12. Los años 50 a Pedro Martínez (Primera parte)

De Pedro Martínez a Sabadell: l’emigració una realitat no exclusivament econòmica. 1920-1976.
Angelina Puig i Valls

Los años 50 a Pedro Martínez (Primera parte)

Más adelante veremos que fue en 1950 cuando marcharon de su pueblo las primeras personas que estamos siguiendo en este Blog. Antes de seguir su periplo migratorio, en este y el próximo capítulo realizaremos una última mirada al Pedro Martínez de aquel momento para comprender mejor qué es lo que dejaban atrás con su decisión de emigrar.

El tiempo pasa de forma continua y uniforme y lo medimos por intervalos regulares: horas, días, meses, años … Sin embargo, este es un tiempo mental, lo real, lo vivido por las personas, es un tiempo que transcurre de manera nada igual. Su velocidad puede ser diabólicamente alta, pero, también, exasperadamente lenta. Dentro del tiempo, percibido de manera tan irregular, se producen acontecimientos que casi no dejan huella, otros hacen tambalear la vida de mucha gente, y algunos llegan a romper absolutamente con el pasado.

Durante las primeras décadas del siglo XX, para la gente del campo andaluz respecto a las costumbres y al modo de hacer, el tiempo pasa despacio y sin cambios. En tiempos de la República las costumbres empiezan a quebrarse y el tiempo a correr, y durante la guerra las transformaciones se acentuaron con mucha rapidez. El desenlace de la guerra civil, que dio la victoria a los militares sublevados contra la República, fue contra el tiempo, contra las transformaciones en curso, y fue un hecho de los que rompen vidas y pasado.
La guerra produjo un surco muy profundo que señala un punto de inflexión, que comportó cambios radicales en la conducta de los hombres y de las mujeres que la sufrieron. También influyó en las generaciones siguientes.
En la posguerra se impuso por la fuerza una forma de hacer y de ser, y una nueva moral. No sólo erradicaron las formas de hacer de la minoría que había conquistado actitudes y pensamientos más abiertos y progresistas, sino que impusieron, con toda clase de coacciones, cambios en costumbres mantenidos tradicionalmente.

El franquismo comportó la destrucción de la comunidad y el aniquilamiento de las personas a base de pasar hambre y mucho miedo, y no tener cubiertas las necesidades de la vida. Una vez deshechas las personas, era más fácil destruir su cultura y su forma de hacer.

Un ejemplo del cambio forzoso en aspectos del ámbito personal fue imponer el matrimonio legal como norma familiar de cohabitación, en contra de lo que era más tradicional en el campo andaluz. Un hombre y una mujer, cuando lo decidían, iban a vivir juntos sin más ceremonias. Muy de vez en cuando, la iglesia provincial organizaba visitas pastorales en toda la región y aprovechaba, en los pueblos pequeños, para reunir todas las parejas y en una ceremonia colectiva formalizar todas las uniones. Entonces, aquellas familias de jornaleros tampoco solían oponerse.

“Nosotros nos casamos, tenía mi pequeña, mi Manuela tres o cuatro años. Tenía mi Manuela y mi María, cuando nos casamos. Y nos casábamos por los niños, por los papeleos y todas esas cosas. Porque nosotros, cuando La Caldera la hicieron parcelas 1, si hubiéramos estado bien casaos, pues nos hubieran dado una parcela. Pero como no estaba bien casada pues no nos dieron parcela … «. Nos explica Manuela. 2

“No yo no me casé, me fui con él ¡Ya tenía mi niño mayor, cuando fue una vez el obispo y me echó las bendiciones!
Nos decidíamos a echarnos las bendiciones, pues… ¿pues por qué no nos íbamos a decidir? Pues todo el mundo. Allí estaba la iglesia el día que nos echaron las bendiciones (Rosa 3 se ríe divertida y con gestos da a entender que la iglesia estaba muy llena). Nos echaban las bendiciones todas a la vez ¡Algunas ya eran viejas!»

Antonia 4, dos años después de salir de la cárcel fue a vivir, sin casarse legalmente, con el hijo de Gaspar, aquel que vimos en un anterior capitulo, como la escuchaba en la lectura de los diarios.

«Y así, ya al poco tiempo ya me casé, al salirme yo de la cárcel, a los dos años me salió mi marido y yo me casé. Al poco tiempo ya mi marido, ya me pretendió, y nos casamos. Bueno, no me casé. Nos íbamos con el novio. – ¡Uy, la fulana se ha ido con el novio! La zutana se ha ido con el novio, decíamos».

