De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls
Pedro Martínez (Granada): primeres dècades del segle XX (segona part)
La vida cotidiana
En el primer tercio del siglo XX la mayoría de la gente de Pedro Martínez era pobre y la calidad de vida era, en general, muy modesta para ricos y pobres. Se trabajaba duro desde la infancia y a veces, en las épocas de poco trabajo, rondaba el hambre. La dieta de la clase obrera se situaba por debajo del mínimo vital, y paralelamente a la deficiente alimentación se sufrían otras carencias de bienes, de utensilios materiales y de ropa. Las casas, además, no tenían ninguna comodidad, con pocos muebles, sin luz, sin agua corriente y de construcción precaria.
Las más antiguas, como la de la Hermosa, o la casa en que nació Juan Ramón 1, eran de barro.

“Eran de tierra, de tapiaos, como le dicen. Ponían maderas y entonces las dejaban como querían la pared de ancha. Las maderas así y entonces empezaban a echar tierra. Venga tierra y apisonar, venga tierra y apisonar hasta que hacían la pared. Y le decían pared de tapiar, que era de tierra. Le escorchabas un pedacito y no salía na más que tierra. Era una pared de tierra».
En cuanto a la natalidad podemos hacer una clara distinción entre el número de hijos de las mujeres nacidas antes o después de 1940. En el primer caso, la media es de cinco hijos y medio por pareja, en el segundo de tres. Podemos situar la moda (en estadística es el valor con mayor frecuencia en una distribución de datos) en siete para las primeras, y en cuatro para las segundas. Estas cifras coinciden con las tendencias demográficas generales de la época en las sociedades campesinas, e indican que el grueso de personas protagonistas de esta investigación, vivieron en familias numerosas tanto en casa de sus padres como en las suyas propias. Rosa 2, que nació a finales de 1914, nos cuenta:
“Antes los pobres vivíamos muy malamente porque no teníamos habitaciones pa los hijos y pa las hijas. Teníamos que dormir todos en la misma habitación y casi en la misma cama”.
Sigue explicando, y preguntándose, como sus padres – y la gente de aquella generación – mantenían relaciones sexuales o qué hacían cuando nacían los bebés en unas casas con tan poca intimidad.
«Cuando iban a tener un hijo, los hijos mayores se iban hasta que estuviesen las cosas gobernás. Y dormir ¡pues! ¿Cómo se las apañaban? Unos dormían en una cabeza o en un rincón, el otro dormía a los pies de la cama de los padres, el otro según eran de grandes, así íbamos apañando. Yo sé que en la casa de mi madre nos juntábamos trece y teníamos una habitación na más. Era grande pero una sola habitación pa dormir. Teníamos otra de más y no la utilizábamos ¿por qué sería aquello? Teníamos dos habitaciones grandes y sin embargo una estaba llena de paja y la otra ¡pues dormíamos todos! Unos más alante y otros más atrás nos apañábamos allí. Para hacer sus cosas acecharían a que nosotros estuviéramos durmiendo. ¡Acecharían a que estuviéramos durmiendo pa hacer las cosas!, Je, je…».
La escuela era de niños y niñas, pero ellos y ellas tenían que trabajar y quedaba poco tiempo para ir. Se preguntaban qué provecho sacarían de ir si la vida parecía predestinada a trabajar en el campo, con el ganado o servir a los ricos. Para estos menesteres, pensaban, no había que saber leer ni escribir. Además, en invierno en la escuela hacía un frío terrible y las criaturas iban mal vestidas y peor calzadas, por lo que la percepción de esta mujer es que la injusticia era contra los niños, más obligados que las niñas a ir a la escuela. Los niños cuando disminuía el trabajo del campo solían ir al colegio, pero las niñas si no trabajaban fuera de casa, se quedaban, muy a menudo, ayudando a la madre en las tareas domésticas. Esta es la razón principal del analfabetismo femenino, siempre superior al masculino. Así en la provincia de Granada, según el censo de 1910, el 69,7% de los hombres y el 79,1% de las mujeres no sabían ni leer ni escribir.
