Espacio de interacción 5. La historia del Número

 

La historia del Número

En el tercer capítulo del Blog, Juan Ramón, una de las personas que entrevisté, habla de su padre, el Número, cuando explica que un día, de jovencito, al volver de recoger leña del bosque, tropezó con unos guardas de la Caldera que de mala manera le hicieron dejar la leña y lo maltrataron. Su padre se quiso vengar y la trifulca acabó con la muerte de uno de los guardas y con el Número en prisión.

Yo constataba que la historia me la habían contado varias personas y que todas ellas disculpaban y comprendían la actitud del Número. Y decía, «la historia de Juan sirve para ilustrar la percepción que la gente trabajadora de Pedro Martínez tiene de los años republicanos, a pesar de que las versiones a veces discrepan y no queda claro si sucedió a finales del 32 o ya entrado 33. Pedro Líndez, incluso, sitúa el hecho antes de la República, lo que no parece posible por la edad de los testimonios y de los protagonistas de la anécdota. Lo más significativo es que la mayoría de las personas, equivocadas o no, sitúan el hecho en tiempos republicanos, lo que significa que, para ellas, era posible que durante este régimen sucedieran las injusticias que contiene «.

Pues bien, Antonio Quesada me escribe y aclara el tema de los datos. Él ha extraído la información del Registro de defunciones de Pedro Martínez. El Número mató al Tío Ramito. Estos son los datos: Juan Antonio Amezcua Leyca, el Tío Ramito, falleció el 29-02-1932 en la calle de la Cruz a consecuencia de muerte violenta. Era de Guadix, guarda de Fuente Caldera. De 47 años, hijo de Antonio y Encarnación. Casado con Rosa Hidalgo Rueda y padre de Antonio, Dolores, Carmen, Trinidad, Ascensión y Antonia.

Sin embargo, en el capítulo 12 del Blog doy la palabra a Pedro Líndez que explica la colonización de la Caldera y dice «yo y el Topino, ese que se libró de que el Número le matara, le escribimos a Franco, diciendo que tenían … que había aquí una finca con veinticuatro labradores, con tanta extensión de tierra y que, en abandono, que vivían muy mal y que queríamos la reforma agraria y tal «.

El Blog es un resumen de la Tesis doctoral, no sólo de las reflexiones y los análisis que la conforman, sino también, para no alargar excesivamente los capítulos, de las mismas entrevistas. Releyendo los apartados que tratan estos hechos del Número, veo que no queda suficientemente claro que eran dos los guardas: el Topino y el tío Ramito. El primero fue quien maltrató al chico, pero se salvó de la ira del Número, y el segundo fue quien recibió. Es por eso por lo que he pensado aprovechar este Espacio de interacción, no sólo para hacer la aclaración que nos hace Antonio Quesada, sino para ofrecer también la transcripción completa de las personas que me hablaron de el Número.

Juan había nacido en Caniles de Baza. De pequeñito quedó huérfano de padre y madre y, entonces, se marchó de su pueblo, hasta llegar a Pedro Martínez, más concretamente a la finca de Fuente la Caldera. Allí la marquesa como era tan jovencito se lo medio prohijó, y lo convirtió en un labrador más del cortijo. Es decir, le dio acceso a la tierra. El chico con mucho trabajo y esfuerzo consiguió encontrar agua y construyó una fuente, que aún hoy existe y se conoce como «Fuente el Número». Con el maravilloso líquido en abundancia aquella tierra caracterizada por su sequedad se convirtió en un paisaje de rica huerta, transformó los juncales en una fértil vega llena de árboles frutales y hortalizas. Esta relativa prosperidad, junto con el hecho de que la existencia de los frutales obligaba a los ganaderos a bordear la finca y perder tiempo, despertó envidias y rencores en algún labrador y guarda de la finca, un sentimiento que con el tiempo generaría la perdición de Juan, el Número.