También Luisa 5 nos confirma «entonces las mujeres se iban, sí, sí, entonces se iba una con el marido y ya decías: – pues me he casao, me he casao. Y no era casá estabas juntá. Hacíamos la vida juntos «.

El nuevo régimen impuso el matrimonio porque tenía los mecanismos para ejercer la coacción necesaria hasta conseguir cambiar una costumbre. Del mismo modo que utilizaba la Guardia Civil para asegurar la propiedad privada y para crear con sus métodos represivos el clima de terror necesario para que mujeres y hombres dejaran de rebelarse y se sometieran al nuevo estado de cosas, el Estado poseía otros instrumentos para ejercer la represión cultural y cambiar una manera de hacer.

Esta represión la aplicaba pasivamente, tratándolos mal y sin respeto. Un trato que fue seguido, tanto por parte de los representantes del régimen, como por los miembros de las clases acomodadas, i, que también adaptó la Iglesia, convertida por el poder político, en una fuerza ideológica auxiliar para mantener el orden social.
La Iglesia jugó un papel absolutamente cómplice del régimen franquista al presentar como orden natural un concreto orden social. En este sentido, también jugó un papel decisivo la escuela cuando fue depurada de todo el profesorado que se había destacado, no ya por su ideología de izquierdas o republicana, sino simplemente por cualquier actividad demasiado dinámica y comprometida con su entorno. Entonces, salvo pocas excepciones, la escuela quedó en manos muy poco profesionales y de reconocida convicción fascista.

La represión era directa cuando se anulaban derechos. Como cuando no otorgaba a las parejas reconocidas por la sociedad como legítimas los derechos legales que concedía al matrimonio institucionalizado. Así forzaba y exigía la legalización de los vínculos para acceder o conseguir cualquier cosa en la vida cotidiana.

Manuela explicaba que no pudo acceder al reparto de los lotes de la Caldera por no estar legalmente casada. Otro caso es el de Antonia que se casó para ahorrar a su cuñado el servicio militar. Al morir Gaspar y quedar su suegra viuda con dos hijos, si el compañero de Antonia, que era el hermano mayor, se casaba, el pequeño quedaba como cabeza de familia y por tanto exento del servicio. Y como dice ella misma, «pues se casaban porque decían que, para la mili, y para las cuestiones del colegio de los niños que lo exigían, decían cosas, y ya pues, otras normas, otras leyes que antes sacaron. Pues ya al final la gente ya se cansaba y se casaba».

Imposición del matrimonio legal como norma de control de la sociedad a través de la Iglesia. Pero también imposición de las ideas y maneras de hacer de la burguesía donde el matrimonio sí que tiene un papel fundamental vinculado al patrimonio.

De esta manera se produce un proceso por el que la clase gobernante impone su adoctrinamiento a través de la Iglesia, la escuela, y los medios de comunicación. Unos medios todavía muy rudimentarios, sobre todo en pueblos aislados, pero donde la radio empezaba a jugar un importante papel. Es un proceso de carácter no espontáneo, que podemos interpretar como de no pacífico, sobre todo porque arranca de un momento histórico de brutal represión, de malos tratos, de encarcelamientos, de hambre y de humillaciones, ante cualquier signo, a veces inexistente, no ya de hostilidad, sino de falta de sintonía con la clase dominante.

La religión y el anticlericalismo

La guerra civil fue un momento de la historia en que se sintetizó el conflicto no resuelto del clericalismo-anticlericalismo, que ya durante la República ocupó un lugar destacado. Ahora se eliminan los matices, y la situación se reduce a dos alternativas extremadamente excluyentes.