Sigue contando M. Jesús “aprendí a ajustar cuentas, pero se me ha olvidado. De leer sé muy poquito. Letras de molde y que esté muy bien, ha de estar muy bien escrita pa que yo la entienda. Una vez me acuerdo de que yo iba al colegio y ¡había un nevazo! Nosotros, como hemos estao tan mal de calzao y de todo, llegamos al colegio todos los niños chorreandito, con los piececillos mojaos y no había calefacción ni na. La maestra tenía un braserillo de carbón, pa ella, na más, los demás heladicos. Por eso no queríamos ir más, de verdad. No íbamos porque no teníamos. Lo primero porque no nos dejaban nuestras madres. – Hija mía nosotros no tenemos ningunas cuentas pa arreglar, no tenemos ningunos cortijos pa ajustar cuentas. Y lo segundo que cómo ibas tan malamente, pos se te quitaban las ganas de ir. Es verdad, porque caían unos nevazos tan, que empezaba a llover y venga a llover y hacía mucho frío. Y nosotros pues la verdad, no teníamos el calzadillo, unas alpargatillas de mala muerte. No es como ahora, que vas bien abrigá, bien calzá. Ibas con una mediacillas y unas alpargatillas. Si te mojabas las alpargatas ya estabas to el día con el pie mojado. Pues no íbamos, no íbamos. Los niños iban más porque siempre habemos dicho a los niños les hace más falta que a las niñas. ¡Los angelitos pos siendo también iguales, pero en fin! Ellos iban porqué nosotras nos quedábamos en la casa ayudándoles a la madre a barrer y a fregar, los niños como no hacían nada de eso, pues, aunque fuera mal tiempo iban al colegio.»
Carmen 3, la mujer del Toño del Gavilla, cree que no puede hablar de infancia.
«Yo de pequeñita me crie en el pueblo. Yo me quedé sin mis padres y estaba con una tía mía. Yo estaba sirviendo tenía que trabajar. No fui a la escuela porque yo de pequeña tuve que ponerme a trabajar, pues ya tenía lleno el día. No, no servíamos en la misma casa, íbamos a una y a otra. Ibas a una casa pues cuando te necesitaban luego a otra eso sobre la marcha. Sirviendo y durmiendo en casa de la ama, de la dueña, de los ricos. Allí trabajábamos y allí dormíamos».
Sebastián 4 nació en Hueneja , su padre era pastor y como todos los pastores su trabajo lo llevaba de aquí para allá. De esta manera llegó la familia en Fuente La Caldera. «Yo empecé a guardar ovejas a la edad de ocho o nueve años. Mis padres no tenían dinero y me pusieron a guardar las ovejas. Nos levantábamos a las tres o a las cuatro de la mañana a comer migas… Luego ya de mayor empecé a arar una yunta de mulos y arando pa criar trigo para otros. Como yo no podía hacer otra cosa na más que eso, pues ni me enseñaron a escribir ni me enseñaron nada y esto es lo que quiere la burguesía quiere, ha querido y sigue. Y por eso no se merece ella na más que decirles lo que son una maná de criminales siempre y siguen y siguen».
En la cortijada de la Caldera la vida de las criaturas de los labradores era algo mejor, entre otras cosas, tenían un maestro y una escuela para ellos solos. Los labradores pagaban una cuota mensual obligatoria con la que mantenían este servicio.
Joaquín 5 vivía con sus abuelos y asistió a la escuela hasta los nueve años cuando regresó al pueblo a casa de sus padres. «Estuve de niño en el colegio en la Caldera, estaba allí por causa de mis abuelos que tenían de pagar el colegio forzoso y no tenían ningún niño. Había una prima mía y yo que estuve allí, pues hasta los nueve o diez años que estuve viviendo en la Caldera».
Joaquín, tiene recuerdos infantiles más alegres y rememora los juegos de los chicos de la finca, especialmente cuando paseaba en lo alto de la burra del abuelo, por ejemplo, para ir a la estación a buscar a la dueña de la Caldera que llegaba de Madrid.
«Hombre la vida allí de niño yo me lo pasaba estupendamente ¡claro! Yo pos jugar y comer bien. Ya ves mi abuelo, pues tenía lo que podía tener el más rico que hubiera ¡claro! En la escuela habíamos, pues unos veintidós o veintitrés, las niñas igual, allí estábamos toos, los niños y las niñas mozuelos. Todos eran hijos de labradores y allí no había más que un maestro, nada más. Claro y este maestro tenía que dar la lección a todos los niños que había”.
A partir de los diez años Joaquín empezó a compartir la escuela con el trabajo que consistía en bajar leña al pueblo y venderla. «Iba al colegio y por la tarde la leña al pueblo. ¡Claro las dos cosas! Después tuve que ir al colegio del pueblo, me pusieron de noche y estuve yendo de noche en una escuela de pago una temporá y después ya ni iba al colegio ni na. Na más que al trabajo, al trabajo.