Juan se había casado con Encarnación Valle Alfaro. Ambos vivían en una especie de barraca, que Juan construyó en el terreno de su vega, donde antes de conseguir su relativa prosperidad habían pasado penalidades y hambre. Además, la vida en aquel lugar no podía ser muy agradable para una mujer joven, madre muy pronto de un montón de criaturas, aislados y alejados del pueblo y de la finca. Esta situación poco cómoda ayudó seguramente a que la familia abandonara aquellas tierras que, sin embargo, con tanto sudor, muchos trabajos y sacrificios habían conseguido. Al menos esta es la versión de su hija, pero la gente del pueblo, y su hijo, exponen una segunda causa. Parece que los guardas de la finca de La Caldera no le perdonaban el trato de favor que le había otorgado la marquesa y que no pararon hasta llegar a ponerlo en mala situación consiguiendo echarlos de la huerta.

Pedro Líndez, como tantos otros del pueblo, nos habló también de la historia del Número. «Al Número, le dio el administrador de entonces de la Caldera, que se llamaba Don José Grau, una pradera que hoy vale ¡eso hoy vale uno o dos millones! Luego él encontró agua. Era un hombre fuerte ¡Este hombre pasó allí más hambre! ¡y su mujer Encarnación! ¡Aquella pasó allí con los hijos chicos! y el sin tener na, sacando agua, sacando junco, Haciendo zanja. Hizo una zanja que ya se tiraba en la zanja y ya no se le veía la cabeza.
Nosotros pasábamos por allí con el ganao: – ¡Hola Frasquillo! Y él, el pobre, ¿sabes que hacía?, pues la gente del campo que había trabajando, segadores, en verano los segadores, pues a la hora de las migas se presentaba a una cuadrilla de hombres y ya le invitaban. – ¡Coma usted! Y comía con ellos las migas. Luego más tarde sobre las dos o las tres, el gazpacho, luego más tarde el cocido. Él estaba pendiente a las horas de la comida de los segadores. Pero se acababa la temporada de los segadores y se le arremetía el hambre ¡claro!
¡Pues sacó un chorro de agua, que allí está! Bueno la balsa y el pilar, eso lo han hecho después, pero el agua la sacó él. Ahora han construido la balsa en el agua que sacó él. Y han hecho allí vega con el agua…Porqué los árboles eran propiedad de la finca y él dijo que ponía arbolea, y los mismos guardas se lo arrancaban. Y se fue enfurfullando con los guardas. Con una manera que llegó la extrema de pensar, que dijo: -los tengo que matar. Hasta que llegó hacer lo que hizo. Hasta que salió eso del juicio…»

Sea por la razón que fuera la familia abandonó la huerta y la cabaña y se fue a vivir en el pueblo donde alquiló para ganarse la vida una panadería. Para manejar el fuego del horno, Juan y sus hijos recogían leña de los alrededores del pueblo. Cercanías que naturalmente pertenecían a las fincas privadas del municipio. Propiedades bien guardadas y vigiladas por hombres destinados justamente a estas tareas. Por lo tanto, el trabajo de buscar leña se convertía, y lo era de hecho, en un trabajo clandestino. A menudo una vez realizada la carga debía abandonarse y el leñador tenía que correr para no caer en manos de los guardas.

Juan Ramón explica: «…teníamos un horno y íbamos a por leña y los guardas no dejaban ¿eh? Bueno, pues entonces, aquel día yo fui a por leña, en el camino de la Alamedilla (pueblo vecino de Pedro Martínez), y me metí en unas matas y hice dos cargas de leña y cuando llegó el guarda, que llegó y ya estaba cargada. Y yo digo: -no la descargo. ¡Y claro! me encañonó con una escopeta, y yo tenía el hacha metía en la cintura. Y luego me encañonó con la escopeta y me pegó dos tortas. Y yo me tiré pa tras y saqué el hacha, pero él encañonándome con la escopeta y yo no podía hacer más na. ¿Qué iba hacer yo con el hacha si él me encañonaba con la escopeta? Entonces echó la trompeta y vino el otro guardia que había allá y dende el camino estaba viendo lo que hacía conmigo. Que me pegó y él lo estaba viendo. Total, que vino y dijo – ¿Qué pasa Ramón? Porqué yo a este hombre le había estao dos años con la dueña de la finca de faenero, haciendo faenas en el cortijo, de mozo, allí. Entonces cuando eso tenía yo quince años y cuando yo estaba de faenero tenía doce, y ya el hombre me conocía de estar allí. Y entonces me dice (el primer guarda), -bueno descarga el burro. Y digo yo: -no lo descargo. Y entonces le dice al otro guarda: – ¿hombre como lo va a descargar si cuando llegue a su casa le hace falta a su madre? Y yo dije: – ¡sí lo que voy a cargar esa! (la segunda carga que tenía preparada). Y dice: -no la cargues que te voy a pegar un tiro. Y entonces el otro guarda, dice -bueno Ramón llévate la carga ésta y te montas en el burro y te vas. Bueno pues así lo hice. Y le dice (al otro guarda): -Y tú a los niños no se les pega, si tienes que denunciarle le denuncias, pero no le pegues, que he visto que le dabas dos tortas».

