremadamente necesarias en este contexto económico. Así que, como hemos visto en capítulos anteriores 7, las mujeres siempre, más allá de su situación familiar, trabajan y hacen lo que sea necesario fuera de las paredes de su casa.
Las solteras tendrán más libertad para salir de casa, no sólo para ir a trabajar, y acompañadas, o no, también disfrutarán de las fiestas, los bailes y del paseo.

También es cierto que las mujeres, salvo momentos determinados, solamente ocuparán los espacios públicos en unas horas establecidas. Podemos generalizar diciendo que de día la mujer no tendrá problemas en utilizar cualquier lugar. Será a partir de la tarde, al anochecer, y especialmente durante la noche, cuando las normas del sistema de valores de la sociedad dejarán de admitir la presencia femenina en todas partes. Y las mujeres, casi siempre, asumen este sentir, y se cierran dentro del hogar.

Y, sin embargo, esto no impedirá, que algunas veces, sean las pioneras o las impulsoras de la difícil decisión de emigrar.

 

(Agradezco a Juan Rodríguez Titos las fotografías de este capítulo)

  1. Ángeles González Peralta, nacida el 24-6-18, entrevista realizada el 13-6-84 en Torre-Romeu (Sabadell)
  2. Pedro Líndez, nacido en 1903, entrevista realizada el 24-8-84 a Pedro Martínez
  3. Este episodio se relata en el capítulo tercero
  4. Joaquín Pardo, nacido el 18-10-18, entrevista realizada el 11-3-85 en Torre-romeu (Sabadell)
  5. Manolo Alfaro, nacido en 1920, entrevista realizada el 15-7-84 al Tibidabo de Torre-Romeu (Sabadell)
  6. María Jesús, nacida el 12-12-14, entrevistas realizadas los días 12-12-14, 23 y 24 -6-84 y 31-8-86, en Ca n’Oriach (Sabadell)
  7. Muy especialmente en el capítulo 10
Compartir a les Xarxes Socials
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on email
Email
Share on print
Print

Deja un comentario