Esa finca entonces era de una marquesa que no sabía ni lo que tenía. ¡Ella vivía en Madrid! ¡Era la querida de un marqués! O sea que no era ella la marquesa. Yo la llevé muchas veces con la burra de mi abuelo que había para pasear los niños de la escuela. Íbamos con ella ¡Cómo mi abuelo allí era el que más representaba para la marquesa! Pues lo llamaba, ¡Pardo! ¡Era una mujer! a lo mejor sería hasta analfabeta! ¡Quién sabe! Había un administrador que tenía ella que era el que se llevaba…”
Hijos e hijas de los labradores gozaban de mejor vida que las de los braceros, pero tampoco se escapan del trabajo. La hija de Pedro Líndez y su prima hermana, llamadas ambas Pepa Líndez, explican como hacían quesos. Ponían la cuajada dentro de la quesera de pleita de esparto y la iban estrechando hasta obtener el espesor requerida. Las chicas, que para ello tenían que sentarse bastante tiempo encima de la pleita, recordaban que de pequeñas más de una vez habían caído dormidas.
Fiestas, diversiones y noviazgo
La fiesta de la patrona del pueblo, la Santa Cruz, se conmemoraba el tres de mayo, pero la pasaron a septiembre «porque hacían el castillo de fuegos y por miedo la hacían en septiembre que ya las parvas se habían acabado y así no había peligro de fuego».
En la Caldera también se celebraba otra fiesta que Joaquín recuerda con añoranza y alegría.
«¡Qué tiempos aquellos! Si aquellos eran otros tiempos. En La Caldera hay una iglesia y cura no había, pero cuando querían hacer algo pues mira iban del pueblo a decir la misa. Y ella, la marquesa estaba allí y hacían alguna cosa, y además allí hacían cada año una fiesta. Iba el cura del pueblo y hacían una fiesta muy grande. Viniera o no viniera la marquesa la fiesta de La Caldera se hacía. ¡Y la han hecho después muchos años! Pues mira la fiesta era decir la misa, salir con la Virgen por ahí dando vueltas, se hacía una procesión pequeña como una romería. Una cosa, así en pequeño, pero todo, igual que una procesión. Cuatro cohetes que quemaban allí los calderetos. ¡Cómo eran labradores y tenían perras, muchos cohetes! Luego hacían baile ¡con música y tal! Lo que se dice una fiesta de pueblo».
Además de estas dos festividades la juventud del pueblo y de los alrededores organiza los domingos y festivos bailes en casa de cualquiera de ellos. Alquilaban músicos o, a menudo, los mismos muchachos del pueblo sacaban buenos sonidos de algún acordeón o de alguna guitarra.
“Allí no había diversiones -afirma Juan Ramón- allí había baile, que se formaba un baile en una casa y nos juntábamos los cuatro amigos y tocábamos un acordeón, una bandurria y una guitarra y eso era lo que hacíamos. Entonces un litro de vino valía tres gordas y juntábamos doce o trece pesetas y comprábamos una arroba de vino y teníamos pa toda la noche».
M. Jesús también recuerda «los días de fiesta íbamos a bailar a unas casas o a otras, y hacíamos unos bailes de noche y ya está. Esta era la diversión que había. Porque allí se juntaban unos cuantos jóvenes y buscaban un tocador. Y allí nos juntábamos pa bailar, pa divertirnos un poco. Un tocaor, un músico, tocaba la guitarra, acordeones, violines, como una orquesta …
“Los mozuelos buscaban casa y los amos de las casas iban por las mozuelas y así que se terminaba el baile, las agarraban del brazo y se la llevaban a sus madres – nos cuenta Rosa- A las chicas se las dejaba ir, pero tenían de ir los amos de las casas a por ellas y luego venir a dejarlas. No es como ahora. ¡Claro que no es igual!”

A pesar de todo ello Manuela 6 confiesa: «Pero también a nosotros nos gustaba bailar agarrao, el meneo ¡Ya está! Bailar mucho, jugar a la rueda y jugar a lo que se jugaba entonces, al coro achiná, ¡je, je! Bailábamos pasodobles y estas cosas. Había muchos bailes en el pueblo. Pa que fuera mi madre conmigo y estas cosas no es como ahora. Pos un baile que lo formaba mi novio y me llamaba a mí para que fuera a bailar. Y iba yo, iba mi María (su hermana). Yo iba con toas mis amigas y los amigos de mi novio. Íbamos a bailar y al otro día a trabajar en el campo. A las aceitunas, si era la época de las aceitunas. Si era de arrancar, a arrancar, si era espigar ¡pos espigar! Nosotros íbamos a bailar, pero al otro día había que ir al campo. Soltera, casada y to«.