Esta anécdota por la trascendencia que tuvo es recordada por mucha gente del pueblo que lo explica de distintas formas, y aunque toma diferentes versiones no coincidentes en algunos detalles (en realidad los testigos fusionan dos hechos en uno solo), y hasta en su datación, se ha incorporado a la historia de la colectividad.

Ascensión Vaca es una de las mujeres que ha hablado: «Al Número fueron a buscar leña que tenía un horno, y el guarda que estaba allí de guarda, le quemó hasta el aparejo, le quemó… ¡uy le quitó la leña! Y luego él viendo que le habían quemao la leña y le habían quemao que bien me acuerdo, que yo iba a bautizar a mi Manuel… Y luego lo denunció y entonces lo estuvo esperando porque le había denunciado y cuando salió, lo vio y lo mató. Y luego estuvo en la cárcel. Que no sé cuánto tiempo estuvo y ya se murió”.

Juan Ramón acaba su historia: «Bueno llegué a mi casa. Cuando me vio mi padre asomar por lo alto de la calle, llegué a mi casa y me dijo – ¿Qué te ha pasao Ramoncico? Pues mira que me ha pillao el Topino y me ha quitao la leña. Tenía el burro cargao y encima me ha pegao dos tortas.
Mi padre descargó la carga que traía y yo iba a meter el burro y dijo: -sácalo a la puerta y dale a la burra un pienso, que cuando saquemos el pan… (que estaba mi padre sacando el pan), cuando terminemos de repartir las tablas, vamos a ver.
Bueno y con eso que mi padre tenía una escopeta de un hermano mío y la echó. Y ya salimos y cuando ya repartimos las tablas ya dice mi padre: -venga echa el hacha. Y él cogió la escopeta y echó encima la manta. Y cuando llegamos allí estaba la carga que yo me había dejao y dijo: -ponla encima la burra. Y mi padre se escondió detrás de unas matas. Y cargué las dos cargas en los dos burros yo sólo, y mi padre se metió en la manta a ver si venía el guarda. Pero no vino. Y dice – ¡ale! tira tú con el burro que yo iré detrás. Y cuando estuve a una distancia como de aquí a lo alto de la calle ya salió mi padre con la escopeta: – ¡Qué ya me harté…
Pero ya habían puesto la denuncia ¿eh? Y entonces le metieron el juicio, y yo no fui al juicio porque no tenía tiempo. Fue un hermano mío -que ya murió- Y en el juicio, entonces fue cuando pasó. Y como él no era guarda jurado, a mi padre no lo podía denunciar. Tuvo que denunciarlo el otro guarda, que era guarda jurado de allí de la finca. Y aquel fue el que pagó el pato. Entonces mi padre, en el juicio fue, mató al otro y a éste que me pegó a mí le dio un hachazo y le partió la cabeza, en el mismo juicio en el juzgao, en el mismo juzgado.
A mi padre le metieron en la cárcel y cuando estalló la guerra le echaron en libertad, y luego cuando se acabó la guerra lo metieron otra vez en la cárcel. Y se ha muerto en Barbastro, le echaron 30 años de prisión perpetua a consecuencia de aquello».

Pedro Líndez también explica los hechos del juzgado: «…en la escalera (del juzgado) vio al guarda, y no sé qué le habló y se le enganchó, o hizo que se le cayó el sombrero y agachado como estaba le habló y al ponerse de pie estaba al lado de la escalera y el guarda allí en la otra. Y al ponerse de pie le clavó una puñalá y le cortó el corazón. Y le dio tiempo a bajar tres o cuatro escaleras y salir a la calle… ¡Ah! y chilló el otro guarda que venía detrás, que se le escapó».
Pedro sigue explicando que el otro guarda, Manuel, el Topino, salió gritando que Frasquillo había muerto al Barceló, y que el primero se escondió en casa de unos parientes.