Durante la misma guerra los legisladores franquistas ya decretaron algunas disposiciones destinadas a satisfacer a la Iglesia en campos fundamentales de orden simbólico y económico. Facilitaron su dominio sobre los valores centrales de la comunidad y dejaron en sus manos la regulación de los criterios morales operantes. 6

José Ramón Montero, que ha estudiado la Asociación Católica de Propagandistas (ACNP) durante la primera etapa franquista, señala el extraordinario papel histórico desarrollado por la Iglesia como legitimadora del nuevo régimen, con la consagración de la guerra civil como cruzada. Las palabras religión, catolicismo e iglesia se utilizaron en todos los campos, con el fin fundamental de legitimar la extraordinaria violencia contrarrevolucionaria de la guerra civil y la dramática situación de los primeros años de la posguerra.
Pero Montoro también asegura que los términos «nacionalcatolicismo» muy usados en ese periodo, no suponían de hecho una novedad en la historia española, pues la conflictividad del periodo republicano posibilitó la proliferación de símbolos religiosos que identificaban el orden divino con el orden capitalista del momento. Afirma, este autor, que la Iglesia, intransigente en la defensa de sus posiciones, quería extender el pensamiento católico para dominar cualquier manifestación de la vida de los españoles.

En Pedro Martínez antes de la República se seguían, con más o menos fervor, las funciones litúrgicas según el calendario eclesiástico. El sacerdote del pueblo era el responsable de su organización, y, de vez en cuando, una visita del obispo de Guadix daba a la celebración más solemnidad de la cotidiana.
Estos encuentros no muy frecuentes, ocurrían por varios motivos: para casar a las parejas, como hemos visto, para dar una comunión general o para la celebración de la confirmación. Su carácter devenía tan festivo como religioso. Estas manifestaciones religiosas oficiales y, sobre todo, las expresiones populares traducidas en procesiones y romerías, como el día de la patrona, Semana Santa y otras, formaban parte, como en la mayoría de los pueblos andaluces, de las costumbres y de sus fiestas.
Eran días señalados o circunstancias especiales que hacían de la religión más una fiesta que una práctica regular cotidiana, a pesar de la religiosidad de la gente, sobre todo de las mujeres.

Carmen 7, decía que después de la guerra solamente iban a misa las beatas y sostiene que antes de polarizarse las conductas, cuando ella era pequeña, se frecuentaba más la Iglesia.

«Allá too el mundo cree en Dios. Yo me acuerdo de estar chica, así con diez o doce o catorce años y llegaba la Misa del Gallo y ¡too el pueblo a Misa del Gallo! Y llegaba… cuando la Semana Santa ¡too el mundo! ¡Chicos, grandes, mujeres, hombres, too el mundo! ¡Era una cosa! Allí se festeja la Santa Cruz porque eso es de toa la vida. De toa la vida se hace la fiesta por la Santa Cruz. Siempre y tiene muchos devotos. ¡Es la patrona de allí!»

 

Pedro Martínez.  Santa Cruz 1952.  Fotografia proporcionada per Juan Rodríguez Titos

En la segunda mitad de siglo, vemos que esta devoción se modera y que la religión, como práctica y manifestación cotidiana deja, al menos aparentemente, de interesar a los pobres, que la consideran cosa de ricos. Ellos, los pobres, ya tienen suficiente trabajo con ganarse el pan de cada día.
Esta disminución de la práctica cotidiana está acompañada de una falta de respeto hacia la figura de los curas por su alianza con los ricos.

«Pero allí semos muy religiosos. Y sí, allí íbamos a la iglesia, ¡pero luego ya dejamos de ir! Yo no iba mucho. Me acuerdo una vez porque yo no iba a la iglesia y un día pos mandó una joven allí… el cura nos mandó una mujer, que era su sobrina. La mandó para que nos viniéramos. A mí y a la Josefa, a la Jacinta, a la Luisa y a todas mis vecinas. Y fuimos. Y cuando fuimos a confesar, dice: -qué no vienes nunca a misa!
Digo: – ¡Yo no tengo tiempo de venirme a misa! ¡Yo no tengo tiempo na más que de trabajar y de gobernar a mis hijos! ¡Pero yo creo más en Dios que estas creyentes que están siempre con usted! Que muchas que se dan golpes en el pecho y luego son más malas que Solimán. Mientras que yo no soy mala pa nadie, y creo en Dios más que toas. ¡Qué no puedo oír misa porque no tengo tiempo de ir a misa!
Al otro día mandó a la sobrina que fuera que me daría un colchón. Después de pelearnos, cuando le canté las cuarenta bien cantas, pues me mandó llamar pa darme un colchón”.

El anticlericalismo no es necesariamente una demostración de la falta de religiosidad del pueblo, sino que, a menudo se manifiesta en mujeres y hombres de una arraigada fe que justamente retraen a los curas un comportamiento muy alejado del compromiso cristiano hacia las personas desvalidas, y un proceder poco adecuada con la propia doctrina de la Iglesia.