Estos bailes eran una de las únicas ocasiones que los prometidos tenían para verse fuera de casa. Antes de vivir juntos, mantenían su relación a la sombra de la más o menos estrecha vigilancia familiar. Los prometidos durante el cortejo y sobre todo antes de entrar el chico en casa de ella, ‘pelaban la pava’. Las primas Líndez ‘pelaban la pava’ de noche, los chicos encaramados encima de un poste para llegar, haciendo equilibrios, a las ventanas donde los esperaban sus novias. Pedro, su padre y su tío, cuando los veía, soltaban los perros, gritando que había ladrones, sabiendo, ciertamente, que se trataba de los novios de las chicas.
Los apodos
Como en la mayoría de los pueblos los marcos de referencia de las familias de Pedro Martínez eran, y son casi siempre, los apodos que sirven para identificar los individuos, más que su verdadero apellido. Es una sola persona a la que en principio se bautiza con un nombre nuevo. Esto puede suceder por cualquier cosa que haya hecho o dejado de hacer el individuo en cuestión, o por algún rasgo especialmente acentuado que posea. El mote, si éste tiene éxito, de inmediato le queda adjudicado para toda la vida; y con mucha probabilidad quedará también asignado a los diferentes miembros de la familia. La persona bautizada de nuevo puede ocupar cualquier lugar de la familia, por lo tanto, no necesariamente el del padre o el de la madre. Vemos que incluso el mote puede partir de un niño. Por ejemplo, los Tomillejos se llaman así tal como nos cuenta Luisa 7 porque su tío cuando era pequeño se perdió siguiendo a su padre cuando iba al campo y lo encontraron debajo un matojo de tomillo.
«Y llegó la noche y allí contra un matojo se aposentó. Allí pasó la noche. Y toda la gente del pueblo acechando salió a buscarlo sin encontrarlo en ninguna parte. Y entonces otra vez por la mañana unos pastores se lo encontraron… Pues como estaba debajo un matojo de tomillo, pos empezaron a decirle el Tomillejo. Y luego ya, pos mi padre era el Tomillejo. Eran Tomillo los dos. Luego nos pusieron Tomillo. Y por Tomillo nos conocen».
Los apodos van pasando de una persona a otra mediante una regla muy sencilla y poco rígida. Masculinizando o feminizando el nombre y utilizando el plural cuando se habla de más de una persona. Así la familia de Luisa será la de los Tomillejos o Tomillos, la Luisa y las demás mujeres que merecen el apodo las Tomilleja, y los hombres de la familia los Tomillejo. La familia puede tomar también el nombre de la mujer o del hombre indistintamente. Dependerá seguramente del peso de cada familia. De la significación social de ésta o del origen geográfico de los miembros de la pareja, ganando en este caso los apodos de las familias de Pedro Martínez sobre las de otro pueblo, aunque sea el hombre el forastero.
(Fotografías de este capítulo a Juan Rodríguez Titos. Muchas gracias)
- Juan Ramón García, nacido el 18-7-17, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 13-6-84 ↩
- Rosa Sanchez, nacida el año 1901, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 11-3-85) es un testimonio de esta realidad.
«Allí en el pueblo, no había médico, ni parteras, ni na, sino que cualquiera te arrecogía y ya está. Yo me acuerdo divinamente de cuando tuve mis hijos. No me tuvo que ver el médico pa ninguno. Me ayudaban otras mujeres que había allí. ¡Qué eran aficionas a eso! Te arrecogían y… Date cuenta que tuve en 15 años, tuve 10 hijos. Una vez me junté que tenía de dar a mamar a dos. Les daba de mamar hasta que iba a tener otro. Y mi madre tuvo 13…»
Era una sociedad que conocía poca intimidad debido a la penuria de las viviendas y a la misma distribución del espacio, causada tanto por cuestiones materiales como culturales. De hecho, la intimidad y la vida individualizada en el espacio doméstico es un logro de la burguesía que la clase trabajadora hará suya más adelante en una vida ya plenamente urbana. M. Jesús [3. M. Jesús García, nacida el 12-12-14, entrevistas realizadas en Can Oriac, 23 y 24-6-84 y 31-8-86 ↩
- Carmen Hernández, nacida en el mes de marzo de 1910, entrevista realizada el 17-7-84 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Sebastián Martínez, nacido el 8-1-16, en Hueneja (Granada), entrevista realizada el 23-6-84 en Ca n’Oriac (Sabadell) ↩
- Joaquín Pardo, nacido el 18-10-18, entrevista realizada el 11-3-85 en Torre-romeu (Sabadell) ↩
- Manuela González, nacida el 13-4-12, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 8-6-84 ↩
- Luisa Cazorla, nacida el año 1921, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell), el 17-7-83 ↩