M.Jesús también recuerda que se escondió en casa de unos parientes en Fonelas -pueblo situado entre Pedro Martínez y Guadix- y que más tarde se entregó a las autoridades de Guadix.»…se fue a la casilla que había enfrente, por cierto, que había allí una familia nuestra. Vivía y estaba acostá en la cama, y dice: – ¡ampárame Rosa que me viene la muerte detrás de mí! ¡Qué lo admitiese debajo de la cama! Y ella le dijo: – ¡Frasquillo! Y él: – ¡No digas que estoy aquí!».

I también Antonia nos habla del Número: «Él tuvo sus razones, las cosas como son, para matar, que cuando él mató… Pero él no iba a por el que se llevó no, iba por el otro, a por el malo. Él iba por el Topino. Por el Ramito no, pero se encartó, porqué Ramón -no me acuerdo si era Ramón o si era José- iban a por leña, porqué ellos tenían un horno y allí cocían para las mujeres. Amasaban y iban a cocer allí al horno. Y aquel día fueron a por leña, pero ¡claro! cómo esta gente como el padre de estos era anarquista ¡pues claro los fascistas no lo podían ver, los fascistas ¡bueno cosa de lo más malo! y ya dos o tres veces les quitaron la carga y a otro día echaron ¿sabes? y no era leña que habían segado ¡no! era leña muerta, pero plantaron y les quemaron, le metieron mecha a la leña cargá en los burros. Y unos muleros que lo vieron pues se agruparon corriendo, porque ellos chillando los angelitos, chillando y se agruparon a ellos y entonces ya cortándoles los ramales de la carga…y les denunciaron y el juicio. El juicio ¡ya ves tú, casi lo tenían ganao los fascistas! Pero dijo: – ¡te vas a enterar tú!, y cuando bajaban las escaleras, él a quien iba a por el Topino, que era el más canalla, ¡pero ese era otro de tantos! ¡Y aquel día parece que esté viéndole! ¡Yo venía de la calle de casa de mi abuela que estaba mala y parece que esté viéndole al Número que iba con una prisa corriendo, casi corriendo! ¡Iba a casa de su abuela! ¡Y él mismo se entregó! Yo le vi cuando venía deprisa y corriendo, pero luego ya vino mucho jaleo en la calle Nueva, que estaba entonces el Ayuntamiento en la calle Nueva. Y – ¿qué pasa? ¿Qué pasa? -Pues mira que el Número ha matao a Ramito y me parece que ha matao también al Topino. Pero el Topino se escapó porque salió corriendo por la escalera abajo. Pero quiero decirte que aquella muerte fue justa que no fue injusta. ¡Pero claro iba a por el otro, porque, yo creo que a dos críos pequeños que salen a por una carga de leña pa buscarse la vida, que era de aquello de lo que dependían, que le meten fuego con los burros cargaos de leña, para ver arder los animales no sé aquello fue una cosa ¡canallesca! Pues el hombre indignao: – ¡Esto no lo van a hacer más! ¡Claro lo metieron a la cárcel!”

Pedro continua la narración y explica que Manuel, el Topino entró en casa de Rosa donde se escondía el Número, – ¿Ha entrao aquí el Número? -No, no Manuel vete que aquí no ha entrao nadie.
Total, que ya salió y se quedó, pero lo metieron en la cárcel no sé cuántos años”.

En resumen, gracias a la información de Antonio Quesada podemos precisar el día de lo hechos.
Y la transcripción de las entrevistas muestra la persistencia del poder de los caciques. La gente recuerda, por su trascendencia, esta historia, aunque fusiona dos momentos en uno solo. Una vez los guardas quemaron la carga de leña que llevaban los hijos del Número. En otra ocasión, la del presente relato, obligaron a Juan Ramon a desprenderse de la leña. Es el caso que ocasionó la denuncia, el juicio, la muerte de un guarda y el encarcelamiento de Juan, el Número.

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