La familia la única asistencia posible

Cuando una sociedad no dispone de seguridad social pública cubre las necesidades de los más desfavorecidos a través de la propia familia, de las amistades, de la vecindad y de la caridad. Después de la guerra civil los que no habían muerto ni enfermado durante los primeros años de la posguerra, siguieron sufriendo miseria, aunque con el paso del tiempo el hambre se fuera atenuando. Además, continuaba el paro y la sobreexplotación en el trabajo.

La asistencia sanitaria no existía y el pueblo contaba únicamente con un doctor de pago poco amigo de las familias obreras. Para cualquier cuestión que sobrepasara la pura asistencia primaria tenían que trasladarse a Guadix y, para ir al hospital, tenían que desplazarse hasta Granada.

El caso de Manuela es un ejemplo de ello. Manuela, ahora ya viuda de Enrique, no había llegado al final de sus penalidades. Ya no sufría solamente por los hijos sino también por los nietos que le había dado Petronila, aquella chica, que hemos visto en capítulos anteriores como la ayudaba a pedir limosna para comprar comestibles o medicinas para el padre enfermo. Petronila tenía sólo dieciocho años cuando se casó y cuando su novio, de su misma edad, fue al servicio militar ya tenían tres pequeños.
Solas, madre e hija, estaban más unidas que nunca. Seguían batallando por tener cuidado de los niños de una y de otra. Pero, además, el infortunio (producido no por azar sino por una deficiente alimentación y otras carencias) hizo que esta familia, que ya había padecido la enfermedad del padre, sufriera las penalidades de otros miembros del grupo.

«Íbamos a lavar ropa al arroyo y veníamos con la burra llena de trapos, y veníamos a las tantas de la noche, las dos de lavar trapos, por una miaja de comida que nos daban. Pues todo el día lavando, las dos lavando. Luego estuve lavando en un cortijo que le llaman Pierres y iba muchas veces. ¡Y me he dao unas panzadas de llorar por el camino, que pelos tengo en la cabeza! Mi yerno se fue a la mili y se dejó tres y su mujer, cuatro. Yo sola pa ganar y mi Cayetano, que estaba muy pequeño, y yo y mi hija trabajando pa sacar los niños, tres que tenía. Uy yo era la que tenía de sacar la casa. Un día yo venía de por leña, me pilló mi Cayetano, escarbando remolacha nevando y vio que me iba a helar allí y dijo: -! Vámonos! Y me vine con él a mi casa. Hicieron lumbre muy grande de la leña que traía y nos calentamos y ya medio se me quitó que estaba medio helá.
Luego le vino al pequeño, le dio el paralí. La víspera del Señor, del Corpus de allí en Granada. Con dinero no se encontraban camas, y sin dinero… Pidiendo me encontré el Pedro, que le decían el de los Celedonios. Y aquel nos metió y nos pagó las camas a todos, a mi hija y al niño. El martes tenía a mi nieto no lo querían a ningún lao porque se pegaba decían.
Y mi niña llorando – ¡ay mama, ay mama! Que ha estao en casa el doctor y ha cerrado la puerta así que ha visto el mal que tiene el niño y ha desinfectado todo y a mí me ha dicho que había ido al pueblo a por una ambulancia. Y que nos pone un guardia en la puerta pa que no entre nadie.
Y chillona perdía. Y entonces aquel momento llegó la ambulancia y nos fuimos a Granada. A la posada, que le dicen la posada y nos encontrábamos, y no tenía dinero para ir a buscar camas. Entonces ya dije: -quédate aquí prenda mía que voy a buscar a ver.
Y salí y fue cuando encontré al Pedro de los Celedonios. ¡Y aquel con lo malo que era! ¡Se portó con nosotros muy bien! Muy bien nos buscó una cama, nos dio cama nos dio, vaya todo.
Al otro día por la mañana ¡ya estamos en las mismas! ¿Con qué comemos y qué hacemos? Tuve que salir otra vez y otra vez me lo encontré que me lo dijo: -Mira mañana te esperaré aquí.
Él fue el que me lo gobernó ¡vaya todo! Que allí estuvimos los días na más que pidiendo. Los ricos que había, aunque no me querían ¡pero me daban! Y ya pudimos medio pasar. ¡Pues todos los ricos del pueblo estaban allí! El Corpus que era la fiesta de Granada que era ande estaban los ricos de aquel entonces. Encima tenía que ir a pedir encima ya estaba mi marido muerto, encima que no me querían por mi marido. Y me daba a mi vergüenza. Pa venirnos fue con los dineros que nos dieron. ¡Si no ni podemos venirnos!»

Y como las desgracias no vienen nunca solas, un día volviendo de trabajar Juan Miguel, el hijo segundo, se cayó del burro y se rompió una pierna.

«Luego me vine estaba trabajando. Mira me vine de allí de Granada, estaba mi hijo trabajando, a segar a la campiña y se quebró la pierna. El Juan Miguel se quebró la pierna, ¡madre mía! ¡Y en verano que allí que la miaja de trabajo que tenemos es en el verano!
– ¿Qué hacemos ahora si éste se queda parado? ¿Qué hacemos?
Tuve de hablar con Pedro y Francisco que eran con quien estaba yo lavando y haciendo cosas. Y Francisco dijo que fuera como si hubiera sido en su casa y lo pusieron a su nombre el accidente. Entonces me tuve que ir a Granada y estuve 15 días allí con él. Ya como pudimos nos vinimos al pueblo otra vez. Ya me agarré a arrancar y a trabajar. Y antes de que acabásemos de espigar los trigos, estaba allí un día espigando allí en Pierres, cuando va pa cruzar y dice: -Manuela no te lo quisiera decir.
– ¿El qué?
-De que tu niño se ha quebrao otra vez la pierna.
Digo – ¡mira ni me lo digas!
Había ido a que le dieran el alta a Granada y en las escaleras se cayó, dobló la pierna y se le quebró la pierna por el mismo sitio otra vez. Me tuve que ir otros 15 días allí. Acabé de pasar el verano allí. Vine pa las fiestas”.

El ejemplo de Manuela sirve, como cualquier caricatura, para resaltar mejor la realidad. Realidad paradójica, pues se constata como el resultado de la guerra civil, con su larga y cruda posguerra, ha deshecho y ha destrozado muchas familias y cómo a pesar de ello el «Nuevo Estado» se refuerza con la familia. Un Estado que, no ofrecía ninguna clase de servicio, convertía a la familia en su sustituto. De esta forma todas las necesidades se cubrían – bien o mal- a partir de la voluntad, el trabajo y el amor de los miembros de las familias. Y de estos trabajos o servicios se responsabilizaban las mujeres, que lo asumían como una obligación más.

Las familias, las parejas, necesitaron la amistad y la solidaridad para resistir el miedo, para compartir la miseria y la resignación y llegar a adquirir el valor suficiente para conseguir salir del profundo y oscuro pozo donde las habían hundido. Tuvieron que recuperarse. Y algunas personas ganaron la fortaleza necesaria para buscar salidas y soluciones a aquel tiempo cruel y miserable. Para muchas la solución, difícil y valiente, fue abandonar el terruño.

 

(La fotografia de la portada es la iglesia vieja de Pedro Martínez. También se la agradezco a Juan Rodríguez Titos)

  1. Hecho que trataremos en el próximo capítulo
  2. Manuela González, nacida el 13-4-12. Entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 8-6-84
  3. Rosa Alfaro Valle García, nacida en 11-7-1900, entrevista realizada en Torre-romeu (Sabadell) el 11-3-85
  4. Antonia Valle, nacida en 1920, entrevistas realizadas el 14-3-85 y el 29-5-86 en Torre-Romeu (Sabadell)
  5. Luisa Cazorla, nacida en 1921, entrevista realizada el 17-7-84 (Sabadell)
  6. Ley derogatoria del matrimonio civil (12-3-38); Decreto de restablecimiento de la Cía de Jesús (3-5-38); Orden concerniente a la anulación de inscripción en el Registro Civil (22-9-38); Ley derogatoria de la secularización de cementerios (10-12-38); Ley derogatoria de la de Confesiones y Congregaciones religiosas (2-11-39); Decreto de exención de contribución territorial a la Iglesia (2-3-39); Orden sobre nulidad de inscripción en el Registro Civil (8-3-39); Orden ofreciendo normas para la aplicación de la Ley de 2-3-39 sobre excepción de contribución territorial (11-3-39)
  7. Carmen Hernández, nacida en marzo de 1910, entrevista realizada el 17-7-84 en Torre-romeu (Sabadell)
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